En el nombre del gato, y del perro…

mascota

(20/12/2016) Que las mascotas dicen mucho sobre el carácter de sus dueños es opinión generalizada y compartida. Dime la mascota que tienes y te diré quién eres.

Siendo cierto lo anterior, hay un detalle que escapa a los estudiosos de las afinidades dueño-mascota y es que, siendo importante las mascotas que acompañan a cada vecino, lo es aún más el nombre con el que se las “bautiza”.

Porque los nombres que llevan los animales de compañía dicen mucho sobre sus dueños. Más que el aspecto, la personalidad o el comportamiento de la mascota, esos nombres reflejan el alma de sus propietarios.

Mi madre, nonagenaria, que recuerda perfectamente lo que ocurría hace más de ochenta años, me dice que sus tíos tenían un perro que se llamaba “nisesabe”.

Eran años en los que los pueblos estaban llenos de perros que callejeaban con o sin amo, formando parte del paisaje y del paisanaje, como las mulas, los bueyes o los gatos. “Nisesabe” era, en aquellas circunstancias, el nombre más apropiado para un animal al que nadie prestaba la menor atención. Años en los que un perro era un chucho y un gato un minino, sin que necesitaran nombres  que los singularizaran. “¡Quita, chucho!”, le gritaban cuando el animal ponía sus patas delanteras sobre las rodillas de amos y criados suplicando algún hueso.

Hoy, todas las mascotas lucen su nombre y, como arriba apunté, ese apelativo dice mucho sobre la personalidad de sus amos.

¿Le sorprende a alguien que Sartre, el filósofo existencialista autor de “El ser y la nada”, tuviera una gata a la que llamaba “nada” (“rien”)?

 ¿Y qué decir de Arthur Schopenhauer, el filósofo que luchó por la defensa de los animales y que cuando quería insultar a su perro le llamaba “¡hombre!”?

 Pero si hay alguien que ha puesto nombres inteligentes a sus mascotas, ese es Carlos Monsiváis, el escritor mexicano que fue, entre otras cosas, integrante de la Asociación civil Gatos Olvidados y dueño de veinte felinos con los que convivió. Vean los nombres e imagínense a los gatos (no hay que hacer mucho esfuerzo): Miss Oginia, Voto de Castidad, Miss Antropía, Miau Tse Tung, Peligro para México, Eva Sión y -sorpréndanse si aún no lo están- Carmelita Romero Rubio de Díaz…

 Visto lo visto, ¿alguien necesita aún estudiar la biografía de Monsiváis para entender al personaje?, ¿no basta con el nombre de sus mascotas para entender sus esencias como escritor?

¿Aún hay alguien que quiere que le describa a la gata “Carmelita Romero Rubio de Díaz”?

 También María Zambrano llegó a tener más de veinte gatos a los que puso nombres como: “Tigra”, “Blanquita”, “Rita”, “Pelusa”, “Lucía”… Nombres tiernos y cariñosos alejados de los rotundos y faraónicos que ponía Colette a sus mininos: “Muscat”, “Cleopatra”, “Semíramis”…

Ernest Hemingway puso a sus más de treinta gatos nombres como “Dillinger”, “Hermano Solitario” o “Casa de Pelo” y S. Eliot hizo lo propio con “Patitas”, “Jorge Matadragones”, etc.

Lord Byron tuvo un labrador que respondía por Boatswain (Contramaestre) al que llamaba “Fénix de los cuadrúpedos caninos”, merecedor de un sentido epitafio por parte del escritor cuando murió y Truman Capote tenía un bulldog inglés al que llamaba “Charlie J. Fatburger”.

 Julio Cortázar llamó “Teodoro W. Adorno” -nombre de filósofo alemán- a un gato callejero y  Borges bautizó como “Beppo” -uno de los personajes de Lord Byron- a otro felino.

Antonio Gala  que confiesa que “los perros han sido mis verdaderos hijos”, nombró “Troylo” a su perro más querido y recibió más de veintisiete mil cartas de pésame cuando murió. Otros perros del escritor fueron “Mambrú”, “Rampín”, “Ariel” y “Zaíra”.

¿Tendría esos mismos sentimientos hacia su perro Juan Carlos Onetti? No lo sabemos. Su perra “La Biche” (“La cierva”) ya no está para contarlo. Como tampoco están “Bromuro” y “Quinina” los perros que compartieron vida con Anton Chéjov.

Víctor Hugo llamó “Ponto” a su perro y Vargas Llosa tiene un gran danés al que llama “Céline”, homónimo del escritor francés considerado “maldito” por sus simpatías hitlerianas y autor de una obra admirada por el peruano: “Viaje al final de la noche”.

Como colofón, los autores con mascotas “raritas”: Charles Dickens con un cuervo llamado Grip the Knowing “Agarre el saber”, Dorothy Parker con dos crías de cocodrilo, Gérard de Nerval con una langosta y Baudelaire con una tarántula.

No se sabe de nadie que haya tenido a un pulpo como animal de compañía. Aunque, al tiempo.

En cualquier caso, pregunten a su vecino cuando saca a pasear al perro. Pregunten.

 Si llegan a saber cómo llama a su mascota sabrán más de él que su psiquiatra.



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