Lo de siempre

siempre

(10/1/2009) Pasó la Navidad y nos dejó esa sensación de lo ya visto  -“déjà vu” que dicen los franceses-. Impresión que acompaña a las fiestas de invierno un año sí y otro también. Ya saben, esa sensación de haber visto y vivido lo que se presencia o nos sucede en determinado momento. Eso de “a mí esto ya me ha ocurrido” o “esto ya lo he visto en algún otro sitio”. Basta asomarse a esa ventana noticiosa y noticiera, a esa cadena de montaje del suceso que llamamos Telediario para que entiendan lo que les estoy diciendo.
Las cosas -tras la inevitable comida de empresa y el festival infantil en el colegio de turno- empiezan siempre de la misma manera: unos niños cantando números de una suerte que todos esperan y unos afortunados que al día siguiente entre gestos de euforia infantil y modales de borrachos impenitentes descorchan botellas y enseñan descompuestos el número de marras que portaba la suerte. Su suerte. Pues bien, si ustedes queridos lectores hubieran puesto un reportaje televisivo de cuando en su más tierna infancia los noticiarios se ocupaban del evento “loteril”, verían que poco o nada ha cambiado desde entonces. Los mismos gestos, los mismos gritos, las mismas risas, los mismos brindis, la misma estulticia un año sí y otro también.
Pero si siguieron viendo el Telediario comprobarían ¡ay! que las noticias siguen siendo las mismas de cuando llevaban babero: accidentes de carretera tras largas colas en el asfalto soportadas por masoquistas que ríen satisfechos a la cámara porque se encaminan a un lugar llamado playa; los mismos incautos de siempre atrapados en los aeropuertos nacionales –tras someterse a toda clase de humillaciones en la sala de embarque- cada vez más impotentes para soportar la demanda de quienes buscan la felicidad navideña en otros pagos; los mismos reportajes sobre nevadas aquí, lluvias torrenciales allá o sequías pertinaces en la otra parte del mundo -que desde que el planeta es una aldea global hay espacio suficiente para todo lo antagónico por increíble que nos parezca-; los mismos espantes –sí, espantes como los taurinos- cuando las catedrales del consumo abren el toril de sus rebajas de invierno -con reportaje incluido para quien accede el primero tras soportar cuatro horas de helada nocturna-; las mismas entrevistas llevadas a cabo por sesudos reporteros preguntando a todo aquel que se asoma a la calle cuestiones tan inteligentes como “¿es usted feliz en Navidad?” o ¿”qué le pediría al año que viene?. Y así un año y otro. Y otro.
Incluso aquellos aspectos más lúgubres y lamentables de nuestro desgraciado vivir asoman por la ventana electrónica como lo hicieran en cualquier año anterior y como lo seguirán haciendo ¡ay! en los venideros. ¿O es que no vieron ya niños destripados en brazos de padres desesperados en guerras anteriores, en Navidades pasadas?, ¿no recuerdan, acaso, el grito desgarrado de la madre ante el hijo muerto que les trajo la pasada Navidad y la anterior y la de más atrás mientras degustaban el turrón? Quizá no lo recuerden porque la memoria es selectiva y sólo tiende a retener lo novedoso, lo llamativo, lo impactante y ¿cómo  pretender que recuerde lo repetitivo, lo esperado, lo de siempre?
En cualquier caso, si las prisas de turno o las inevitables reuniones familiares –que hay que hablar con la cuñada aunque sólo sea una vez al año- le privaron de ver cualquiera de las noticias de sus vacaciones navideñas ¡no se preocupe, hombre!. El año que viene tendrá la oportunidad de volver a ver la misma función de Noche Vieja, el mismo Concierto de Año Nuevo, la misma Cabalgata de Reyes, las mismas entrevistas, los mismos Niños de San Ildefonso cantando la suerte, los mismos lamentos en quienes están atrapados en los aeropuertos o en la carretera, las mismas madres enloquecidas portando al hijo muerto, la misma estulticia en los presentadores de “las doce uvas”. Se repiten todos los años y en todas las cadenas televisivas. Para que no se aburran.
A veces, en esa cadena de montaje del suceso y para que el tedio no termine con el sufrido televidente, se introduce algún elemento novedoso. Pero ocurre muy de tarde en tarde y pronto termina siendo asumido con la misma normalidad que la llegada del viernes tras el jueves. Este año el nutriente que adereza la ensalada noticiera, los platos de siempre, se llama Crisis. Por si no lo habían oído.



Deja un comentario