La amabilidad y el gato

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(30/08/2017) “La amabilidad mató al gato” dicen los ingleses aludiendo a un estilo educativo en el que debe primar el rigor y la exigencia, el trato duro. Dureza que ha  conducido a la “disciplina inglesa” imperante en muchos centros británicos -escuelas, fábricas, prisiones- y defensora del castigo corporal y del uso del látigo para que las cosas funcionen.

Otros, sin embargo, antes y ahora, -aunque más ahora que antes-, han preferido la dulzura en el trato, la blandura y las buenas maneras para tratar a grandes y pequeños en un debate tan antiguo -no hay nada nuevo bajo el sol- que el mismo Maquiavelo, allá por el siglo XVI, ya se lo planteó en su obra El príncipe donde tras mucho pensar si los príncipes y reyes debían ser temidos o amados se decantó por lo primero: “es mejor ser temido que ser amado”.

 Me viene esto a la cabeza tras ver un documental sobre Pamela Travers, la escritora que creo el personaje de Mary Poppins, que tras sufrir una niñez poco amable en Australia  se pasó la vida reinventando aquella infancia y dando a luz un personaje que sublimara aquellos años horribles (un padre alcohólico que muere temprano, una madre depresiva al borde del suicidio), creando una familia dichosa, como la de la familia Banks.

“Cuando yo era pequeña nadie le hacía demasiado caso a los niños” llegó a manifestar en una entrevista que le hicieron cuando ya era una famosa escritora.

Pero llegó el siglo XX, y en su segunda mitad gracias a obras como las de Pamela Travels, los niños comenzaron a convertirse en el centro de la vida familiar, en el eje en el que giraban las conversaciones de los adultos, cobrando una importancia quizá excesiva que los convierte en el centro de todas las salsas y en reyezuelo prestos a tiranizar a toda la familia, si llega el caso.

 Esa niñera voladora que creo Pamela, que alecciona al señor Bank sobre cómo ha de tratar a sus hijos (algo impensable hasta entonces), y que busca y logra la felicidad de los niños poniendo en el centro esa infancia hasta entonces olvidada, es en sí mismo un hecho revolucionario, algo que ha marcado lo que se llamó después “el siglo del niño”.

 Walt Disney, que accedió a la lectura de Mary Poppins, vio que aquella niñera cósmica podía convertirse en un filón de oro y la llevó a las más altas cotas de popularidad con su famosa película sobre el personaje.

¿Por qué no pensar que tras ver la película millones de padres comenzaron a plantearse las formas educativas basadas en el rigor y en el miedo al castigo, por otras más amables?

 Alguien deberá plantearse algún día la influencia social que han tenido obras como la de Pamela Travers, pero también películas como las de Disney que han conseguido algo revolucionario: sentar, por primera vez en la historia, a niños, padres y abuelos en un mismo espacio, la pantalla grande y la pequeña pantalla, para ser aleccionados (y “aleccionado” viene de lección, no lo olvidemos) por sus “dibujos”.

Walt Disney que revolucionó la industria cinematográfica con sus películas ha revolucionado también el mundo y si no que se lo preguntes a los animalistas y a todos los que ya no podemos aplastar un ratón sin que nos venga a la cabeza la imagen de Mickey Mouse, ni comer una ensalada de cangrejos sin que nos acordemos de Sebastián, el cangrejo gruñón de la película The Little Mermaid.

Pamela Travers inventó un mundo imaginario, el mundo que no tuvo, sin saber que estaba creando las coordenadas de un tiempo que habría de venir y que con su Mary Poppins estaba creando todo un manual de pedagogía que cobraría vigencia a partir de la segunda mitad del siglo XX.

 Después de Pamela, después de su Mary Poppins, los niños ya nunca serían lo que fueron y de no hacerles caso nadie, como constataba la autora, han pasado a ser, para bien o para mal, el centro de la vida adulta, los reyes de la casa.

 Y digo “para bien o para mal” porque uno sigue creyendo en la vieja máxima de que en el medio está la virtud -in medio virtus-, que no es bueno moverse en los extremos, y que si no debe usar el “látigo” el profesor o el padre tampoco debe hacerlo el alumno o el hijo.

 En la figura un tanto perdida del señor Bank que refleja la película de Disney se halla la imagen desdibujada de tantos padres que no saben, a estas alturas de la película, cuál es su papel en la dinámica familiar, cuál es su verdadero rol en una sociedad en la que germinan distintos modelos de familia. Temerosos de convertirse en avatares de Hommer Simpson.



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