Errores de libro

lapsus

(10/2/2014) Mientras me sumerjo en las galeradas de mi próxima publicación compruebo asustado lo fácil que es caer en el lapsus calami -errata o gazapo, dicen también-, ese tropiezo que acecha al escritor desaprensivo cual hambrienta leona a incauto cervatillo.

Las erratas o gazapos llaman a la puerta del escrito de forma callada y traicionera, sin que te des cuenta. Digamos que se presentan con nocturnidad y alevosía.

Y es que estaba yo en mi novela del XVIII poniendo metros y decámetros por doquier hasta que, ¡oh cielos!, caí en la cuenta de que por entonces quienes se dedicaban al polémico oficio de medir lo hacían en varas de Burgos o varas castellanas. A punto estuve de caer en el lapsus, como les dije.

De estos lapsus calami, es decir, de estos errores de pluma que el vulgo ha bautizado como “meteduras de pata”, no se han librado ni los autores que habitan el parnaso de la literatura y ya son muchos los que se dedican a la fatigosa e inservible tarea de salir a cazar erratas en el espeso bosque de cualquier publicación. ¡Qué le vamos a hacer! A otros les da por morder persianas.

El literato austriaco Max Sengel, por ejemplo, nos ilustra en su Museo de errores con perlas como las que siguen:

«¡Pobre María! Cada vez que percibe el ruido de un caballo que se acerca, está segura de que soy yo» (El duque de Monbazon, de François-René de Chateaubriand).

«El duque apareció seguido de su séquito, que iba delante» (Cartas de mi molino, de Alphonse Daudet).

«Con las manos cruzadas sobre la espalda, paseábase Enrique por el jardín, leyendo la novela de su amigo» (El día fatal, de J.H. Rosny).

«El cadáver esperaba, silencioso, la autopsia» (El favorito de la suerte, de Octave Feuillet).

«Guillermo no pensaba que el corazón pudiera servir para algo más que para la respiración» (La muerte, de Argibachev).

«-Empiezo a ver mal -dijo la pobre ciega» (Beatriz, de Balzac).

……

Se trata, en cualquier caso, de tropiezos involuntarios que tienen la virtud de poner la vanidad de tantos escritores a niveles pedestres o, si ustedes lo prefieren, a la altura del betún. Algo es algo.

Alguien como William Shakespeare tampoco estuvo libre de tamaño desaguisado demostrando que es de sabios el equivocarse.

Entre los errores del bardo figuran anacronismos -situar fuera del tiempo histórico determinados objetos- tan deplorables como introducir las campanadas de un reloj en “Julio César”, unas gafas en “El Rey Lear” o un cañón en “Hamlet”.

Anacronismos aparte, está también el tema de los anatropismos -acciones puestas fuera de lugar- , errores en los que caen muchos escritores a nada que se mire con lupa en sus escritos. El mismo Shakespeare comete el error de permitir que un barco atraque en la región de Bohemia, lugar en el que transcurre su “Cuento de invierno”, cuando esta región ni está ni estuvo nunca bañada por el mar. Tampoco pudo el Duque Próspero en “La tempestad” partir en barco desde Milán. Vean un mapa y comprueben lo imposible del asunto.

Y si esto le pasó a uno de los más grandes imaginen lo que les puede suceder a los demás.

Dan Brown en “El código da Vinci” nos ilustra con una Andorra que pertenece a España y con unos monjes que son del Opus Dei; y Zoé Valdés en “Lobas de mar” menciona la ciudad cubana de Cienfuegos en una trama que transcurre entre 1690 y 1720, olvidando que Cienfuegos se fundó en 1819.

Visto lo visto la humildad debería llamar a las puertas de los escritores y encontrar en ellos la necesaria hospitalidad. Porque podría pasarles lo que a James Fenimore Cooper autor de El último mohicano cuya primera novela, Precaution, nació de una apuesta con su mujer de que él escribiría algo mejor que el pésimo libro que ella leía.

Tanta arrogancia no le libró de que años más tarde Mark Twain escribiera Los errores literarios de Fenimore Cooper. Que donde las dan, las toman.

Mejor ser prudente y nunca decir de esta agua no beberé. Como hizo el gran Víctor Hugo que tras dedicar mucho tiempo de su vida a estudiar a Shakespeare y ver que había errores de bulto en su obra, como se dijo, escribió:

“Soy un gran admirador de las equivocaciones de Shakespeare”. Pues eso.



Deja un comentario