La Semana Cultural: Un hontanar en el secano

 

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(30/7/2007) Seguramente nos hallamos ante una de las actividades veraniegas que más han proliferado en los últimos años a lo largo y ancho de la geografía española.
A poco que nos acerquemos a los afanes de las pequeñas poblaciones veremos como son muchos los pueblos que, llegado el verano, programan entre sus actividades de ocio la correspondiente Semana Cultural con actos que intentan llegar a todo tipo de público y que se alejan de los tradicionales festejos taurinos.
Ello ha sido posible gracias, entre otras cosas, a las Asociaciones Culturales que se crearon en las últimas décadas para potenciar la agónica cultura rural tan olvidada por las administraciones de todo tipo. Acontecimiento que algún día será valorado en su justa medida por quienes se dediquen a escribir la historia de tantos pueblos durante los últimos años.
Se trata de un fenómeno, por lo demás, con una clara vocación rural pues son los pequeños municipios y lugares – con presupuestos ridículos para otro tipo de fiestas que sólo se pueden permitir las grandes poblaciones – los que más se han comprometido con este tipo de eventos aprovechando la llegada, durante el verano, de aquellos convecinos que tuvieron que emigrar en los años 60 y 70 del pasado siglo.
El abandono, por parte de las distintas administraciones, del mundo rural – por más que los políticos intenten maquillar una realidad de pobreza y desamparo en aumento- ha hecho que en la época estival se multipliquen las jornadas dedicadas a festejos y actos que buscan la supervivencia de unos modos y formas de vida a punto de desaparecer.
Luchando contra todo tipo de obstáculos – la desidia y cansancio de los propios vecinos, entre ellos – los nuevos quijotes del agro español se esfuerzan cada verano en apostar por la fiesta y la cultura programando exposiciones, juegos tradicionales, cuenta-cuentos, teatro, excursiones, talleres, degustaciones, encuentros…. ,buscando presupuestos en cajas de ahorros y en empresas de la propia localidad con los que superar, de una vez, los molinos de viento de la desidia, el abandono y la ignorancia.
Sin el alarde mediático que acompaña a las fiestas de las grandes poblaciones, sin el apoyo institucional que sólo favorece lo que resulta rentable en número de votos, sin las algaradas festivaleras que promocionan poblaciones de turismo y playa, los pequeños pueblos del interior se trabajan, a lo pobre, diversión y cultura.
Muchos son pueblos sin castillo, sin monasterio en ruinas, sin vestigios románicos que puedan interesar a los que buscan restos de la historia, pueblos que no pueden ofrecer nada que atraiga al viajero en busca de lo antiguo o de lo exótico.
Por eso sus afanes son doblemente meritorios y su Semana Cultural debiera ser valorada en su justa medida, más allá de los logros – tal vez modestos – que puedan alcanzar quienes las programan.
Son un oasis de esperanza en el yermo cultural de nuestra patria; un hontanar en el secano.



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