La resaca

resaca

(30/9/2011) La ciudad huele a fritanga. Si pasean ustedes por la urbe ahora que septiembre suaviza los amaneceres y los ocasos con la luz enfermiza del otoño, notarán en sus calles un olor a refrito que se prolonga impertinente desde cuando las fiestas de la Virgen. In illo tempore.

Dicen los entendidos en perfumes clandestinos, espías de la municipalidad, que las emanaciones proceden de la Feria de Día, ese invento que hemos exportado a otras latitudes, esa restauración de andar por casa -o mejor por la calle- y que, dado su éxito, sigue prolongando su olor a tapeo y bocata grasoso, hasta las vendimias, amenazando con resistir, de no llover, hasta la Navidad.
Y allí donde se asentaron las casetas, tabernáculos de los sofritos veraniegos, los efluvios son más persistentes y la negrura de la acera apenas deja ver los colores nobles de la cerámica. Dicen.
Así que, como septiembre no ha conocido la lluvia, el aire sigue preñado con el olor a guiso y asadura de las últimas ferias.
Y también el suelo, que tiene su piel impregnada de aceites, indigestiones y descuidos hasta el punto de recordar más un chapapote urbano que una avenida como dios manda.
Y paseas por las calles mugrientas y oyes el chop, chop que hacen tus zapatos, que apenas consigues levantarlos de la piel grasienta de la calle como si quisieran lamer con su suela los restos del banquete. Como hacían, recuerdan, los perros y gatos en la cocina de nuestra infancia.
Pero ya no hay perros, ni gatos callejeros. Pobres “Lázaros” en la mesa del rico “Epulón”.Que todos son muy educados y, tras dormitar en el tresillo y ver la tele, sacan a pasear a la señorita finolis que les compró un collar para lucirse.
Ahora es la lengüeta de nuestros zapatos quien hace el trabajo sucio de relamer la acera oscura de los vómitos. Chop, Chop.
La Feria de Día prolonga su oferta culinaria durante el mes de septiembre, recordando las clandestinas fritangas que salieron de sus hornos para hacer la calle, y que han vuelto a sus cuarteles de invierno.
Aceras y paseos. Gigantesco plato trocado en pegamento. Chop, chop.
- Señor alcalde, que la abuela se ha quedado pegada a la acera y está la pobre agarrada al semáforo, resistiendo heroica para no sumergirse en el malcocinado urbano.
Pasados los primeros ascos, que a todo se acostumbra el viandante, la ciudad huele a cocina antigua. Aquella cocina de lumbre y camilla, puchero y porcelana. Con perros y gatos pedigüeños a los que terminábamos arrojando un hueso relamido, para frenar su acoso.
Suelo de cocina de post-guerra, gigantesco plato de desperdicios varios para que el mundo animal triturara huesos y médulas y pasara su lengua una y mil veces por el frío terrazo. Lengua, puñal del hambre. Y ahora lo mismo, tiramos los restos a la acera, pero esta ¡ay! no tiene perros ni gatos.
Y ahí se queda, denunciando el maltrato animal, que perdió la libertad en la última revolución y se conforma con sacar a la señora finolis para que le haga pi-pí.
En los últimos días de septiembre la ciudad sestea tras la gran comilona de cuando la feria. Y el aire se resiste a abandonar el perfume violáceo y persistente de las fritangas.



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