Guías turísticos

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(28/10/2007) Se fue el verano con sus vacaciones de sol y playa y llegan, con el otoño, los “puentes” del Pilar, de los Santos y  el de la Constitución con sus atascos infernales, sus “tráficos” -así llaman en los hospitales a los ingresados por accidente en carretera- y sus visitas masivas a monumentos más o menos próximos a la geografía de cada cual.

Monumentos  y museos en los que un buen número de trabajadores se encargan de que todo funcione a la perfección en pro de nuestro incremento cultural tan empobrecido, ¡ay!, por LODES, LOGSES y demás leyes educativas del reino. Y entre estos trabajadores de la cultura un oficio brilla con luz propia: el de guía turístico.
Oficio que, a mi humilde entender, es duro e ingrato -que no hay nada peor que trabajar donde los demás se divierten- y al que voy valorando a medida que mis visitas culturales se multiplican con el correr de los años.
Reconozco que siempre he sido un observador perspicaz de los guías que  he encontrado en mis visitas a los distintos lugares y que incluso he llegado a hacer una clasificación sobre el comportamiento de los personajes dedicados a tan didáctica e impagable tarea.
Parto de la base de que no debería extrañarnos el hecho de que de tanto explicar el mismo itinerario turístico durante años y años algunos tengan una “deformación profesional” muy marcada en lo que se refiere al trato con los clientes y a su forma de expresarse.
Deformación,  por lo demás, extensible a todos los oficios a nada que uno se ponga a observar los gestos y expresiones  de sus operarios.
Que ya lo dijo León Felipe,: “Para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve menos un sepulturero”.
Así, es fácil encontrarse con guías que repiten su repertorio con la declamación y salero con el que en nuestra tierna infancia canturreábamos la Tabla de Multiplicar mientras mirábamos distraídos la “monotonía de lluvia tras los cristales”. O sea que aburren hasta las piedras ya sean góticas, barrocas o románicas.
También con aquellos que dan  a sus formas de dirigirse al público un aire paternalista como si todos fuéramos tiernos escolares guiados por su “profe” en una de tantas visitas didácticas para la asignatura de Conocimiento del Medio. Otros, en fin, adquieren un aire tan cómico y desenfadado con su clientela que es abrir la boca y producir en sus oyentes la hilaridad más despiadada – y digo lo de despiadada porque ellos terminan sintiéndose molestos con las algarabías y chanzas que voluntariamente han provocado-. Hay algunos que dan a su recorrido un aire militar con órdenes tajantes y movimientos rápidos que más se parecen a una disciplina austriaca que a una visita cultural al uso. Están, en fin, los profesionales que han salido en la última hornada del ministerio o consejería cultural de turno y que aún no han maleado ni el tiempo ni los turistas. Estos, parcos y timoratos, ciñen  sus explicaciones al itinerario marcado y a las frases aprendidas sin hacer concesiones a ningún tipo de pregunta de sus oyentes, por si acaso.
Ni que decir tiene  que hay guías que reúnen todas o casi todas las características arriba apuntadas hasta el punto que uno llega a aconsejar a sus amigos la visita a tal o cual monasterio o iglesia, no por la belleza arquitectónica de su estructura, sino por la singularidad del guía que la enseña. Son Guías cuyas “hazañas” corren de boca en boca y que llegan a tener más atractivo mediático que una pintura de Velásquez, por ejemplo.
Reconozco que siempre fui bastante crítico con los guías y sus manías y repertorios desmedidos.
Pero últimamente he cambiado mis apreciaciones, o, como diría un moderno, estoy en otra onda. He llegado incluso a comprenderlos y a valorarlos tras analizar a la clientela a la que han de enfrentarse cada mañana y cada tarde un día sí y otro también.
Entre estos se hallan por un lado los, llamémoslos así, para entendernos,  sabihondos de turno. Hombres y mujeres que saben al parecer más que el propio guía sobre el tema en cuestión interviniendo hasta el cansancio en cualquiera de los momentos de la explicación. Personajes que parecen haber acudido a la visita guiada con el único pretexto de oírse.
Son esos sujetos que se miran cada mañana en el espejo sin poder evitar que brote de sus labios un “encantado de conocerte”.
Están por supuesto los patosos y remolones que no hay manera de arrancarles de su ensimismamiento ante cualquier objeto, por insignificante que sea, y que  retrasan la marcha de todo el grupo, siempre a la espera de su llegada para continuar la visita.
Entre estos se hallan los que armados de una cámara digital, hacen de la visita un recorrido virtual ajeno a todo lo que no sea el visor de su máquina sin plantearse, ni un momento, ver las maravillas que el guía les muestra con sus propios ojos.
Una versión de estos últimos son los amantes de la fotografía clásica -la de toda la vida- que pensando más en su hermosa colección de fotos que en la perdurabilidad de las obras museísticas hacen caso omiso a las prohibiciones del guía sobre la utilización de los flashes,  hiriendo con sus constantes disparos el cromatismo de las pinturas.
Maleducados y soberbios tirotean por doquier sus fogonazos como si ellos fueran los últimos habitantes del planeta tierra con derecho a pernada.
Pero, de todos, son quizás los que acuden con niños ya crecidos los que más deben de preocupar al sufrido guía turístico.
Sabedores, como todos sabemos, de que la infancia se ha convertido en la edad de la permisividad y la “malcrianza” sin que nadie se atreva a poner límites a sus impulsos primarios -a ver quién es el arriesgado que osa dirigirse a los tiernos párvulos para reprocharles sus carreras por  pasillos repletos de cerámica romana, sus empujones y correrías por entre las vajillas reales o sus gritos clamando a la mamá que se aburren y que quieren abandonar la visita- el paciente guía tiene que sacarse de la manga todo un manual de pedagogía y buenas maneras para no sucumbir al embate de la muchachada consentida.
Guías hay -aunque son, lástima, los menos- que saliéndose de lo “políticamente correcto” en estos casos  -sonrisas a los papás para que intervengan de una maldita vez- se atreven a amenazar a los más insoportables de los infantes, ante el aplauso contenido del resto de los oyentes. Entre estos hallé en mi última visita a uno que se atrevió a amenazar a la insoportable muchachada con meterles en el “cuarto de los ratones”.
Todos reímos su atrevimiento y su lenguaje sacado de cuando la prehistoria, pero, al final, los mocosos se callaron y todos agradecimos por unos momentos que alguien se atreviera a meter en cintura a los pequeños e insoportables tiranos.

Lo dicho. Los guías tienen bien merecido su salario. ¡Vaya que sí!



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