La inteligencia de los árboles

arbol

(30/11/2007) Leo con cierto asombro la noticia que expone un periódico de tirada nacional sobre la “inteligencia” de los árboles:
“Estos árboles son inteligentes gracias a un microchip incluido en su tronco”.
Y digo “con asombro” porque últimamente la inteligencia, esa facultad de los seres humanos  que nos hace superiores al resto de las especies, según aprendimos en los años de la escuela, parece haber democratizado su presencia en ámbitos que le eran ajenos hasta hace muy pocas fechas. Entiéndase por ajenos: el reino animal, vegetal y mineral.
Sí, han leído bien, mineral, también mineral ¿o es que se han olvidado de los edificios inteligente, los coches inteligentes, los tejidos inteligentes o los inodoros inteligentes?
Sabemos, por los documentales de la televisión, que hay algunos animales con una inteligencia muy acusada -los delfines o las abejas, por ejemplo- pero lo dicho sobre los árboles quita todo atisbo de duda sobre la cuestión y  hace que el potencial intelectual sea extensible a todo bicho viviente.
Sin embargo al seguir leyendo la noticia, mis recelos de homínido, de mono-sabio, mis temores de Adán expulsado de su paraíso pero Adán al fin y al cabo, se han diluido como azúcar en agua.
Los microchips de los árboles lejos de hacerlos más listos a ellos, pobrecillos ¡qué se habrían creído!, nos permite conocerlos al detalle, sin que nada escape ya a nuestro control sobre su crecimiento, plagas, tratamiento, producción, etc. Es decir nos hacen más inteligentes a los que siempre lo fuimos o creímos serlo. A nosotros.
El árbol simplemente soporta nuestros avances técnicos, como soporta otros más crueles: poda, herbicidas, contaminación, incendios…El árbol se deja hacer.
En cualquier caso, el titular de la noticia endosa la inteligencia al que la sufre y no al que la esgrime: el Señor Director de la División Forestal de turno, en este caso.
Y es entonces cuando me asaltan ¡ay! preguntas de filósofo novicio:
¿Por qué esa moda en delegar nuestra patente intelectual, nuestro orgullo de bípedos pensantes,  a plantas, edificios y máquinas con una generosidad más que sospechosa?
¿Por qué esa loca carrera en querer socializar a otras especies, esa nueva y obsesiva práctica en concederles la franquicia de nuestras esencias?
La inteligencia de las ballenas o de los chimpancés, los árboles inteligentes, los edificios inteligentes, las tarjetas inteligentes, las bombas inteligentes …nos hablan de una delegación inconsciente de nuestras capacidades y talentos a otras criaturas.
¿Se esconderá tras ello el miedo antiguo y atávico del hombre de ser el único ser pensante e inteligente en la inmensidad del universo? Pienso.
Es  -sigo pensando- como si la soledad cósmica del hombre le hiciera querer compartir sus responsabilidades con el resto del mundo. Como si quisiera quitarse un peso de encima. Que otros, en fin, también carguen con el muerto.
Las ballenas, los delfines y las mascotas inteligentes, parece gritar el homo sapiens, no serán ya inocentes cuando llegue la hecatombe nuclear, tampoco los árboles. Ellos también tienen inteligencia. Que cada palo aguante su vela en el próximo apocalipsis.
Por eso el encargado del sector viverístico, según dice la noticia aludida, “instala microchips…que van almacenando la información personalizada de cada especie”.
Información personalizada que, una vez acumulada por las especies arbóreas, tendrá también que rendir cuentas de su fracaso cuando todo se vaya al garete. Como nosotros.
Nosotros que por entonces viviremos en entornos inteligentes de ciudades inteligentes cuyas casas tendrán cortinas anticiclónicas inteligentes; que vestiremos tejidos y prendas inteligentes mientras circulamos con coches inteligentes para que nos coloquen, si necesario fuera,   prótesis inteligentes o nos receten drogas o medicamentos inteligentes; parando en semáforos inteligentes en los que veremos cruzar por pasos de cebra inteligentes a consumidores que arrastran carritos de la compra también inteligentes….
Y que conste que no me he inventado nada sobre tanta inteligencia.
Vayan, mediante el teclado inteligente de su ordenador,  a los buscadores de internet              -también los hay inteligentes- y comprobarán  que nunca hubo tanto intelecto repartido por nuestro entrañable planeta azul. Ese habitáculo superpoblado de seres y objetos inteligentes que un día, esperemos que lejano,¡plaf! mandaremos al garete. Inteligencia incluida.



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