El libro y la moto de Steve McQeen

lectura

(20/09/2017) Llama la atención que siendo el libro un ser inerte, una cosa, la relación que el hombre ha mantenido con él a lo largo de la historia haya sido parecida a la que ha mantenido con los seres vivos (sobre todo con animales y personas): una relación variada llena de amores y desafectos, de querencias  y repulsiones, de apegos y rechazos.

 A pesar de ser un objeto, carente de lo que entendemos por vida, el hombre le ha otorgado un estatus distinto a los demás seres inertes. Superior incluso al que ha otorgado a las plantas.

 Podríamos hablar de una relación de odio, de abandono, de desinterés, de amistad, de lealtad  y hasta de amor. La misma que podríamos tener con nuestra mascota o con nuestro amigo, pero nunca con nuestro ordenador o con nuestro móvil.

El odio al libro hasta prohibirlo, hasta quemarlo ha llenado páginas y páginas en la historia moderna como todo el mundo sabe. Desde la inquisición hasta los totalitarismos de cualquier signo el libro ha sido objeto de todas las iras, de todos los reproches, de todos los infiernos.

 “Allí donde se queman los libros se acaba por quemar a los hombres” llegó a decir Heinrich Heine, destacado poeta y ensayista alemán.

 Pero si aquella práctica parece desterrada, al menos en nuestro mundo, (todos sabemos que hay lugares donde se destruyen monumentos, obras de arte y por supuesto libros), no ocurre lo mismo con el abandono.

 La imagen de libros abandonados, arrojados a los contenedores de basura, es algo que hemos sufrido cualquiera de nosotros. Yo mismo, por no ir más lejos, lo he padecido en varias ocasiones. La última, en Madrid, estuvo a punto de lograr que perdiera el tren. Tuve una sensación parecida a la de quien ve un perro abandonado a su suerte, gimoteando en medio de la acera, para que alguien le recoja y le quiera.

 Luego está la relación de amistad que tenemos con el libro hasta el punto que algunos se convierten en amigos íntimos. Son esos libros que colocamos en la estantería en un lugar destacado para buscar su compañía una y otra vez, o en la mesilla de noche  para que nos den el último consejo antes de abandonarnos al sueño. ¿Quién no ha acariciado alguna vez un libro?

 Sí. Hay personas que aman al libro. Y mucho. A veces hasta la muerte o hasta jugarse la vida por tenerlo cerca.

 El documental “El bibliotecario de Mauthausen” emitido hace pocas fechas por una cadena de televisión nos habla de esa querencia al libro que puede llegar a costarte la vida.

 Joan Tarragó, republicano español obligado a tomar uno de los trenes de la muerte que le condujeron al tristemente famoso campo austríaco, pensó que para sobrevivir en aquel infierno nada mejor que el efecto liberador que produce la lectura de un libro. Y así, en la clandestinidad, un puñado de libros se convirtió en el mejor antídoto contra el horror y la desesperación.

 “El conde de Montecristo” de Dumas, “La cartuja de Parma” de Stendhal, “La montaña mágica” de Mann y otros muchos (unos 200 ejemplares) formaron la biblioteca clandestina que ayudó a muchos internos a sobrevivir.

 La lectura permitía “la gran evasión” que otros buscaron excavando túneles desde su celda hasta el bosque cercano como hemos visto en alguna película.

Joan Tarragó, el héroe de esta historia, lo sabía perfectamente y por eso su lema para aquel círculo de lectores formado en Mauthausen fue “leer os hará libres”.

La escena es fácil de imaginar y alguien algún día  debería hacer una película sobre ello: en la barraca 13 los libros se esconden entre unas tablas sueltas bajo las humildes literas de los presos. Y de esta biblioteca un preso, cualquier preso, lo saca jugándose la vida, lo esconde bajo su ropaje de deportado y lo lee a escondidas de guardianes y perros. “Leer es ser libre”

 Leer fue la manera de liberarse de aquel infierno, de sobrevivir. Era “la gran evasión” de John Sturges  donde el libro se convertía por momentos en la moto de Steve McQeen.

 A quienes accedemos cada día al mundo del libro, a quienes tenemos tan fácil acceder a los placeres que proporciona su lectura nos parece imposible pensar en que también tenga un efecto liberador, pero eso es lo que le ocurría en Mauthausen a quien se acostaba con el miedo y se levantaba con el horror…

“Leer es ser libres”. Gracias Joan.



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