Los humildes heredarán … Los cielos

Justo

(30/11/2012) Cuentan de un humilde zapatero de Nueva York que, tras morir y ser recibido en el paraíso, dada su vida ejemplar, fue presentado por San Pedro al resto de la corte celestial en estos términos:

-¡Atención, aquí llega el mejor general de todos los tiempos!

Sorprendido, el zapatero y tras comprobar que San Pedro no estaba de bromas le interrumpió:

-Perdón San Pedro, pero creo que se equivoca , yo no seguí la carrera de las armas, no he sido militar, he sido un humilde zapatero en Nueva York.

Entonces, San Pedro, mirándole con admiración y orgullo le espetó:

-Sí. Lo sé. Pero también sé que, de haber sido militar, habría llegado a ser el mejor general de todos los tiempos.

La anécdota o chascarrillo puede servir perfectamente para entender lo que hubieran sido muchas biografías anónimas y sin historia de haber afrontado en los años decisivos un camino o una vocación que abandonaron por distintos motivos. Que hubiera sido de cada uno de nosotros si hubiéramos elegido otra vía o, como se dice vulgarmente, si nos hubiéramos subido a otro tren en los años en los que el abanico de posibilidades era tan amplio como nuestro futuro. Pero sobre todo que hubiera sido de esa generación perdida que no tuvo los medios necesarios para poder prolongar sus estudios más allá de los años de escuela.

Hoy viernes, 30 de noviembre, iba a presentar su novela “los pecados de la vida” Justo Ortega Calvo que, por motivos de salud ha pospuesto. Hasta aquí nada sorprendente.

Pero si les digo que Justo inició su carrera como escritor a los 79 años, edad en la que nadie se suele subir ya a ningún tren, de seguro que comienzan a extrañarse. Claro.

Y si añado que no ha tenido más estudios que los que proporcionaba la escuela en un pequeño pueblo y en los años treinta, seguro que alguno de mis lectores pensará que estoy bromeando.

Pero no. Nos hallamos ante una persona polifacética y enormemente vitalista que sorprende a propios y extraños por su enorme capacidad creadora. Y es que Justo Ortega lo mismo te pinta un cuadro que te realiza un trabajo manual o te escribe un libro. Así es Justo.

Acaba de cumplir 82 años y ya tiene escritas tres novelas: “Memorias de un viejo gañán”, “A la buena de Dios, Carmela” y la que les indiqué más arriba que ha visto la luz gracias al esfuerzo de la editorial Castilla Ediciones. ¡Olé por las editoriales que apuestan por los humildes!

Nacido en Castronuevo de Esgueva y tras asistir a la escuela desde los seis hasta los catorce años, Justo es un autodidacta que sorprende por la facilidad y destreza que demuestra al contar historias.

Si quieren mis lectores tener una idea de lo que fue la vida en los núcleos rurales durante la guerra y la postguerra, no dejen de leer esta obra. Es un impresionante cuadro costumbrista de aquellos años.

Estamos ante una novela picaresca del siglo XX donde se narran las aventuras y desventuras de “Susito”, niño huérfano que es adoptado por una humilde familia de pueblo. Susito nos sorprenderá con el ingenio que derrocha para sobrevivir en años de hambre y miseria.

Ejercerá todos los oficios posibles, pastor, monaguillo, espigador,… y tendrá que pedir de puerta en puerta.

Leyendo “los pecados de la vida” uno cree seguir inmerso en el mundo del pícaro, siglos después del Buscón o del Guzmán de Alfarache.

Hay un momento en la novela que me parece de una genialidad sublime, digna de un clásico del siglo de oro. Es aquel en el que se lee:

Mi madre cuando teníamos algo creía que no se nos iba a acabar nunca. Cuántas veces cuando se arrimaba un pobre a pedir a la puerta , le daba un cacho de pan de lo que había sacado yo de pedir por el pueblo”.

Un pobre de pedir pidiendo a otro pobre de lo mismo. ¿Se imaginan? ¿No les recuerda a Calderón?

Hay todo un cuadro costumbrista en la novela , sí, pero también una filosofía de la vida que impregna al lector desde la primera página hasta la última y que le llevan a terrenos de reflexión, a lugares de ingenio y sabiduría ancestrales.

Tras leerla uno piensa que cuando Justo se presente ante San Pedro, y Dios quiera que sea dentro de mucho tiempo, podría ocurrir que el primer Pontífice tenga que gritar aquello de:

- ¡Atención!  ¡Aquí llega el mejor escritor de todos los tiempos!



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