Emilia y Carmen

Emilia y Carmen

(10/01/2021) A veces los aniversarios, las efemérides, hacen extraños compañeros de cama uniendo en el recuerdo a personajes diferentes y hasta opuestos (si es que dos personas pueden ser opuestas). Porque ¿qué tienen que ver Napoleón Bonaparte y Santo Domingo de Guzmán para que les recordemos a lo largo de estos meses, más allá de haber nacido hace un número redondo de años? ¿Qué tienen en común El Perú y La Florida más allá de que alcanzaron la independencia de España hace doscientos años? ¿En qué se parecen los escritores Baudelaire, Dostoyevsky y Alfonso X el Sabio a los que también recordaremos, si no es por lo mismo?

 Y algo parecido podríamos decir de las españolas Emilia Pardo Bazán y Carmen Laforet, dos escritoras, tan distintas y tan distantes, pero que coincidieron en el morir, la una, y en el nacer, la otra, hace cien años.

 Emilia Pardo Bazán, la autora de Los Pazos de Ulloa y La cuestión palpitante, murió en 1921, año en el que nació Carmen Laforet quien, con tan solo veintitrés años, ganó el premio Nadal con su novela Nada.

 Y este mínimo azar, apenas digno de ser recordado, es lo que las unirá, sin duda, a lo largo del año que empieza.

 No obstante, más allá de esta caprichosa coincidencia del nacer (o del morir) ¿son tan distintas ambas autoras como se apuntó más arriba?, ¿hay algún tipo de relación en su vida o en su obra?

 A nada que rasquemos en sus biografías nos encontraremos con hechos sorprendentes.

  Admitiendo que estamos antes dos personalidades opuestas, una rebelde y provocadora, pero con una intensa vida social (Emilia), la otra tímida e insegura (Carmen), hay rasgos en ambas escritoras que sorprenden por su parecido.

 Y no me estoy refiriendo a la enorme coincidencia que supone el que ambas fueran autoras de un mismo título: Emilia Pardo Bazán escribió Insolación en 1889, mientras que Carmen Laforet escribió La insolación en 1963 como primer volumen de una trilogía. No. Me refiero a otras coincidencias más personales e íntimas.

 Porque ambas abrieron camino al feminismo actual, rompiendo el asfixiante corsé que les imponían unos tiempos donde primaba lo masculino y donde la mujer era relegada a la crianza y al hogar. Emilia, que denunció la violencia machista en toda su obra (lean El encaje roto), hubo de enfrentarse a descalificaciones como aquella que la acusaba de “escribir a lo hombre” o que “se ponía los pantalones para escribir” y  Carmen  lo mismo: “¿quiere más a sus libros o a sus hijos?”, le llegaron a preguntar en una entrevista.

 Ambas participaron en la correspondencia amorosa más singular de la literatura española. Emilia carteándose con Benito Pérez Galdós, autor al que admiraba, con misivas llenas de pasión y alto contenido erótico y Carmen haciendo lo propio con Elena Fortún, la creadora de Celia, manifestando hacia ella una adoración materno filial, un afecto humano y espiritual, un cariño del que brota la emoción a flor de piel y también, por qué no decirlo, un enamoramiento fruto de la especial comunión de sus espíritus.

 Seguramente nadie hablará de estas sorprendentes coincidencias a lo largo del año que empieza y unos recordarán a doña Emilia en congresos en los que se resaltarán las diferencias respecto a otros autores, lo peculiar de su literatura, lo singular de su feminismo, la pujanza de su galleguismo y otros harán lo propio con Carmen Laforet, pues, triste es decirlo, las efemérides también sirven para hacer patria, nación, tribu. Para dividir y enfrentar.

 Pero los humanos no vivimos en compartimentos estancos. Somos seres sociales y de ello es un claro ejemplo la literatura. Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Carmen Laforet y Elena Fortún ponen de manifiesto esa interrelación personal y literaria, esa comunión que se manifiesta en sus creaciones. Sin esa estrecha relación su literatura hubiera sido otra, porque su vida hubiera sido distinta.

 Esperemos que el buscador más extendido, ese que se dedica a recordar efemérides, ponga los correspondientes doodle (garabatos) el doce de mayo y el seis de septiembre, para recordarnos que un día de primavera murió “la inevitable doña Emilia” (así, con sorna, la llamaban sus rivales) y que otro, de finales de verano, nació Carmen, la mujer que escribió: “¿Quién puede entender los mil hilos que unen las almas de los hombres y el alcance de sus palabras?”.



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