Don Pedro Gómez Bosque

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(30/6/2008) El pasado 21 de Junio falleció en Valladolid don Pedro Gómez Bosque. Le conocí y traté en los últimos años del pasado siglo con motivo de la publicación de mi libro “Niñez y castigo. Historia del castigo escolar” que él generosamente se dignó prologarme.
Le recuerdo en su despacho de la Facultad de Medicina con la sonrisa y la amabilidad de los hombres sencillos y sabios, hablando sobre la disciplina en las escuelas y sobre la temática que abordaba el libro.
Era ya por entonces catedrático emérito de Anatomía en la Facultad de Medicina  de Valladolid y, aunque jubilado, seguía asistiendo a las aulas para  ofrecer su experiencia y su trato a quienes se acercaban a su persona.
- Pásate dentro de quince días y te entregaré el prólogo –me dijo tras ojear el libro y mi estatura desde sus ojos pícaros y miopes.
Así lo hice y recuerdo cómo al entregarme el manuscrito unas semanas más tarde -a bolígrafo como en los viejos tiempos- insistía e insistía en que podía cambiar su contenido a mi antojo si así me parecía. Le dije que en absoluto, que respetaría su trabajo con la humildad del alumno que está ante todo un maestro.
Sin embargo, cuál no sería mi sorpresa cuando, tras la lectura, comprobaba que había un exceso de elogios hacia el texto que yo consideraba inmerecidos y que me obligaban a suprimir alguna frase excesiva que encumbraba mi obra al planeta de los “libros más vendidos”. Pero así era don Pedro. Generoso con todo el mundo y más con los que empezábamos cualquier actividad y nos acercábamos a recibir sus consejos.
Gran humanista y  profundo conocedor de la mente y conducta humanas sus libros y artículos demuestran y corroboran una trayectoria científica de entrega a su vocación como docente y como médico.
Afable, comprometido, solidario, optimista, profundo creyente, bondadoso, son algunos de los epítetos que acompañan a este maestro de médicos que se nos ha ido al inicio del verano y que tuvo entre sus objetivos vitales, como tantos otros médicos, vincular la investigación y la filosofía.
Miembro fundacional de Asprona -Asociación Pro Personas con Discapacidad Intelectual- destacó tanto por su compromiso a favor de la niñez y de las personas mayores como por una labor docente vocacional y entregada.
Quiero terminar este artículo dedicado a don Pedro con un párrafo de aquel prólogo -corría el año 1998- y que dice mucho sobre su estilo docente:
“Eduardo Spranger en su libro de 1935 (primera edición en castellano) que lleva por título “formas de vida” resalta la importancia del amor en la actividad educativa. Según Spranger es preciso distinguir entre el “amor receptivo” y el “amor donante” que se expresa en el “amor-caridad” cristiano y en el “amor pedagógico”. Pues bien, el amor pedagógico se caracteriza porque se dirige a la totalidad del Alma del educando (y no sólo a una de sus potencias concretas). Alma que es capaz de sentir todos los valores, esto es, el valor en sí mismo. Y su objetivo es desarrollar en el discípulo todas las tendencias positivas hacia valores espirituales. Ello significa que el verdadero amor pedagógico y la especialización se excluyen. Pues quien da al alumno sólo Ciencia sin estar guiado por la intención de elevar todo su ser es un mero erudito, pero no un auténtico pedagogo.”
Era un lejano 1998, como dije, cuando don Pedro escribió las palabras anteriores y tengo que confesarles que acertó de pleno en el diagnóstico. Muchos de los problemas que soporta nuestro sistema educativo y muy especialmente la Educación Secundaria se deben a ese aumento de especialistas que con la mejor de las intenciones reparten su horario entre numerosos grupos de alumnos a los que les es imposible conocer y menos amar. Recordemos que sólo se llega a amar aquello que se conoce. Si a ello añadimos el escaso horario que los tutores tienen para orientar a los muchachos en unos años en los que el consejo es fundamental para crecer de forma armónica, tendremos esos resultados descorazonadores que todos conocemos.
Pero esto es materia para otro artículo. Este solo pretende homenajear a don Pedro Gómez Bosque. ¡Va por ti, maestro!



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