La otra

(30/5/2012) Hoy voy a hablarles de la otra.
Los que siguen mis artículos comprueban, cada diez días, como divago sobre temas tan diversos como la literatura, la historia, la educación o las referencia a la ciudad en la que vivo: Valladolid de España.
Y digo lo de Valladolid de España no porque sí, sino porque, como muchos de mis conspicuos lectores saben, hay otras ciudades homónimos repartidas por el mundo, hecho que preocupa y “muy mucho” a quienes trabajan en los buscadores de Internet que quieren llevarnos, cuanto antes, al objetivo de nuestras pesquisas.
Pues como les iba diciendo los temas que trato son tan diversos y distantes que convierten mi cuaderno de bitácora en un discurso poco profundo y sin la enjundia que, de seguro, tienen aquellos que solamente lo dedican a un tema del que son vastos y profundos conocedores. Claro.
En esa línea multitemática que caracteriza a mis escritos hoy voy a hablarles de la otra.
De la ciudad de Valladolid que se encuentra más allá del océano. Al otro lado del charco. La Valladolid de Yucatán, también conocida, allá en México, como la Perla de Oriente.
Fundada por Francisco de Montejo, El sobrino, en 1543, y enclavada en el Yucatán, próxima a lo que se conoce como la Riviera Maya, la ciudad ha sido objeto de un importante y reciente estudio por parte del escritor Pedro Medardo Castillo y Álvarez.
Desconozco los motivos que le llevaron a Francisco de Montejo, El sobrino, a dar al poblado recién fundado el nombre de Valladolid, -dato que seguramente conoce Pedro Medardo a quien no tengo el gusto de conocer, para preguntárselo- pero me consta que estamos ante una ciudad hospitalaria y llena de historia, merecedora de ser investigada y divulgada por uno de sus vecinos. Me consta.
Fuera cual fuera la idea que le rondó por la cabeza a Montejo, para dar nombre al lugar de aquel primer cabildo, Valladolid de Yucatán bien merece, ahora que tantos y tantos se acercan a Cancún o a Chichén Itzá, una visita obligada, aunque solo sea para conocer su convento de San Bernardino poseedor de un magnífico retablo barroco.
O sus maquiladoras -fábricas de manufacturas textiles para su exportación- que hacen honor a la industria local y recuerdan que aquí, en el Valladolid de Yucatán, se construyó el primer telar de México con el esperanzador nombre de “La aurora de la industria yucateca”.
En unos años en los que tan importantes han sido los hermanamientos entre ciudades de distintos puntos del planeta, uno piensa que bien podrían haber empezado tales querencias por las ciudades homónimas. ¡Qué mejor motivo!
Pero los regidores de nuestras ciudades tienen otras preferencias que se nos escapan al común de los mortales. Seguramente.
Ya sé que que Valladolid de España está hermanada con Morelia -que hace doscientos años se llamaba también Valladolid pero que cambió su nombre por haber nacido en ella el héroe mexicano José María Morelos y Pavón- y que tampoco se trata de llegar a una inflación de hermanamientos que haga perder la esencia de tanta fraternidad. Lo sé.
Pero también sé que el Valladolid maya y el Valladolid castellano tienen motivos más que sobrados para ser hermanos. Comparten la misma sangre o sea el mismo nombre. Hermanos de sangre.
Por eso, antes de que surja en el Valladolid de Yucatán un nuevo héroe de vete a saber que independencia o un alcalde veleidoso y lleno de agravios que suelte una “alcaldada” y cambie tan bello nombre por el de algún pariente, pido el hermanamiento con aquella ciudad.
Y como en esto como en todo, hay que predicar con el ejemplo, antes que nuestros mandatarios sientan la presión de la reivindicación externa, aprovecho para, desde aquí y gracias a la oportunidad que me da internet, hermanarme por poderes, como se decía cuando Montejo, con Pedro Medardo Castillo y Álvarez por el hecho de haber dedicado parte de nuestras vidas a escribir sobre unas ciudades que responden por Valladolid.



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