La muerte de un crítico

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(10/10/2013) La reciente muerte de Marcel Reich-Ranicki, considerado como “el papa de la literatura alemana”, ha sido uno de los acontecimientos que más seguimiento ha tenido en la prensa internacional.

Crítico y escritor. Con obras traducidas al español como Los abogados de la literatura, Siete precursores: escritores del siglo XX y Mi vida, publicadas por Galaxia Gutenberg, Reich-Ranicki fue un hombre de amplia cultura que quiso ejercer de pontífice -hacer de puente- entre los escritores y los lectores alemanes empleando todo tipo de medios.

“Su cuarteto literario” en la televisión germana sirvió para que muchos jóvenes, desorientados en lo literario, se acercaran a las enseñanzas de este “mesías de las letras”.

Hábil en la utilización de los medios de comunicación y sabedor de que una imagen vale más que mil palabras -él que debería creer lo contrario, que una palabra puede evocar mil imágenes- fue portada en la revista Der Spiegel destrozando con saña una obra de Günter Grass. Que lo de quemar libros o destrozarlos no es tema achacable a siglos pasados. No.

Miro en internet las muchas imágenes de Reich-Ranicki -también aquella en la que destroza El cuento largo de Grass- y me parece hasta mentira que con esa cara de viejo pícaro y bonachón haya sido el azote de tantos literatos. Nunca hay que fiarse de las apariencias, hermano.

Tipo polémico, desinhibido y arrogante este Marcel, ante quien temblaron muchos escritores o aspirantes a serlo. Y más quienes no tenían claro lo que Richard Ford -autor de Canadá- se plantea en su ensayo: Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa. Que el acto de escribir se puso de moda y hay más escritores que lectores. Y por eso pasa lo que pasa y se hacen necesarios hombres como Reich-Ranicki. Por eso y porque escribir no es un acto inocente.

Pero destrozar un libro, ya sea de un Premio Nobel de Literatura, como Günter Grass, o del famosete que publica sus memorias, eso no se hace, ¡hombre! Que un libro es un libro. Por Dios.

Aunque Günter ya estaba avisado de cómo se las traía el viejo. Que ya había destrozado -esta vez ensayísticamente- El tambor de hojalata en un lejano 1959. Y aunque más tarde se retractó de tamaña fechoría volvió a la carga como hemos visto.

Martin Walser, dramaturgo alemán que recibió también lo suyo, terminó fantaseando con la desaparición de Marcel y escribió La muerte de un crítico. Que hay miedos que aunque paralizan en un primer momento, luego dan tema suficiente para escribir las fantasías criminales que todos llevamos dentro.

Bien claro lo dijo el escritor Norman Mailer cuando escupió aquello de “todos los críticos deben ser asesinados”.

Richard Ford en el ensayo supra-citado escribió que “las cosas entran en mi mente más bien caótica -fragmentos de lenguaje, conciencia de mí mismo- y allí se ocultan, girando, chocando y separándose al azar como electrones, y vuelven si acaso, a la conciencia o a la página a veces profundamente reconstruidas”.

Y esas palabras electrones, adobadas con la salsa del miedo y del reproche, son las que hicieron a Walser concebir la obra asesina. Que cargarse al crítico es el sueño imposible de muchos editores y escritores.

Pero Marcel Reich-Ranicki murió en la cama el pasado 18 de septiembre. En Septiembre, de quien el refranero, ese crítico inapelable que nace del pueblo, dice “del mes que entra con abad y sale con fraile, Dios nos guarde”.

Y no le guardó a Reich-Ranicki, apasionado de su oficio, rotundo y vehemente, que clamaba desde los medios que “la primera obligación de un crítico es la sinceridad”.

Temible este “pope de las letras”, superviviente del Gueto de Varsovia, al que sí le importaba lo que escribimos y por qué lo escribimos.

Que se lo digan al holandés Cees Noteboom o al español Julián Marías, cuya obra le importó y mucho y a los que alabó en su quehacer literario.

Y a otros a quienes este miembro del Gruppe 47 vapuleó o ensalzó en su larga vida y al que el cáncer acaba de derrotar en su casa de Fráncfurt.

Marcel Reich-Ranicki. Un buen crítico literario. Porque como escribió Anatole France “Un buen crítico es aquel que narra las aventuras de su propia alma entre las obras maestras”.

Y en los ensayos críticos de Reich-Ranicki se vislumbra el alma de un gigante que sobrevivió al Gueto de Varsovia.



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