La loca de los versos

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(10/04/2017) Aparecía alguna vez en la televisión y antes de que su imagen cercana y rotunda penetrara en nuestra retina distraída, todos sabíamos quién era. Aquella mujer era la voz. Como el Hombre de la esquina rosada de Borges (si no lo han leído, léanlo, es una de las siete maravillas del mundo literario), la mujer era la voz.

Voz de abuela niña rebosante de inocencia y de ternura. Voz de niña cándida en queja con el mundo que nunca la comprende. Voz de muchacha grande, quebrada por los sustos de la vida. Voz descacharrante y honda que salía a borbotones, como la sangre. Voz de mujer apaleada llena de gritos que eran poemas. Voz aguardentosa de quien ha bebido mil poemas y aún duerme la resaca.

 Luego  cuando levantábamos la vista para ver a la portadora de aquella voz arrastrada, corroborábamos lo obvio, la mujer que aparecía en televisión con chalecos imposibles, corbatas de payaso y camisas coloridas, era la voz.

El camello se pinchó

Con un cardo del camino

Y el mecánico Melchor

Le dio vino…

Leíamos un poema de Gloria fuertes, cualquier poema, y era una maravilla de creatividad y hondura, pero si se lo oíamos recitar, el poema también era su voz. Y entonces rezumaba lirismo, emociones, ternuras, risas,…

Voz de Gloria Fuertes. Voz de muchacha bruta, de abuela inmadura que renunció a crecer para vivir siempre niña. Voz-metralleta que disparaba denuncias y dulzuras.

Daba igual cómo se presentara ante su público: de poeta, de mujer viril, de recitadora, de diabla de la guarda, de guerrera, de manola…; poco importaba su disfraz: independiente, astuta, inocente, triste, graciosa, cordera, dragona, castiza, vanguardista, transgresora…al final era la voz. Sólo la voz. “Y si me encasillan me escapo”, dijo para zanjar el asunto.

Y vivo por mi cuenta cabra sola

Que yo a ningún rebaño pertenezco

Si sufrir es estar como una cabra

Entonces sí lo estoy, no dudar de ello.

Dicen ahora académicos de corbata y pedigrí  que hay que rehabilitar su obra, devolver sus poemas al estanque pomposo de la poesía de adultos, como si ella necesitase de esas golas, ella que es estudiada en los Estados Unidos, que ganó el Nobel Infantil, el Hans Christian Anderson, en 1968 con “Cangura para todo”; ella que es desdeñada aquí, en su patria, por los que buscan falsas profundidades en la poesía y ponen armaduras a la palabra; ella que según se definió nació para poeta o para muerto y eligió lo difícil.

“Mi poesía está aquí, como nació…/ descalza, desnuda, rebelde, sin disfraz./ Mi poesía recuerda y se parece a mí”.

Y en lo difícil nos legó las glorierías, juegos de pensamiento llenos de sutiles ironías y agudezas para denunciar todas las injusticias, todas las soledades, todos los desamores:

“Hay gente que se mete en política para resolver sus problemas sexuales. (Y jode de otra manera)”, dijo (y diría si viviera).

 Muchos la han querido imitar en su espontaneidad y contundencia, en su ironía e ingenio pero pocos lo han conseguido. Se necesitaría tener su agudeza y su voz. Sobre todo su voz y su coraje.

“Porque soy una mujer de verso en pecho no me arrepiento de nada de lo que he hecho”, dijo.

Cuenta Vicente Molina Foix que en una ocasión le describió así su adiós al infierno: “Fui al metro decidida a matarme, pero al ir a sacar el billete ligué, y en vez de tirarme al tren me tiré a la taquillera”.

 Como ven, Gloria Fuertes en estado puro.

Para terminar su epitafio: “Gloria Fuertes. Poeta de Guardia (1917-1998) Ya creo que lo he dicho todo Y que ya todo lo amé. G. F.”.



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