El meteorito y la cultura

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(20/6/2014) Supongamos que usted, sufrido lector de mi bitácora, asiste a un concierto de piano y que, pasado cierto tiempo, ante el asombro de todo el auditorio, ve como alguien se levanta, se dirige al escenario, se acerca al pianista y cierra con estrépito la tapa… ¿Qué pensaría? Elija la respuesta:

A)   “Se trata de un indignado a quien no le gusta la música minimalista”

B)   “Es un actor que forma parte del espectáculo musical, de la perfomance”.

Lo narrado ocurrió en la España de los setenta cuando el pianista Carles Santos Ventura interpretaba una obra del afamado músico Steve Reich a quien hace tres días le han concedido el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento de Música Contemporánea.

Hasta hoy nadie sabe si el cierre del teclado formaba parte del repertorio musical o fue obra de un melómano airado y sordo a lo moderno, a la música experimental y minimalista de Steve.

Formase parte de la obra, o no, Reich no debió inmutarse lo más mínimo ante el suceso. El músico ya había degustado broncas parecidas. Como la que hubo de soportar en el Carnegie Hall -sala de conciertos ubicada en Manhattan, Nueva York- en 1973 al interpretarse su obra Four Organs. Muchos de entre los asistentes pidieron la cabeza del músico que alargaba acordes alocadamente, sin límites ni pudor. Creyeron estar ante un estafador.

Desde entonces ha llovido mucho sobre la creación musical y la llegada de Internet ha multiplicado la música experimental basada en la reiteración de frases. Algo que inició aquel “loco” genial llamado Ravel con su Bolero. ¿Recuerdan?

Aquella actitud defensiva por parte de los puristas del arte o de los defensores de la alta cultura ha vuelto a la palestra con la irrupción de internet.

Los usos de la digitalización en campos artísticos tan diversos como la fotografía, los vídeos, la música y la literatura pueden tener sobre la creación actual un impacto comparable a la caída del meteorito cuando los dinosaurios.

Y no lo digo yo. Que lo dice Joan Fontcuberta -Premio Nacional de Fotografía, Premio Nacional de Ensayo y Premio Internacional Hasselblad- en su ensayo La cámara de Pandora: La fotografí@ después de la fotografía.

Mario Vargas Llosa, con sabiduría de Nobel, nos ha prevenido contra lo que se nos viene encima. Una espada de Damocles con forma de gigantesco meteorito que él llama con palabras medidas y templadas “la civilización del espectáculo”.

“Hoy la política es un espectáculo, la prensa es chismografía y el sexo es un deporte desprovisto de erotismo”. Dice el hispano-peruano.

Palabras que claman a un cielo desde donde nos caerá, en breve, el pedrusco de marras que acabará con Joyce, Proust, Góngora, Mozart, Fontcuberta y tantos otros.

Meteorito que cabalga sobre cuatro caballos apocalípticos hechos de ceros y de unos que siegan con su guadaña los valores estéticos antiguos mientras siembran en el barbecho cultural los cuatro “ismos” denunciados, con solvencia de lingüista, por Marco Aurelio Denegri: fragmentarismo, facilismo, superficialismo e inmediatismo.

“El problema de nuestra época es la indigencia interior…Habría que preguntarse cuánta “adentrura” tiene cada uno”, dice Denegri cual profeta-poeta que clama en el desierto cultural donde todo es banalización y vulgarización. Denegri, Quijote de la lengua española, que se merece un nobel por darnos una palabra tan honda y tan rotunda como “adentrura”.

En el principio fue el verbo, la palabra, el libro y en el apocalipsis que llega o llegará la imagen, la sobreabundancia mediática, la videocracia, la ansiedad por el vídeo, la televisión vómito.

“Cada vez son más inteligentes las máquinas y cada vez somos más tontos quienes las usamos” claman quienes aún viven en el desierto de las operaciones intelectuales elaboradas en las cavernas del simbolismo.

Mientras Steve Reich recogía los 400.000 euros en el Palacio Marqués de Salamanca me puse a oír la obra con la que escandalizó a las buenas gentes neoyorquinas: Four Organs.

Luego recordé a John Cage y su 4´33´´- los cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio más controvertidos y desafiantes del panorama musical- y a Shed Simove y su libro en blanco.

¿Alcanzarán algún día, también ellos, los 400.000 euros del BBVA?

Joyce, qué duda cabe, lo tuvo más difícil.



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