Eticus

eticus

(28/12/2012) La noticia se extendió como un temblor. Desde el redactor jefe hasta el último de los becarios una preocupación in crecendo a punto de precipitarse en la desesperación, anidaba desde las últimas horas.

Era ya demasiado el tiempo transcurrido  sin encontrar noticia que llevarse a la boca. Excesivo el ir y venir a cualquier parte sin nada que contar. Nada importante. Se entiende. Era el fin de una época. El fin del mundo. De su mundo.

Ni matanzas masivas, ni violaciones múltiples, ni crímenes contra la humanidad, ni conflictos étnicos, ni asesinatos de escolares, ni corrupción política, ni hecatombes financieras…

Se veía venir. Los últimos meses habían transcurrido sin sobresaltos mediáticos –apenas algo de violencia de género, alguna malversación pública en una aldea sin importancia, vagas peleas entre reclusos en cárceles tercermundistas- y las alarmas comenzaron a sonar.

Habían recurrido a los programación vespertina, a los llamados programas del corazón donde un grupo de tertulianas vendían su última menstruación en un desesperado afán de captar audiencia, pero la dirección del programa les habló de despidos y de ERES, del inmediato cierre ante la impotencia de satisfacer a un público que llevaba tiempo demandando otra cosa.

-Quien manda es la audiencia –le espetó el director del programa para zanjar el asunto.

Tampoco los periódicos sensacionalistas tenían tajada que llevarse a la boca, y menos para compartir. La aristocracia y el “famoseo” aunque pretendían seguir viviendo de las rentas de bodas y divorcios, ya no encontraban lacayos que comprasen sus vidas, sus lujos y sus miserias, como antaño.

Y los periódicos deportivos que antes traficaban a buen saldo con la rivalidad enconada y furiosa de los grandes de la liga –teñida en ocasiones con el color sangre de la política- hacía tiempo que se dedicaban a equipos modestos, insistiendo en la importancia y los méritos de la deportividad, en las bondades del buen arbitraje, en la necesidad de respetar al contrario.

Pero, ¿qué había pasado?

Algo muy sencillo y revolucionario a la vez.

La campaña montada en las redes sociales de todo el mundo por un líder que respondía por eticus , escondido en algún lugar ultra-secreto de las montañas del Peloponeso, estaba trastornando el orden de las cosas desde hacía ya una década.

Aquel personaje, buscado por grupos paramilitares de todos los gobiernos del orbe, aquel revolucionario de la moral, seguía predicando un nuevo orden basado, decía, en un “hombre nuevo” que estaba calando como el agua cuando cae en el barbecho tras meses de sequía.

Mientras acariciaba la pistola que guardaba en el cajón de su escritorio, el redactor jefe pensó que había que hacer algo para salir del paso. Había que llenar como fuera el noticiario de la noche que se prolongaría durante  media hora.

Algo, pero ¿qué?

Fue entonces cuando llamó a los reporteros especializados en distintas temáticas, y que se hallaban en los lugares donde tradicionalmente se cocían las noticias: juzgados, comisarías de policía, estrados políticos, tanatorios, cárceles, estudios de televisión…, para que acudieran a su despacho. En tono escueto pero con la firmeza que otorga la autoridad les urgió a que fueran cambiando el chip, y que corrieran tras la noticia como siempre, pero de la noticia que se escondía en lugares anónimos e ignorados hasta entonces por el gran público: la escuela, el hospital, el taller, la fábrica, el hogar…

No quedaba otro remedio, sentenció ante aquellos que no entendían el brusco giro dado por el equipo directivo de los noticiarios, había que cambiar la tradicional forma de hacer las cosas.

Y los reporteros, obedientes como un ejército de esclavos, iniciaron la grabación de anónimos profesores entregados a su aburrido trabajo en las aulas, de doctores laboriosos operando en los quirófanos como venían haciendo desde tiempo inmemorial, de trabajadores que se ganaba el jornal en  fábricas del extrarradio, de labradores que acudían a la siembra de sus terruños, de ancianos que descansaban su vejez en los bancos que les había puesto el ayuntamiento en cualquier parque.

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Cuando despertó, el calendario todavía estaba allí. Era un 28 de diciembre.



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