Hermanos de Lecce

hermanamientoss

(10/12/2019) Sí. Ha leído bien. Hermanos de Lecce. No es ninguna errata. Los vallisoletanos son hermanos de los leccesi desde hace bastante tiempo. Desde que la corporación municipal eligió a Lecce como una de las ciudades hermanadas. Otra cosa es que muchos de ellos ignoren dónde está Lecce o que ni siquiera sepan que se trata de una ciudad.

 Uno, que es un optimista irredento, siempre pensó que lo del hermanamiento entre ciudades respondía a unas ansias indomables de confraternidad, a unos anhelos de estrechar lazos con aquellos que viven en otros lugares, a unos deseos de hacer el amor y no la guerra como decían las pancartas en los años sesenta.

 Y lo ha pensado siempre porque el hermanamiento, que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, era un loable intento de lograr la paz entre los pueblos compartiendo experiencias, estrechando relaciones, hermanando ciudades que se habían masacrado entre ellas en un odio apocalíptico.

 Pero llevo tiempo profundizando en el asunto y cuanto más lo hago más compruebo que las nubes del escepticismo siembran y siembran dudas sobre mis viejas creencias.

 Porque, para empezar, uno no termina de entender que la mayoría de las ciudades estén hermanadas con otras situadas muy lejos de sus coordenadas geográficas, mientras que apenas se encuentra con poblaciones que estrechen lazos con otras más cercanas.

 O sea, que no entiende que Bilbao, por poner un ejemplo, se halle hermanada con Buenos Aires (Argentina), Monterrey (México), Pittsburgh (Estados Unidos), Qingdao (China), Tiflis (Georgia), Burdeos (Francia), Medellín (Colombia), Rosario (Argentina) y San Andrés de Besós (España) y no lo haya hecho con Vitoria, tan próxima geográfica y culturalmente. O que ésta, a su vez, se halle hermanada con Kutaisi (Georgia), Angulema (Francia), La Güera (República Árabe Saharaui Democrática), Kogo (Guinea Ecuatorial), Vitoria (Isla situada en el medio de una bahía en Brasil), Anaheim (Estados Unidos) y Victoria (Estados Unidos) y no con Bilbao o con Burgos.

  Es como si el amor fraterno, el llevarse bien, el buen rollito que diría un moderno, tuviera que ver con la distancia, como si la lejanía fuera condición sine qua non para lograr la deseable confraternidad entre los pueblos.

 Y entonces a uno le viene a la memoria aquello de la primera carta de San Juan “quién no ama a su hermano a quien ve, cómo puede amar a Dios a quien no ve” y las dudas, la incredulidad y el escepticismo del que les hablé más arriba, vuelven como espadas a cercenar su optimismo.

  En estas andaba cuando me entero de que la ciudad en la que vivo, Valladolid, tras compartir hermanamiento con ciudades como Morella (México), Orlando (Estados Unidos), Lille (Francia), Florencia (Italia) y Lecce (como les dije) y protocolos de amistad firmados con Ahmedabad (India) y Guadalajara (México), acaba de hermanarse con el estado mejicano de Guanajuato.

 Y todo esto estaría muy bien si uno no echara de menos hermanamientos con ciudades como Zamora, Salamanca, Soria o León, ciudad esta última con la que mantiene desavenencias y desencuentros desde hace tiempo y que sus políticos y regidores (que son quienes lo han creado) no saben cómo resolver.

 Porque la guerra (y el amor) se da entre los próximos, entre vecinos. Y el hermanamiento, como mensaje de paz, habría que trabajarlo con los cercanos que son siempre los más proclives a llegar a las manos.

Goya, el pintor que reflejó como pocos la condición humana lo dejó bien claro en su “Duelo a garrotazos”. Dos hombres, próximos uno al otro (tan próximos que no pueden separarse aunque quieran), empantanados en un odio ancestral, se arrean garrotazos sin tregua hasta que uno de los dos muerda el barro. “Matarte he o matarme has” parecen decirse como aquellos soldados del medievo que blandían sus espadas en el cuerpo a cuerpo.

 -Cuando yo era niño -me dice Pedro- quedábamos en la raya con los del pueblo de al lado para batirnos a pedradas. Luego nos hermanábamos a nuestra manera: uno de los escalabrados de aquel pueblo se casó con mi hermana.

 Pues eso, que sigamos el ejemplo del pueblo de Pedro y se hermanen Pinto con Valdemoro, Barcelona con Madrid, Cataluña con Aragón, España con Portugal, Europa con Asia… En ese orden si puede ser. Una vez hecho, y solo entonces, que continúen con África y América hasta llegar, si es necesario, a las Antípodas.



Los comentarios están cerrados.