Espías de libro

espía

(20/07/2016) El peso de la imagen (sobre todo la cinematográfica) nos hace ver a los espías como hombres musculosos y de buen ver, sin otro objetivo vital que el de lanzarse a recabar o proteger información sensible y, ya puestos, dedicados a actividades amatorias y culinarias. Poco más.

 Sin embargo si dejamos el mundo engañoso de la pantalla y nos adentramos en el de la realidad comprobamos que el buen espía ha sido, y es, aquel que ha estado dotado de una enorme capacidad intelectual que le permite, además de ser un buen agente, destacar en otros campos del saber.

Han sido tantos, que el tema de los espías ilustrados podría dar para dos o más artículos. Me ceñiré, sin embargo, en éste,  a dos importantes agentes españoles, dos ilustrados que ejercieron también como espías. O al revés, dos espías que resultaron también ser grandes ilustrados.

 Uno de ellos, Antonio Camazón (Valladolid, 1901) fue un importante criptógrafo que ayudó a descifrar la máquina enigma -mecanismo de cifrado rotatorio- y que tanta importancia tendría en el devenir de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando todos los méritos del descifrado se le conceden a Alan Turing -muchos habrán visto “Descifrado enigma” y comprobado la importancia del criptógrafo británico, considerado precursor de la informática- resulta que la descodificación fue una labor de equipo en la que participó el español Faustino Antonio Camazón Valentín.  Así nos lo cuenta Javier García Blanco en un artículo publicado recientemente en la revista “Historia de Iberia Vieja”.

Pero Camazón no se dedicó solamente a labores criptográficas sino que fue un importante coleccionista de libros, reuniendo un catálogo con escritos en más de ciento cincuenta lenguas -del acadio al zulú, entre otros- que conforman la “biblioteca del espía” (más de 800 libros) adquirida a la muerte de Camazón (Jaca, 1982) por la Universidad de Zaragoza y que proporciona gran información sobre encuadernaciones, ilustraciones, tipografías, editoriales y librerías.

También impartió conferencias, como la dada en la Sorbona en 1952 bajo el título de “Miguel de Cervantes Saavedra, primer estudio psicoanalítico”, cuyo original (¡quién lo tuviera!) incluye dibujos del Manco de Lepanto realizados por el mismo Camazón.

Otro ilustrado espía fue el marino español Jorge Juan. El científico-humanista (dos adjetivos que ya no se llevan, por desgracia) Jorge Juan y Santacilia (1713-1773), estudió en la Academia de Guardias Marinas de Cádiz donde se formó en estudios técnicos y científicos y en clases de dibujo, música y danza (una programación imposible de hallar hoy día en los centros de enseñanza donde las humanidades están perseguidas) y contribuyó a la medición del meridiano terrestre y a la demostración del achatamiento de la Tierra en los Polos.

Además de la medición del meridiano, junto con Antonio de Ulloa y el francés Louis Gordin, dirigió una expedición a la costa de California para calcular el paralaje del Sol, es decir la distancia exacta entre el Sol y la Tierra. Medición que se llevó a cabo con éxito.

También escribió libros como “Compendio de navegación”, “Examen marítimo teórico-práctico” y “Estado de la astronomía en Europa”.

Captado por el Marqués de la Ensenada -ministro preocupado por el atraso marítimo español en la primera mitad del siglo XVIII- fue enviado a Londres, en embajada secreta, con el fin de recabar información sobre las construcciones navales inglesas. Bajo el falso nombre de Mr. Josues, recabó y envió información cifrada sobre las técnicas navales que se estaban desarrollando en la isla y que en pocos años volvieron a poner a la marina española entre las mejores del mundo.

En una España  en la que se persigue a quienes se interesan por la historia, donde las humanidades se han metido en el cajón de los recuerdos y donde ningún cineasta se atreve con la historia de los hombres ilustres porque es más rentable ofrecer productos ligeros y banales, el ejemplo de hombres como Camazón o Jorge Juan, alivia y consuela.

Mientras hay países que hacen películas sobre sus reyes (“El discurso del rey”) o sobre sus científicos (“Descifrado enigma”) aquí nos entregamos animosos y felices a bodrios televisivos para quejarnos a continuación del estado cultural del país.

La batalla por la propaganda que perdimos desde que apareció la imprenta y que devino en lo que se ha llamado la “leyenda negra”, la seguimos perdiendo cinco siglos después.

Ya lo decía Machado cuando escribió aquellos versos:

“…envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora. ¿Espera, duerme o sueña?”.



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