Gabriel y Galán, el ausente.

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(20/01/2017) “El ama” estaba en la Enciclopedia Álvarez, aquella Tablet(a) que contenía todo el saber de nuestra infancia. Pero yo lo aprendí de boca de mi padre que lo sabía de memoria y nos lo recitaba en las largas noches de invierno alimentadas con  lumbre de garrobaza.

Yo aprendí en el hogar en qué se funda/ la dicha más perfecta/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era”.

Hoy, cuando las palabras han perdido el ritmo de los tiempos tras enfrentarse a lo políticamente correcto y perder, -ya nadie dice “ama” o “criada” sino eufemismos como “la señora” o “la que me cuida”- pocos son los que recuerdan que hubo un poema que llevaba por título “El ama” y menos aun los que comprenden los viejos valores que esconden sus versos: la tradición, el amor a la patria, la honradez, el trabajo, la discreción, la virtud, la familia…

El pasado seis de Enero se cumplieron ciento doce años de la muerte de Gabriel y Galán y como veo que el Google no nos lo ha recordado, inmerso como está en la cultura anglosajona, me permito reseñarlo para que todo el mundo lo sepa.

Gabriel y Galán el poeta de mi infancia, omnipresente en los hogares de la España de la postguerra, sigue siendo el gran olvidado de las antologías poéticas, el gran ausente.

Por eso estaría bien recordar que un tal Miguel de Unamuno admiraba al poeta y, sobre todo, su poema “El  Cristu benditu” por considerarlo pieza excelente; o que el mismo Borges recitó, de memoria, “El ama” al escritor Santiago Castelo, tras comunicarle “la aprendí de memoria, sabe usted, allá en la Argentina, cuando era niño”.

 Repasando sus poemas me he topado con “Mi vaquerillo” y tengo que confesarles que, profundamente conmovido, no he podido leerlo. Las emociones hondas que me produce su lectura y que tanto me recuerdan a mi padre, me impiden hacerlo. Es como si profanara su voz, la cadencia de su recitar, el pulso de su métrica, el sentir de su declamación…Y las lágrimas terminan cegando mi lectura.

He dormido esta noche en el monte/ con el niño que cuida mis vacas./ En el valle tendió para ambos/ el rapaz su raquítica manta”…

Muchos aprendimos a leer con El Capitán Trueno o con El Jabato, como ya comenté en otro artículo, pero con Gabriel y Galán aprendimos el valor de la lírica. Todos con Gabriel y Galán nos hicimos un poco poetas.

 Valorado por los críticos de su tiempo, amigo de Joan Maragall, Emilia Pardo Bazán o Miguel de Unamuno, su poesía gozó del favor de la gente del pueblo e influyó en autores como Gerardo Diego, Antonio Machado o el mismo Miguel Hernández.

Extraña por ello que, tras su muerte, la crítica haya denostado su trabajo basándose, sobre todo, en su ideología conservadora, como si el talento tuviera algo que ver con la ideas de cada cual.

Se trata de gente sectaria e ignorante que confunden la tradición con el aburguesamiento y la carcunda, presta a levantar el garrote de la envidia contra todo el que no comulga con sus ideas.

 Defensor de las Hurdes mucho antes de que se rodara “Tierra sin pan” -lean “La jurdana” o “A su majestad el Rey”-, amante del campo y de la naturaleza, antes de que irrumpiera el ecologismo, referente para quienes han cultivado la poesía en dialecto extremeño, defensor de las reformas sociales y denunciador de injusticias -“El embargo”, “A su majestad el Rey”-, Gabriel y Galán y su poesía exigen un trato justo y acorde con su trascendencia.

 Autor sencillo, cercano, profundamente didáctico y moralizante, Gabriel y Galán debe ser protegido de los prejuicios con los que algunos se acercan a su poesía sin saber, que tras su defensa del campo y de la tradición, se esconde un autor moderno que trata de trasmitirnos vivencias y sentimientos.

Los versos de Gabriel y Galán emanan de la esencia tradicional, penetrante como un perfume antiguo”, dijo doña Emilia Pardo Bazán. Pero también emanan una dolencia social, como también reconoció la gallega. Un grito de socorro como el que lanzó al rey Alfonso XIII con motivo de su viaje a Salamanca en 1904:

Señor: en tierras hermanas/ de estas tierras castellanas/ no viven vida de humanos/ nuestros míseros hermanos/ de las montañas hurdanas/ (….) Hasta este monte eminente/ donde rimo mis cantares/ sube famélica gente/ que mis modestos manjares/ devora violentamente”…



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