La vanidad como impostura

ego

(10/5/2014) El ego de muchos creadores o artistas suele ser inversamente proporcional a su aportación al mundo de la cultura. Pasen y vean.

A nada que se fijen ustedes comprobarán como los mediocres buscan y gozan hasta el delirio con el ruido mediático que provocan sus periódicas ventosidades “creativas” mientras que los verdaderamente grandes prefieren esconderse bajo las piedras del silencio ante la avalancha de plácemes, méritos y reconocimientos que les caen encima sin quererlo ni pretenderlo. Y no estoy escribiendo sobre J.D. Salinger, aunque podría.

 Borges, grande entre los grandes -ahora que ya no me oye- se muestra como el más humilde escritor, hasta el punto que uno cree estar ante alguien que practica la falsa modestia. No es así.

“Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir, yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”, confesaba el autor de El Aleph.

 En una de las muchas entrevistas que circulan por la red vemos como el periodista elogia –algo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros- al escritor por tener, dice, una obra literaria importante. Ante el asombro del entrevistador y de los oyentes Borges exclama raudo y en el tono de quien no puede sufrir más lisonjas: “¡No!, yo no tengo obra. Es otro error de ustedes. Yo no tengo obra. Yo soy un hombre que ha tenido que vivir como todos y que se ha distraído en emborronar papeles. Pero eso no constituye una obra. Hablar de mi obra es, evidentemente, un error”.

Y cuando quien pregunta insiste en el dominio que tiene del idioma, le contraría con la rapidez del rayo: “¡No!, yo no tengo ese dominio. Yo soy un principiante siempre”.

 El periodista no se rinde y le habla del hombre erudito que es para todos aquellos que se acercan a sus libros. Inútil intento: “No soy un erudito. Soy un lector disperso, un lector agradecido”.

-Pero al menos admitirá que es usted el mejor escritor-, reincide incansable el entrevistador. Respuesta borgiana: “Es un gran pesimismo pensar que yo soy el mejor escritor, ¿cómo serán los demás?

El interrogador que sabe que en estas lides no hay que darse por vencido (¡Y vuelta la burra al trigo!, que decimos en mi pueblo) ensalza la belleza del poemario borgiano, el esplendor de alguno de sus versos. Pero Borges, una vez más, lo tiene claro: “Son buenos versos aunque yo los haya escrito. Uno se distrae a ratos  y entonces es otro el que escribe”.

 Pongo a Borges como paradigma de autor modesto aunque podría poner a otros grandes autores. Por ejemplo a César Aira que medita sobre el tema para concluir que “quizás los escritores que tienen una autoestima más alta encuentran que han dado lo mejor de sí que lo han hecho bien y lo siguen haciendo igual, en mi caso siempre he quedado insatisfecho  y siempre he querido probar otras cosas a ver si me salen mejor”.

 Pero no se trata de alta autoestima, querido César, sino de una vanidad crecida que casi siempre encuentra sus mejores pastos en el páramo de la ignorancia.

  Mo Yan, premio Nobel de literatura en 2012, se encuentra un día con una compañera de escuela que le recuerda que se ha convertido en un hombre tan importante que ya sólo le ve en televisión. Vean la respuesta del autor chino tal como lo cuenta en su libro Cambios:

¿No exageras un poco?-dije-. Un impostor teme encontrarse con un paisano, pero más aún encontrarse con un compañero de escuela. Y nosotros no solo íbamos a la misma clase, sino que compartíamos pupitre”.

 Creernos importantes o intentar que los demás nos vean como tales nos convierte en impostores, viene a decir el escritor de Gaomi. La presunción y la vanidad no tienen cabida en ningún espacio pero menos aún entre quienes nos vieron crecer o entre quienes comparten nuestro día a día. Ellos saben de qué pasta estamos hechos. De dónde venimos y hacia dónde vamos. Qué miserias y virtudes nos adornan.

 Alguien dijo, y viene bien recordarlo, que detrás de todo hombre o mujer importante -o que se cree importante- hay una mujer u hombre sorprendidos. Difícil ser presuntuoso ante la pareja que tan bien nos conoce.

 Y podríamos seguir hablando o escribiendo sobre la modestia de los grandes y el engreimiento de los estúpidos. Porque solo los sabios llegan a entender, en su justa medida, la pequeñez del hombre.  Saben que la vanidad, como diría Edward Young, es hija legítima de la ignorancia.



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