El Pisuerga y la pasarela del amor

pasarela

(20/9/2010) Cruzar la pasarela que abraza las dos orillas del Pisuerga es uno de los placeres visuales más gozados por quienes paseamos la ciudad. Ya dijo Balzac que el paseo es la gastronomía del ojo. El aire es limpio, las vistas hermosas: el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, el Museo de la Ciencia, la Sede de las Cortes de Castilla y León… Pero sobre todo la espectacularidad del propio río, sus anchuras, sus islotes, sus riberas, sus crecidas, sus espejos… Últimamente la pasarela, ideada por Rafael Moneo y Enrique de Teresa, se embellece con los lazos férreos e irrompibles del amor. Del amor que se desea y se pretende eterno, ¡ay!
Cientos de candados, los llamados “candados del amor”, danzan en la malla blanca de la pasarela cual bailarines suicidas ante los abismos del río. Reflejan cientos de historias de amor. De un amor que se piensa eterno e indestructible. Tan fuerte como el acero de las armellas. “El amor somos tú y yo cogidos de la mano para que el otro tenga tres manos” que dijo uno. “Nuestro amor es para siempre” que escribió otro. “Nuestro unión será eterna” dicen en la Pasarela ante un indiferente Pisuerga que sigue su rumbo como si nada… O como si él, sabio de siglos, ya supiera como acaba todo. También el amor.
Todo empezó donde confluyen todos los caminos, en Roma. Allí en su puente Milvio los enamorados iniciaron una costumbre hermosa que se ha exportado a otras latitudes con notable éxito: colocar en las farolas del puente los candados de su amor, bien sellado para que nadie lo abra, y arrojando la llave a las aguas del Tíber por si al cariño le llegara la flaqueza, que llegará ¡ay!
El Tíber, el Tévere, que ha visto arrojar tantas cosas y tantas causas contra sus cristales, tiene el vientre poblado y ya indigesto ante tanto metal que arroja el amor. ¡Pobre! La culpa, según cuentan, la tuvo un libro de Federico Moccia “Ho voglia di te” (Tengo ganas de ti) que llevó a la gran pantalla Luis Pietro. Sus protagonistas, enamorados, acudían al puente romano y en un extraño ritual colocaban un candado en una de las farolas del puente. Luego comenzaron a llover imitadores por todo el mundo.
Sea como sea aquí tienen nuestra humilde pasarela, novia ya del puente Milvio, convertida en toda una “pasarela del amor”.
Sólo nos queda encontrar a un cantante local que a imitación de Tiziano Ferro -que incluyó imágenes de los candados romanos en uno de los vídeos de su álbum-, adorne sus temas con el amor que desborda nuestra humilde y hermosa pasarela.
Pero la pasarela es ligera. ¿Soportará el peso de tanto amor? Pisuerga, abajo, guarda las llaves. Por si acaso. Puede que algún enamorado se olvide de su promesa y que tanta pasión, que tiene fecha de caducidad, dé paso a la rutina y al desamor. Puede.
Aunque hoy tal posibilidad parece lejana. El amor queda bien guardado bajo siete candados. Inexpugnable al odio y al tedio. Los ladrones de amor no tienen nada que hacer. Está sellado y bien sellado. Candado.
Algunos, como el de la fotografía que les muestro, llevan ya el fruto del amor a cuestas. Unos candados más pequeños en clara alusión a esos hijos que, si no han llegado, llegarán y adornarán el amor.
Luego la realidad terminará imponiéndose y esos retoños abandonarán el claustro familiar y formarán otro candado con otro amor. Es la vida. O llegarán los empleados del ayuntamiento y por orden gubernativa (la pasarela, argumentarán, no puede soportar tanto peso aunque sea de amor) corten por lo sano. Que ya nada se hace para que dure toda la vida. Ni el amor. ¡Vaya!
Los álamos del río que llevan tatuada su piel con nombres de antiguos amantes, lejos de envidiar a la pasarela, miran hacia otro lado con los celos de la indiferencia. Son los nuevos tiempos, parecen decir, ellos que tanto saben.
Los álamos del Pisuerga son unos acreditados filósofos del amor. No lo duden.



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