Insultos de libro

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(10/5/2015) El “navajeo” entre escritores, eso que suele llamarse eufemísticamente insulto literario, siempre generó curiosidad y morbo tanto entre sus lectores como entre los coleccionistas del arte del escarnio.
La historia de la literatura está llena de combates dialécticos -también de alguno pugilístico- entre autores y de todo ello se hace eco la Red, ese lugar donde todo ocurre o aparece.
Recuerdo que ya toqué este tema en un artículo anterior que titulé “Plumas como espadas”, pero también recuerdo que al terminar de detallarles las pullas literarias les prometí que dejaba más “puñaladas” para otro artículo. Pues allá van.
Son tantos los casos que recogen los coleccionistas de insultos literarios -que de esto como de todo hay coleccionistas- que una revista, Lapham´s Quarterly, ha confeccionado un mapa titulado Name Calling: un intrincado mapa de quién insulta a quién con los insultos cruzados de autores renombrados.
Y se comprueba que la literatura anglosajona está llena de grandes insultadores y de no menos importantes insultados, que cambian de rol según convenga, hasta el punto que nadie se escandaliza al comprobar que C.S. Lewis leyendo la obra de J.R.R. Tolkien comentara “¡Oh, no! ¡No otro elfo de mierda!”; o que el escritor inglés H. G. Wells definiera a su colega George Bernard Shaw como “un niño idiota gritando en un hospital”. Tampoco que Noel Coward, definiera a Wilde como un “cabrón pesado y afectado”; o la rotundidad de Vladimir Nabokov al dar su opinión sobre Hemingway: “un escritor de campanas, cojones y toros”.
A veces las bofetadas van dirigidas directamente al mentón del autor. Suelen ser púgiles avezados que golpean donde más duele, en la obra más consagrada del plumilla. Que se lo digan a James Joyce y a su Ulises de quienes Virginia Woolf opinaba: “Ulises es el esfuerzo de un estudiante asqueroso reventándose los granos”.
No quedan mejor en otras latitudes pues qué decir sobre El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence, el francés Ferdinand Céline lo tenía muy claro: “seiscientas páginas por la polla de un guardabosque son demasiadas páginas”.
En este “navajeo” no se salvan ni los muertos -tampoco las mujeres-. Mark Twain tenía tal fijación con la obra “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen que no dudó en afirmar “cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearla el cráneo con su propia tibia”. ¿Se puede ser más navajero?
Pero ¿qué pasa con la literatura en español? En español, que yo sepa, nadie se ha lanzado aún a confeccionar un mapa con los insultos cruzados de los grandes de las letras pero tiempo al tiempo que todo se andará. Hay material en abundancia.
El futuro cartógrafo podría empezar por los clásicos y su despellejamiento, con autores como Lope, Góngora, Quevedo, Cervantes…y seguir con otros más actuales o de nuestro tiempo, con Rafael Sánchez Ferlosio, por ejemplo, diciendo de Camilo José Cela que “es un pelmazo”, o con un culto Ortega y Gasset refiriéndose a Salvador de Madariaga como “un tonto en cinco idiomas”; y terminar -porque alguna vez habrá que terminar- con Josep Pla y su opinión sobre don Pío: “Baroja escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos”.
Y si cruzamos el charco y nos damos una vuelta por los países hermanos comprobaremos que esto del “navajeo” es universal y que está grabado en el ADN de los escribas de cualquier latitud y de cualquier época. Sirvan estas joyas para hacernos una idea:
Roberto Bolaño que no dejaba títere literario con cabeza dijo sobre José Donoso que era “un autor que tiene libros que son abominables, malos de salir corriendo”.
Aira al referirse a Ernesto Sábato ha soltado perlas como esta: “Es un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así, se ve obligado a escribir constantemente en sus textos la palabra angustia, la palabra dolor… y claro, eso no funciona”.
Witold Gombrowicz se interesó por Borges escupiendo lo siguiente “¿Quién demonios es, en comparación con las montañas de revelaciones sartrianas, un Borges argentino, sopita aguada para literatos?”
Jorge Luis Borges, que tampoco era manco en el asunto, nos dejó esta opinión sobre Roberto Arlt: “Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto”.
Lo malo es cuando del insulto se pasa a las manos. Sirva también como ejemplo de lo que queremos decir los bastonazos que descargó sobre el escritor gallego Ramón de Valle-Inclán el periodista Manuel Bueno a consecuencia de los cuales tuvieron que amputarle el brazo.
Pero no pasa nada. En un mundo tan dado a la vanidad como es el literario, no extraña que haya autores que se complazcan en las críticas y vapuleos, sobre todo si la bofetada procede de un nobel o de un “cervantes”. Tener grandes enemigos seguramente complace su ego. Puestos a morir atropellados por un coche que sea por un “ferrari”.
Incluso los hay que presumen de sus heridas de guerra como el susodicho Ramón de Valle-Inclán que quiso glorificar la pelea rufianesca y canalla habida en el madrileño café de la Montaña para elevarla al altar de los duelos de honor. Menos mal que hubo testigos presenciales de la reyerta, como Jacinto Benavente, que le bajaban de las nubes y le repetían: “Ramón, Ramón, que no fue en Lepanto”.
Y es que al fin y al cabo los insultos literarios y el “navajeo” entre los letraheridos se reduce a un problema de resentimiento y de vanidad.
Ya lo dice el Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.



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