La Catedral de Valladolid

seo

(8/12/2007) La reciente intervención urbanística en los aledaños de la Catedral de Valladolid, así como la limpieza de su fachada,  hacen que, una vez más, seamos muchos los que nos acerquemos a su perímetro para admirar su porte y su grandeza.
Sé que más de uno habrá sonreído ante las palabras que cierran el párrafo anterior, tachándolas de exageradas e imprecisas o, tal vez, de inexactas. Se equivocan.
La Catedral está sin terminar. Eso es obvio. Pero, permítanme que les diga, que contemplarla y estudiarla es como asistir a toda una lección de historia artística y social que pocas catedrales, más afamadas, pueden impartir a quienes las contemplan. No exagero.
Decir a estas alturas que, tras el impulso económico que, en sus inicios, dio el rey Felipe II a las obras, la única forma que tuvo el cabildo catedralicio de afrontar el coste de tan gigantesco proyecto fue una humilde cartilla, quizás centre el tema y nos evite andarnos por las ramas de la especulación más estéril.
Pero, se habrán preguntado ustedes, ¿de qué cartillas se trataba?. La respuesta es bien sencilla: de las cartillas que se empleaban para enseñar a leer y escribir a los niños de las Españas (España y las naciones de América, Asia o África que pertenecían, por entonces, a la corona española) y que llevaba por título: Cartilla y doctrina cristiana impresa con privilegio real en la Santa Iglesia de Valladolid.
Fue el mismo Felipe II quien concedió el privilegio exclusivo de imprimir y vender dichas cartillas amenazando con fuertes multas a quienes osaran quebrantar la concesión real.
El objetivo del Privilegio era terminar la Catedral cuanto antes pues al depender nuestra Seo, en aquellos años, del obispado de Palencia, carecía de las rentas de que disponían otros cabildos más ricos.
Tras dos siglos vendiendo Cartillas y ante el estado de la Catedral el Rey Carlos III toma cartas en el asunto y pide se le asesore sobre la marcha de las cuentas. Es entonces cuando el cabildo envía un informe detallado en el que hace constar que el dinero recaudado por la venta de las Cartillas ascendía a 5.393.986 reales y un maravedí de vellón., añadiendo -ojo al dato- que según cálculos de Ventura Rodríguez  -arquitecto de la Corte- eran 40.000.000 de reales los que se necesitaban para concluir la catedral.
Como ven el rey prudente pecó en exceso de prudencia económica a la hora de valorar los costes de la catedral de su  querido Valladolid. De prudente  y, permítanme que les diga,  de iluso ¿o no es de ilusos el querer subvencionar un proyecto, cualquier proyecto, con los beneficios que aporte  la cultura?
Piensen que estamos hablando de España donde siempre la cultura ha vivido de subvenciones y limosnas y no al revés. ¿Me explico?
Pero aún así, aquel quijotesco proyecto mereció la pena. La catedral inacabada de Valladolid, me reafirmo, es artísticamente muy valiosa y goza de la belleza que atesoran tantas obras mutiladas por vete a saber qué motivos, ¿o no es hermosa la Venus de Milo?
Es más, la falta endémica de dinero que tuvo que soportar nuestra Seo, permitió el milagro de conservar parte del sorprendente templo gótico de la colegiata de Santa María la Mayor.
Si observan detenidamente la fachada oeste verán como parece que la antigua colegiata va a ser engullida de un momento a otro por el gigante herreriano.
La falta de fondos impidió la mascada y permitió que veamos y adivinemos, como en una instantánea pétrea, lo que les ocurrió a tantos templos góticos cuando llegaron las nuevas modas arquitectónicas. Simplemente desaparecieron.
Pues aquí no. La pobreza salvó un estilo arquitectónico de gran belleza: el gótico.
Acérquense a la Catedral. Verán dos estilos artísticos en una sola mirada. Dos épocas del arte enamoradas desde hace siglos e incapaces de romper su eterno abrazo de amor.
Y del templo herreriano ¡qué quieren que les diga! Además de arte ofrece a quienes se acercan a contemplarlo toda una lección de humildad. El que estaba llamado a ser el mayor templo de la cristiandad, después de San Pedro de Roma, quedó como un eterno sueño de grandeza sin concluir. Como un quiero y no puedo.
En mi libro ¡Valladolid si yo te contara! La ciudad en la magia de sus números,  le dediqué este soneto a la Catedral. Es el único soneto del libro…¿que cómo me atreví? Que me perdonen los poetas pero….¡se trataba de la Catedral! ¡la Catedral de Valladolid!

Foco de fe exiguo en hermosura
Blasón de Herrera, El Escorial te mira.
Tu traza gigantesca el orbe admira
y se pierde en la luz de tu largura.

Tu firme pesadez, tu compostura
se estremecen al llanto de la lira.
Arde mi corazón en tu alta pira
y sosiego mi ardor en tu frescura.

Cuatrocientos once pies calza tu largo,
Catedral herreriana, monumento
Que, como el oso, duermes tu letargo.

¡Despierta y anda!¡Llega tu momento!
Navío insigne, rompe ya tu embargo,
no dobles tu cerviz al elemento.



2 Respuestas a “La Catedral de Valladolid”

  1. Ruth dice:

    Sí, tantos tesoros arquitectónicos se encuentran en nuestras ciudades, bellezas a nuestro paso, en los que muchas veces no nos fijamos, tal vez por mera costumbre o por desinterés. Son testigos mudos de un pasado rico en historia (e historias), que sólo nos cuentan sus secretos y nos descubren su verdadero resplandor cuando – siguiendo los pasos del Pequeño Príncipe – nos atrevemos a contemplarlos con el corazón.
    Gracias por haber contribuido a que vea mi ciudad “con ojos distintos”.

  2. rosa dice:

    Nuevamente, sin buscarlo ni evidenciarlo, nos has dado una lección de cómo el conocimiento y la inteligencia arrojan luz sobre nuestras vidas, revelando todos esos hermosos detalles que a menudo nos perdemos.
    Y te lo agradezco especialmente porque creo que el entendimiento es un estado de conciencia muy duro de sobrellevar, y reconozco que a veces preferiría ceder mi modesta inteligencia a alguno de esos árboles de los que hablas en tu anterior artículo.
    Hoy me has recordado lo gratificante que puede ser ver el mundo a la luz de la sabiduría. Gracias por iluminar mi vida de una forma tan positiva.

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