El club de los “plumillas” muertos

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(20/4/2016) Ningún año es bueno para morirse. Pero en caso de hacerlo -es una vieja costumbre a la que nadie renuncia de momento- procure que no sea en año que termine en “16”. Tampoco en una final de la Liga de Campeones, ni en la fiesta de su pueblo. De ser así, nadie acudirá a su entierro y el cura puede morir de aburrimiento.

El Inca Garcilaso de la Vega -bautizado como Gómez Suárez de Figueroa-, autor de los Comentarios Reales de los Incas no supo o no quiso morir más acá o más allá de 1616 y en el pecado tuvo la penitencia. Nadie recordará ni conmemorará su muerte. ¡Pobre!

¿A quién se le ocurre morirse el mismo año que Cervantes y que Shakespeare? ¿Es que no había otras fechas más acordes para el trámite? ¿Dónde estaban sus editores? ¿Dónde sus consejeros?

Si el reconocimiento a Cervantes es una broma si se compara con lo que se está haciendo en Londres con el Bardo, ¿cómo será el reconocimiento al Inca Garcilaso y a tanto plumilla que le dio por morir en fecha tan señalada?

Y es que, para más inri, el Inca Garcilaso de la Vega falleció también el 23 de abril. No le bastó con hacerlo el mismo año que también eligió el mismo mes y el mismo día. Como si ya puestos a lanzarse al abismo del olvido no le importara el material del suelo.  Como se dice en castizo “de perdidos al río”. Al río de la desmemoria que es en el que, con el tiempo, nos ahogaremos todos.

¡Pobre Garcilaso! El que fuera conocido como “Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo” nació mestizo -hijo de princesa inca y conquistador español- que es como nacer en tierra de nadie. Vivió a caballo entre el Nuevo y el Viejo Mundo y así se ha quedado, en el medio del océano, en aguas fronterizas para que ni Perú ni España se hagan cargo del muerto.  No como “el inca Vargas Llosa” que aunque también es peruano y español, tiene la ventaja de ser premio nobel y, últimamente, algo filipino y panameño…y es distinto, claro.

“Fui español en las Indias e indio en las Españas” nos dijo el Inca para que nos hiciéramos a la idea de que con ese aval era difícil salir del olvido, por más que estuviera emparentado con el Marqués de Santillana y con el poeta homónimo Garcilaso de la Vega, o que hubiera peleado en las Alpujarras a las órdenes de Juan de Austria, o que fuera el primer americano en dar un libro a la imprenta que se convertiría en todo un éxito literario: el Dialoghi d´amore del judío León Hebreo.

Ya sospechaba el Inca Garcilaso de nuestra desmemoria cuando mandó inscribir en su tumba “Varón insigne, digno de perpetua memoria. Ilustre en sangre. Perito en letras. Valiente en armas”. Pero ni por esas.

En el club de los plumillas muertos algunos nunca salen del armario. Del armario del olvido.

Tampoco supo elegir muy bien la hora de la verdad Henry James, el escritor que dotó de psicología a sus personajes y creó el monólogo interior que luego tantos escritores han copiado.

Eligió mal la fecha en la que sentar definitivamente la cabeza (1916), y lo mismo que el “Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo” no halló dónde criar malvas ni en Europa ni en Estados Unidos como si él también hubiera preferido vivir en la frontera que marcarían el Manco y el Bardo definitivamente.

¿Y qué decir de Henryk Sienkiewich? ¿Se acuerda alguien del quinto nobel de literatura, autor de la novela Quo Vadis? tantas veces llevada al cine? ¿Y de Jack London el autor de La llamada de la selva? Ambos también nos dejaron en 1916. Mal año.

Así que ya lo sabe, señor importante, elija bien la fecha de su muerte si es que pretende que se le recuerde o que al menos alguien lo elogie ante sus deudos. “Si quieren los mayores elogios, muéranse” dijo Enrique Poncela que no sabía que los elogios son tóxicos y sólo sirven al escarnio.

El día que se pueda morir a la carta -antes de que todos seamos inmortales- habrá años en los que no querrá morir nadie. Al tiempo.

En los años que terminen en “16” todos los sepultureros gozarán de año sabático pues ya nadie querrá morirse en la fecha de los “inmortales”, esos personajes que, en su sed de eternidad, se alimentan de la mortalidad y el olvido del resto.

Einstein que no era plumilla, ni se lo propuso, publicó su Teoría de la Relatividad en 1916 como si con ello quisiera demostrarnos que todo es relativo, también la vanidad de quien se cree con pasaporte para pasar a la inmortalidad.

Umberto Eco que pasaba de vanidades de escribano ha dado la campanada tras su fallecimiento. En su testamento ha ordenado que no se celebre ningún acto en su memoria hasta que hayan pasado diez años. Sabía que de hacerlo ahora, le lloverían los elogios y que estos, como les dije más arriba, son tóxicos y solo sirven al escarnio.



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