La amargura del letraherido

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(11/11/2013) Hay dos tipos de escritores: los que se saludan cada mañana ante el espejo, encantados de haberse conocido, y los que al contemplarse tras el cristal, sólo ven motivos para la compasión.

Uno de estos últimos era Albert Camus que, extrañado por la fama que había adquirido, exclamó: “cada vez que me dicen que admiran en mi al hombre, tengo la impresión de haber mentido durante toda mi vida”.

Normal. Quería que, en todo caso, admiraran al escritor que llevaba dentro. Al escritor crítico con un sistema que siempre desencanta. Ayer y hoy. Al escritor rebelde y de moral incorruptible.

Y es que Camus, el recordado Camus que, de vivir, hubiera cumplido los cien años hace unos días, se soportaba, seguramente como escritor comprometido, pero no como hombre. Sus razones tendría.

Camus y su filosofía del absurdo. La inutilidad del esfuerzo humano plasmada en su “mito de Sísifo” que inicia con una frase que es un escalofrío: “No hay sino un problema realmente serio: el suicidio”.

Otro que está aterrizando en los papeles, desde el olimpo del olvido donde se hallaba tras su muerte hace cincuenta años, es Luis Cernuda.

Exiliado en México escribió Vivir sin estar viviendo, todo un resumen de lo que fue su pase por el mundo. Un sinvivir.

Rebelde ante sí mismo -carácter difícil, frágil y susceptible- y ante una sociedad homófoba que no aceptaba la diferencia -“disgusto a unos por frío y a otros por raro”- el autor de La realidad y el deseo escribió en su Himno a la tristeza lo que todos sabemos, que “viven y mueren a solas los poetas”.

No a estas horas,

No a estas horas de tregua cobarde,

Al amanecer es cuando debes ir hacia el mar joven marino,

Desnudo como una flor;

Y entonces es cuando debías amarle, cuando el mar debía poseerte.

Amargura vital, nihilismo existencial que se vislumbra en muchos escritores, hasta el punto que, algunos, incapaces de soportar la vida, de comprender el mundo, optaron por abandonar la partida. Agilizando los trámites en los despachos de la muerte.

El escritor japonés Yukio Mishima, que escogió esta vía mediante el ritual conocido como seppuku o harakiri, podría servir como referente de lo afirmado. Tras enviar al editor su última novela se dirigió al campamento militar de Ichigaya e inició el ritual del suicidio.

Ernest Heminguay hizo lo mismo. Tras una depresión de caballo que le llevó a varios intentos por largarse, lo logra el 2 de julio de 1962 ayudado por una escopeta de dos cañones.

El dramaturgo Heinrich von Kleist también. Defensor de la libertad de su patria, abiertamente antinapoleónico y desencantado con su rey, abandona la lucha y escribe: “Me es imposible continuar viviendo, mi alma está tan martirizada que, sólo con asomarme un poco a la ventana, la luz del sol que cae de arriba me daña”.

Dicho y hecho, el 21 de Noviembre de 1811, en compañía de su amante se suicida a orillas del lago Wannsee.

El escritor romántico Mariano José de Larra, amargado por el rumbo que tomaba la sociedad española y aún más por el descalabro de su vida sentimental decide tomar las de Villadiego disparándose un tiro en la sien. Era el 13 de febrero de 1837.

En este suma y sigue macabro podríamos poner a Emilio Salgari que también quiso apearse del mundo cuando no tocaba. El harakiri le facilitó el pasaje. Dejó una carta a sus editores:

“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”.

Y a José Mallorquí, padre de El Coyote, al que tantos españoles de postguerra debemos lectura y diversión y que logró el milagro de convertimos en héroes por un día y soñar. Tras fallecer su esposa se pegó un tiro en la sien. Antes escribió:

“No puedo más. Me mato. En el cajón de mi mesa hay cheques firmados. Papá. Perdón”.

Lúgubre club, donde encontramos también a Virginia Wolf que horrorizada ante la locura en la que temía sumergirse optó por hacerlo en el río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. “…Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión”, le escribió a su marido.

Y lo mismo hicieron Verónica Forrest-Thomson, Horacio Quiroga, Anne Sexton, Jacques Rigaut, Antonia Pozzi, Socrates, Alfonsina Storni, David Foster Wallace, Sylvia Plath, Séneca, Alejandra Pizarnik, Vladímir Mayakovski, Dora Carrington, Walter Benjamin, Pablo de Rokha, Joaquín Edwards Bello, Thomas Chatterton, Karoline Günderode, Thomas Lowl Beddoes, Charlotte Stieglitz, Gérard de Nerval, Antero de Quental, José Agustín Goytisolo, etc…etc… Irse por las bravas.

Severino Tormes, poeta de Salamanca, dejó escrito antes de estrellarse contra un árbol: “Tengo la sensación de haber vivido absolutamente en vano. ¿De qué me han servido los libros, la música, el amor, la poesía? Una amarga carcajada contra un árbol y otra eterna en el infierno”.

Otro día les hablaré sobre los escritores felices. Esperen sentados.



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