La abuela

(19/12/2007) Cuando llega la navidad y el corazón se me escora hacia territorios de niñez y nostalgias, hacia tiempos de añoranzas y melancolías, me acuerdo, irremediablemente, de mi abuela.
Murió por estas fechas y en la flor de la vida -tal como oí quejarse a las vecinas que acompañaron nuestro duelo y desamparo-, dejándome unos recuerdos y unas enseñanzas que me han acompañado siempre.
La recuerdo vieja, con esa vejez serena y adelantada de las mujeres de antes, viuda de por vida, vieja desde siempre, con pañuelo en la cabeza, mantón sobre los hombros y unas faldas oscuras y bastas que le cubrían los tobillos..
¡Cómo podía ser tan vieja la abuela a los sesenta años!
Fiel a su cometido de abuela paciente y resignada se esforzaba en responder a todas las preguntas que mi curiosidad infantil le demandaba:
- Abuela, ¿dónde está la Argentina?
Ella se ponía seria, apretaba su mano contra la mía y con el rostro cubierto por el velo de la nostalgia  -tenía familiares en aquellas lejanas tierras-, me respondía:
- ¿Sabes dónde está la tierra que tiene tu padre en el Camino Hondo?
- Sí, abuela.
- ¿Y sabes que la Tierra es redonda?
- Sí.
- Pues la Argentina está justo debajo.
Era una deliciosa geografía de andar por casa con mi pueblo situado en el centro del Mundo.
Y en el centro de aquel mundo: la abuela.
Yo tenía seis años cuando murió, por lo que los recuerdos que guardo de ella son los de mi más tierna infancia.
La Navidad traía fríos y tradiciones viejas; villancicos, historias del niño de Belén y nuevas preguntas.
- Abuela ¿Qué hace la Virgen María?
- Mira hacia arriba.
- ¿Dónde?
-  Donde termina la chimenea.
Yo me esforzaba todo lo que podía, torciendo el cuello como hacían las gallinas y recorriendo con los ojos del asombro aquel túnel vertical cargado de hollines, buscando en lo oscuro. A poco, la abuela resolvía mi torpeza y mi tardanza:
-  La Virgen está secando los pañales del niño. ¿La ves?
Yo no sé qué pasaba por mi mente infantil, qué extraña fascinación o embrujo recorría  mis entendederas, qué hipnotismo me emborrachaba por momentos, pero les juro que yo veía a la Virgen secando los pañales allá en lo más alto de la chimenea por donde humeaba nuestro hogar. La Virgen estaba allí todas las Nochebuenas, sin faltar a su cita, porque mi abuela así lo quería. No había otra razón.
Recuerdo sus manteos. Sus largos y múltiples manteos de vieja. ¡Cuántas capas! Seguros como una casa. Cálidos como un nido. Lugar de refugio cuando el padre amenazaba con la azotaina por haber hecho algo malo. ¡Qué seguro me hallaba bajo los faldones de mi abuela! Nunca he vuelto a encontrarme tan a salvo de los peligros y desventuras del vivir como bajo sus sayas.
Pero sin duda fueron sus cuentos, sus historias increíbles, desmesuradas, en las que demostraba una imaginación explosiva, los que más se grabaron en mi memoria. Y entre los cuentos uno: El árbol que daba navajas.
- Érase un árbol cargado de navajas………….
- ¿De navajas?
- Sí, de hermosas y relucientes navajas.
La fascinación que siempre me han producido las navajas – aún hoy me quedo embobado viendo las tiendas que las muestran en sus escaparates- se lo debo a aquel cuento de mi abuela. Y es que en aquel bendito árbol, mi fantasía veía ramas repletas de navajas de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños. ¡Cuántas navajas!
No recuerdo más de aquel cuento. Nada de su argumento. Menos de su final. Era como si la imagen del árbol cargado de miles de preciosas navajas me dejara atontado de placer, autista para el resto del relato; con mis escasas facultades de niño atrapadas en aquel exuberante inicio. Sólo en el inicio.
En mí se rompía el orden que toda narración debe tener, según dicen los clásicos,: inicio, nudo y desenlace. Sólo el inicio me bastaba para soñar. ¡Y qué sueños!
La abuela murió como morían las abuelas de entonces. Como morían los patriarcas en el Antiguo testamento según nos enseñaba el cura en la clase de religión. En la cama y dando los últimos consejos a sus nietos.
No. No me invento nada. Recuerdo con claridad meridiana como desfilamos ante su lecho sus cuatro nietos la misma noche que murió. Y recuerdo las palabras que nos dijo a cada cual como despedida. Palabras hondas y sentidas. Palabras rotundas. Palabras que guardo desde entonces como el botín más preciado que me dejó la abuela. Poco después murió. Sin estertores ni sufrimientos. Como morían los personajes de sus cuentos. La abuela.
Mi abuela Piedad.



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