In nomine Patris

(30/11/2013) Las preguntas se pierden en la noche de los tiempos. ¿He sido buen padre?, ¿eduqué bien a mis hijos?, ¿hice en su momento lo que había que hacer?… Desde el “homo antecessor” hasta el “homo tecnologicus” siempre las mismas cuestiones. Y no hay respuesta. No la hay porque aunque sabemos cómo nos salió la criatura al actuar de aquella forma o tomando aquellas medidas, nunca sabremos cómo habría sido el angelito si nuestra pedagogía hubiese sido otra. Nunca.

Es igual que preguntarse cómo sería el mundo si un día de noviembre del 63 el presidente del país más poderoso del mundo no hubiera pisado Dallas. Inútil debate. Enorme pérdida de tiempo.

Pero la duda y la pregunta sin respuesta siguen martilleando la mente de todo el mundo. Y aunque no sirvan para tener las cosas claras pueden servir, al menos, para ganar un premio importante, una Espiga de Oro, por ejemplo. Basta con que lleves la cuestión a un festival que se llama Seminci y que conectes con un público que se plantea los mismos interrogantes.

Le sucedió a Yoji Yamada con la película Una familia de Tokio (Tokio Kazozu) ganadora en el último festival de cine celebrado en Valladolid y le pasó a Hirokazu Kore-Eda que se llevó el Premio del Jurado en Cannes con su película De tal padre, tal hijo.

En la primera, el director vuelve a las andadas del conflicto generacional que ya planteó el cine japonés en Cuentos de Tokio -considerada por muchos realizadores como la mejor película de todos los tiempos-, y en la segunda a la pregunta que todo el mundo se hace en estos tiempos de cambio de modelo familiar, ¿pesa más el afecto del padre que adopta o el lazo biológico con el hijo engendrado?

Sin ser nipones ni excelentes cineastas nuestros abuelos eran mucho más concluyentes. Si la criatura y el padre se parecían como dos gotas de agua sentenciaban con un “de tal palo tal astilla” y todos tan contentos; ¿que no había parecido? pues le calificaban de “oveja negra” y se acabó. “Hay una oveja negra en la familia”, decían. Y nadie se cuestionaba el por qué.

Era la sabiduría popular, tan vieja como el mundo, tan sentenciosa, tan inapelable.

Pero nos hicimos modernos y comenzamos a cuestionarnos lo imposible ¿de quién proceden las “ovejas negras”?, ¿a qué tipo de palo pertenecen tales astillas?

Y dedicamos nuestro escaso tiempo a sesudos estudios científicos, que si la herencia, que si el ambiente,… Que si padres autoritarios o permisivos, que si familias tradicionales o modernas. Y en esas estamos, haciéndonos preguntas sobre cómo con padres así han salido tales retoños.

Mucho me temo que mientras divagamos sobre el entuerto de los parecidos un tatarabuelo del tatarabuelo por línea materna -o paterna ¡qué más da!- se está desternillando de risa en su tumba. El muy canalla.

“La película surge de mis dudas y experiencias como padre” se sincera Hirokazu.

Dudas razonables que a todos nos asaltan como asaltaron hace años a E.M. Delafield, novelista británica que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y que en su “Diario de una dama de provincias” -editado recientemente por Libros de Asteroide- constata cómo los niños huérfanos, los desatendidos por los padres y los que carecen de modelo paterno muestran, a veces, mejor presencia y equilibrio emocional que los otros.

Misterios a los que no es ajena la historia. Basta con comparar los vástagos bastardos con los legítimos en la realeza o en cualquier clase social para sacar todo tipo de conclusiones. Sobre todo las que busca el investigador, que una tesis doctoral es aquella en la que se termina demostrando lo que el investigador se propuso demostrar. Faltaría más.

En los tiempos que corren de paternidad planificada y “a la carta” y con adopciones a gusto del consumidor es normal que surjan preguntas impensables hace años. ¿Pesa más lo ambiental o lo genético?, ¿pesa más la unión biológica o la afectiva del padre que adopta?

Enorme variabilidad a la que habría que añadir los nuevos tipos de familia que van surgiendo como setas en otoño: familia nuclear, familia extensa, familia monoparental, familia homoparental, familia de padres separados, familia de madre soltera, familia de padre soltero (que adopta)… La cosa se complica si añadimos otras variables. Por ejemplo: familia de madre soltera adolescente, de madre soltera joven, de madre soltera adulta…

Ante tal embrollo, permítanme que me persigne “en el nombre del Padre y del hijo…” y que termine el enredo con una frase de Michael Levine “tener hijos no lo convierten a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista”. ¿Se han aclarado? Si la respuesta es no, hagan una película e intenten optar a un premio.



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