El Palacio de la Luna

 

auster

(30/6/2009) Me voy de vacaciones. Como todo hijo de vecino cumplo con el sagrado ritual de marcharme unos días a buscar lo que al parecer no tengo: descanso y distracción. Otra cosa es que lo encuentre. Cumplo con el rito del siglo que nos acucia a salir de la rutina y el aburrimiento para caer en algo muy parecido pero que de momento no lo parece. Sólo de momento. Volver al nomadismo que, aún con sus peligros, promete nuevos paisajes, nuevos olores, nuevos riesgos, se ha convertido en unas olimpiadas en las que todos participamos un verano sí y otro también.
Cuando el hombre se hizo sedentario comenzó a aburrirse, dijo alguien. Y llevamos aburridos desde que se inventó la agricultura, que ya es aburrimiento. Por eso hay que volver a ser nómadas aunque sólo sea por unos días y aunque acechen los peligros de lo desconocido. Yo, para afrontar lo que pueda ocurrirme, para superar situaciones torticeras, me llevo junto a camisetas, bañador y playeras, a Paul Auster. Como les cuento. Me llevo al mismísimo Paul Auster por si vienen mal dadas. Que vendrán. He comenzado a leer su libro “El palacio de la luna” y ya no puedo dejarlo. Me pasa lo que a esas familias que, encariñadas con su perro, no pueden abandonarlo en la cuneta y se lo llevan a la playa asomado a la ventanilla del coche mientras husmea asustado los vientos de la autopista. “El Palacio de la Luna” me ha enganchado desde el principio, desde el primer capítulo. Ha sido como un amor a primera vista. Con la irracionalidad y el apremio con la que surge el primer amor. Y no. No quiero dejarlo sin más. Me lo llevo de vacaciones. Seguro que me ayudará a superar la claustrofobia de autocares y aviones y el griterío gamberro del turista que me impide echar la siesta. La historia del muchacho que llega a Nueva York y sobrevive gracias a los libros que le deja en herencia su tío me ayudará a soportar los ratos de calvario que tienen las vacaciones. Esos momentos que casi nadie cuenta  pero que todos han sufrido y esconden cobardemente.
Un libro como compañero. Un libro como terapia por si vienen mal dadas. Que vendrán.
Un libro que habla de los libros que dan de comer. Como les digo.
Alguien debería escribir sobre el empleo medicinal y curativo de los libros.  Y no me refiero aquí a esos libros que muestran agujeros de bala y que buscan el corazón de su portador. No.
Tampoco a  esos libros de autoayuda que sirven a mentes acomplejadas y crédulas y que explotan con éxito los nuevos chalanes de la salud. Tampoco. Me refiero al libro que ha permitido comer a su propietario sin ser escritor. Al libro como alimento material gracias a la compraventa. Que el hambre es la mayor enfermedad y como tal necesita medicina.
Paul Auster lo explica con una prosa rica en matices y texturas. Marco Stanley Fogg, el protagonista del Palacio de la Luna, nos narra en primera persona el poder salvador que encierran los libros cuando todo falla. Venderlos le librará de la hambruna que le acecha cuando todo está perdido.
Para quienes coleccionamos libros. Para quienes nos vemos obligados a meterlos en cajas para aliviar la falta de espacio. Para los que hemos hecho de nuestro cuarto una selva poblada de libros, Fogg nos demuestra que tanta dedicación tendrá su recompensa. Será el día en que vengan mal dadas y nos veamos obligados a venderlos para poder comer.
Bienaventurados los que coleccionan libros porque algún día…
Función alimenticia del libro. Función sagrada.
 



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