Franz Liszt cumple 200 años

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(10/11/2011) Aunque suene a blasfemia. Hay genios cuya peripecia vital está por encima de su obra artística. Hombres que se doctoraron en un único arte: vivir.

Piensen en el músico Franz Liszt de cuyo nacimiento hemos conmemorado, hace apenas unas semanas, el bicentenario y que paseó su buena planta por este mundo desde 1811 hasta 1886, y comprenderán lo que he querido decirles. Si ustedes restan bien, vivió 75 años -74, para ser más exactos, pues murió en el mes de julio-. Años que, bien mirados, no son tantos, pero que si se asoman a su intensa biografía resulta que más parece que viviera los 200 que celebramos el pasado 22 de octubre.
Vida de película que devora la que tuvo como genial intérprete o como compositor o como director de orquesta o como lo que fuera. Que todas esas cosas y otras, ¡hasta fraile!, fue el genio húngaro. Aunque lo que de verdad, de verdad fue, fue un vividor.
Al final, es su vida, su alocada peripecia vital, la que arroja una luz tan cegadora que oscurece la visión del artista, del músico. ¡Pobres melómanos!
Si la intensidad vital de cualquier persona se redujera a las coordenadas del número de itinerarios recorridos por estos mundos de Dios y al de amores gozados y sufridos, Liszt podría figurar entre los campeones en el difícil arte de vivir más vidas que un gato.
Viajero incansable como concertista de piano, paseó su arte por ciudades de medio mundo -incluyendo algunas españolas- recibiendo, de un público siempre entregado, todo tipo de parabienes, aplausos y dádivas.
Se calcula -ya saben que hay gente “pa to” también para cálculos imposibles- que en los años sesenta y setenta del siglo XIX viajó unos 6.500 kilómetros por año, en lo que el mismo Liszt llamó su “triple vida” -trifurquée vie-.
Amante no menos incansable, por sus brazos pasaron baronesas, condesas, bailarinas,…y otras féminas. Como Lola Montez, mujer que sorbió a grandes tragos la vida antes de entregarse a la muerte a los 39 años.
Si algo se le puede achacar a Liszt es que no se enamorara, precisamente, de campesinas o de criadas. Y, si no, que se lo pregunten además de a Lola Montez a Marie de Flavigny, condesa de Agoult, a Carolyne Ivanowska, princesa de Sayn Wittgenstein, a Carolina de Saint-Crick, hija del ministro de comercio de Carlos X,…
No extraña que Ken Russell en Lisztomanía llevara su vida al cine en 1975. Y que antes, en 1955, apareciera su nombre en la película francesa “Lola Montès” del director Max Ophüls. También en 1960, en “Sueño de amor” (Song Without End) dirigida por Charles Vidor y George Cukor, Liszt es encarnado por un flamante Dirk Bogarde.
Cautivador, irresistible y con una personalidad llena de magnetismo, sus guantes de terciopelo y sus pañuelos de seda eran cotizados con delirio por sus seguidoras que no dudaban en arrojarle sus prendas más íntimas al escuchar sus conciertos.
Tras la muerte de sus hijos Daniel y Blandina, en la década de los sesenta, se retira al monasterio de la Virgen del Rosario, en la ermita de Monte Mario, afueras de Roma, e ingresa en la orden franciscana recibiendo la tonsura, las cuatro órdenes menores y el título de abate. Don Juan Tenorio convertido en fraile. Como ven, de película.
Tras lo dicho podemos hablar del gran innovador de la técnica del piano, del creador del poema sinfónico, del revolucionario del cromatismo y la armonía musical, del generoso mecenas y gran pedagogo musical. De lo que quieran. Pero siempre volveremos al gran poema sinfónico que fue la propia vida del autor. De Franz Liszt.
¡Feliz 200 cumpleaños, Liszt!



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