Los más débiles de la manada

acoso

(30/06/2020) A punto de terminar El infinito en un junco de Irene Vallejo compruebo, por una parte,  la importante que resulta dejarse aconsejar por lectores que tienen buen olfato en lo que a lecturas se refiere (compré el libro gracias a la recomendación de una lectora amiga) y, por otra, que Vallejo ha construido un artefacto narrativo lleno de originalidad en el que conviven amigablemente el ensayo, la filología, la historia y lo autobiográfico…

 En este hermoso homenaje al libro que es la obra aludida, el aspecto narrativo que más ha llamado mi atención ha sido el de los brochazos autobiográficos con los que Irene salpica su obra. Y de estos, más que ninguno, el acoso escolar que padeció y que describe, con sobriedad y elegancia, en una líneas altamente conmovedoras.

 “Lo peor fue el silencio. Entonces no había una palabra para llamarlo. Podías decir: en clase se ríen de mí. O más dramática: en el colegio me pegan”.

 Bastan estas líneas para que nos adentremos en el drama padecido por la autora que nos lleve de la mano hasta esa parte oscura de su infancia “un extraño revoltijo de avidez y miedo, de debilidad y resistencia, de días tenebrosos y de alegrías eufóricas”.

 Leyendo la confesión de Irene Vallejo -que narra con contención, sin aspavientos ni estridencias traumáticas- recordé otra que me resultó impactante en su momento, pero que curiosamente casi nadie comenta cuando se analiza la Madame Bovary de Gustave Flaubert.

 Flaubert comienza su novela más universal con el primer encuentro de Charles Bovary -futuro esposo de la famosa madame- con sus compañeros de colegio.

 Ataviado con una indumentaria estrafalaria y un gorro que era “una de esas prendas desgraciadas cuya muda fealdad alcanza abismos comparables a los del rostro de un memo” el joven Bovary será objeto de todo tipo de burlas por parte de la muchachada y de “un profesor que era bastante bromista”.

 La escena, que recomiendo a los lectores de este artículo, termina de una manera contundente para el novato Bovary, “…y en cuanto a usted, el nuevo, me copiará veinte veces la forma verbal ridiculum sum”.

 Pero no estábamos hablando de Gustave Flaubert ni de obras de ficción, sino de Irene Vallejo, de su excelente trabajo, claro e inteligente, clasificado como “obra maestra” por Vargas Llosa, y de la realidad del acoso escolar, esa lacra que han soportado y siguen soportando tantos “ejemplares débiles” de la manada humana en las aulas.

 Lo más conmovedor en esta confesión de golpes y maltratos es quizá la manera que tuvo la autora, la niña Irene Vallejo, para sobrevivir a la infamia: “encontré el salvavidas de los libros”.

 El cuento titulado “Las tribus salvajes” que escribió la niña Irene, en el que, sin saberlo, proyectaba su calvario escolar y que se esboza en este libro, ya forma parte del catálogo de obras que más me han conmovido. ¡Cómo olvidar a esa capitana de barco que cae en manos de los salvajes que viven en una isla y pueden ser muy crueles!

 Como acostumbro a hacer cuando me sumerjo en la lectura de cualquier autor he buscado en Internet vídeos de la autora para, entre otras cosas, ponerle cara a quien me sorprende con su obra. Y sí, viendo a Irene hablando ante todo tipo de público, presentando su obra, aplaudida por quienes la oyen, me imagino a la Irene niña con su aparato dental, su gesto tímido, recibiendo todos los balonazos, todos los motes, todos los miedos… Y pienso también en aquellos depredadores niños que tanto la ultrajaron simplemente porque “era lista” y no lo soportaban:

-No, no llorará –dice uno de ellos- todos dicen lo lista que es. Se lo va a comer todo (un bocadillo en el que el grupo ha escupido) y no se chivará.

 Lo peor de todo, admirada Irene Vallejo, no es el silencio como dices, aunque también. Lo peor es que haya profesores que no tengan la sensibilidad (la profesionalidad, diría yo) suficiente para otear desde lejos a esos niños que cuando todos juegan en el patio se hallan fuera de esa “alambrada imaginaria” que dices, con los brazos caídos y la mirada ausente (soñando quizás que son capitanes de barco entre salvajes en una isla desierta) porque nadie quiere jugar con ellos.

 Y ¿por qué no decirlo? Lo peor también es que haya padres preocupados por el número de sobresalientes o suspensos que traen sus hijos, pero que no saben leer el gesto derrotado que esconden cuando llegan a casa antes de refugiarse en el silencio.



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