El cabreo docente

 

docente

(10/3/2013) Las cotas de estupidez e ineficacia, por parte de quienes nos desgobiernan desde hace décadas, están alcanzando niveles históricos, hasta el punto que todo el mundo cree imposible que se pueda caer más bajo. Ilusos. No saben que, en esto como en tantas otras cosas, si algo peor puede pasar, acabará pasando. Esperen en la puerta y verán.

Pero hoy toca hablar sobre educación y las secuelas, traumas y cabreos psicopedagógicos que una nefasta política educativa está generando entre quienes se dedican al más noble y trascendente de los oficios, los maestros.

Los sufridos docentes se las tienen que ver un día sí y otro también con una manada de incompetentes que, sin haber pisado en su puñetera vida las aulas, gestionan leyes y planes de estudio con eficacia cero y torpeza sobresaliente.

Hay tantos paniaguados en los despachos ministeriales, tantos consejeros de la cosa, tanto concejal del ramo, tanto asesor que, en un vano intento de justificar sus ostentosos sueldos, la cargan contra el que menos culpa tiene en el embrollo en el que se ha convertido el sistema educativo: el inocente docente.

Y es que al maestro le llueven como palos, leyes, planes, programas, orientaciones, inspecciones y auditorías a cual más asnales sin que haya habido hasta el momento ministro que pusiera orden y cordura en tamaño desaguisado.

Incapaces de ver más allá de la punta de sus narices, frustrados ante su propia incompetencia -que el Informe Pisa hace patente un año sí y otro también- y alentados por toda una corte de leguleyos y mediocres del sistema, ministros, directores provinciales, inspectores, auditores y otros “tores” se ceban con el ser más indefenso en esa jungla: el maestro.

Lejos de guardar las debidas formas ante un profesional que ha visto cómo a golpe de decreto le privaban de la paga extra, mientras reducían su mísero salario, lejos de agradecer los afanes de quien tanto aporta a la sociedad, los caníbales de los altos despachos y la administración se carcajean y se ciscan en los pobres docentes acribillándoles mediante todo tipo de absurdas exigencias un día sí y otro también. Los muy cobardes.

El mundo de la educación sigue, para sorpresa de nadie, sin rumbo y en manos de incompetentes que son legión y no se enteran de la fiesta. Ignoran que nos hallamos inmersos en un mundo líquido caracterizado por la volatilidad y por el cambio instantáneo como defiende Zygmunt Bauman en su libro “Sobre la educación en un mundo líquido”, y que la figura del maestro será clave en la búsqueda de anclajes que eviten la caída del hombre moderno en la desesperación.

Aparcado el viejo espíritu de enseñar deleitando, el centro, otrora educativo, se llena de términos sacados del ámbito de la empresa precipitando al mundo de la enseñanza al más puro mercantilismo en boga.

No entienden, maldita sea, que esto no es un oficio al uso, que esto es una vocación. Es estar consagrado a una idea de la vida. Un nadar contra corriente mostrando valores en desuso que pueden evitar que todo se vaya al garete. Que se irá.

La vieja y eterna escuela, el otrora templo del saber, se ha convertido en una oficina donde se comercia con todo tipo de mercadurías a la espera de un Maestro que las arroje al empedrado, como antaño. Conceptos como auditor, calidad, competencia, excelencia, agresividad, individualismo, tecnología, éxito, consumo…y otros por el estilo, señorean en la mente de una administración ¿educativa? mientras se expulsan otros tan necesarios para nuestro mundo como cooperación, empatía, verdad, generosidad, humanismo, honestidad, ecuanimidad, valores…

Para que vean que no exagero y que el cabreo docente va en paralelo a la indignación general, lean el documento mandado por un maestro a los “técnicos de ¿educación?” de su Comunidad Autónoma, cuando le urgían a dar cumplida cuenta de su forma de trabajar la lectoescritura:

Estimados señores técnicos de ¿educación?

Sepan ustedes que mi manera de trabajar la lectura y la escritura con los alumnos consiste, sencillamente, en hacer lo que se puede.

Hacer lo que se puede con un currículum inabarcable y obsoleto, hacer lo que se puede a pesar de las sucesivas reformas educativas que llevan este sistema a la deriva desde hace veinte años, hacer lo que se puede con una sociedad que sospecha de nosotros y desautoriza nuestra labor como maestros, esos privilegiados con tres meses de vacaciones, hacer lo que se puede con la palpable escasez de recursos económicos en los centros y la amenaza de nuevos recortes, hacer lo que se puede con la falta de transparencia y rigor en las decisiones de la administración educativa relativas a nuestra situación laboral o al mismo proceso de matriculación que mantiene en vilo a todos los directores de colegios y no pocos puestos de trabajo, hacer lo que se puede con la maldita burocracia a la que se nos somete por parte de una gestión educativa autonómica y nacional realizada por personas que no tienen ni puta idea de lo que es estar en un aula y que justifican su sueldo -a todas luces inmerecido- con decretos, planes, programas de tal o cual cosa y pruebas de diagnóstico inútiles, hacer lo que se puede con la penosa imposición de uso de unos libros de texto asistemáticos, anticuados y llenos de morralla, hacer lo que se puede con una tradición educativa propia del siglo XIX que está avalada por la propia administración con su silencio cómplice y su negativa a apostar por nuevos métodos educativos, seguramente por temor a crear una sociedad de individuos con criterio y personalidad que pudiera cuestionar el status quo actual de la casta política que nos des-gobierna, hacer lo que se puede con las innumerables ocurrencias de distintos entes -y las enormes tragaderas de los políticos de turno con tal de llevarse un puñado de votos- que encuentran la raíz de todos los problemas y sus soluciones en el sistema educativo, obligándonos a tratar en la escuela cientos de cuestiones que competen al ámbito familiar o personal (igualdad, ciudadanía, asuntos de “género”, educación vial y un largo etcétera) y, por último, hacer lo que se puede con unos alumnos que no tienen culpa de que este país y su sociedad se encuentren en el lastimoso estado en el que se encuentran, tratando de animarlos, de sacarlos adelante, de desarrollar su capacidad de esfuerzo y su responsabilidad (esa que no tienen los que manejan el cotarro) y evitando decirles que, por su bien, abandonen este lugar cuanto antes y quemen el pasaporte nada más llegar a su destino.

Espero, muy señor o señora mío o mía, que le sirva este informe para hacerse una idea de cómo trabaja un servidor la lectura y la escritura con sus alumnos.

El director de una importante revista de la escuela española, afirmaba extrañado, hace ya algún tiempo, lo que sigue:

“En mis 47 años dedicados a la enseñanza, jamás he conocido a tantos profesores, incluso con 50 años de edad, que están deseando llegar a los 60 para jubilarse. Creo que eso es preocupante en una profesión tan enriquecedora como esta y muy negativo para el sistema educativo”.

Pero, ¿de qué se extraña? Con estos mimbres no se pueden hacer más que estos cestos.



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