Don Marcelino Menéndez Pelayo y el placer de leer

(19/5/2012) Hoy, 19 de mayo, se cumplen cien años de la muerte de don Marcelino Menéndez Pelayo, eminente erudito español autor, entre otras obras, de la “Historia de los heterodoxos españoles”, hoy una preciada joya bibliográfica difícil de encontrar en papel (no así en Internet gracias a la Edición digital incluida en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) y libro necesario para quien trabaje en el campo de la historia.
Me enteré -que en esto de las efemérides uno anda un poco perdido (¡son tantas!)- gracias al programa “Saber y ganar” de la segunda cadena de televisión española, programa que me tiene enganchado desde hace tiempo y que, en honor a la verdad, tiene mucho más de “saber” que de “ganar”. Pero así son los tiempos.
Por eso mi sorpresa fue mayúscula cuando compré el semanario “El Cultural”, del que también me reconozco adicto, y comprobé que no dedicaban sus redactores ni una sola línea al gran erudito montañés que manifestó, cuando veía inmediata su temprana muerte,: “¡Qué lástima tener que morir cuando me faltaban tantas cosas por leer”.
El semanario en cuestión incluye excelentes artículos como “La Quinta del 62” aludiendo al año en el que se publicaron grandes obras literarias; otro no menos interesantes sobre la correspondencia que se cruzaron los amigos y dioses de la rebeldía juvenil de los 60, Jack Kerouac y Allen Ginsberg; también tienen su sitio en El Cultural “Los invitados de la princesa” de Fernando Savater; “Agua cerrada” de Alejandro Palomas y “Cuentos para un año” de Luigi Pirandello, entre otros,… pero de don Marcelino Menéndez Pelayo, nada de nada. Del hombre que “amó al libro como a sí mismo” -en palabras de su hermano- rien de rien.
Alguien tendrá que explicarnos algún día por qué a determinadas efemérides se les da tanta importancia (hay autores que están hasta en la sopa) y no ocurre lo mismo con otras. ¿Olvido? ¿Sectarismo ideológico?
Pues como les iba diciendo, gracias al programa televisivo de sobremesa, me enteré del por qué y cómo aterrizó en Valladolid el sabio montañés.
El por qué, habría que buscarlo en la prepotencia del catedrático de Metafísica en la Universidad Central de Madrid, el político Nicolás Salmerón (había vuelto a la cátedra tras dejar de ser Presidente de la República Española en Octubre de 1873) que, según confesó Marcelino a uno de sus amigos “quiere exigirnos lo que ni nos enseñó ni nosotros hemos podido aprender”.
Las ínfulas del profesor-político (léase soberbia, presunción, humos, aires, engreimiento, vanidad, orgullo), basadas en el secular “derecho de cátedra”, hicieron que el 30 de Junio de 1874, Marcelino, de paso hacia Santander, se presentara a examen en la Universidad de Valladolid donde consigue aprobar dicha asignatura.
Tras pasar el verano en Santander, volvería a la capital del Pisuerga para licenciarse en su universidad con tan solo 17 años.
Los avatares -”papelotes”, “diligencias oficinescas”- que tenía que superar todo estudiante que quisiera licenciarse quedan perfectamente resumidas en la carta que, el 5 de Octubre de 1874, le envía a su amigo Antonio Ribó:

“Llegado a Valladolid, presenté en la Secretaría de la Universidad mis papelotes, y después de mil diligencias oficinescas, cuya enumeración sería prolija y enojosa, me señalaron día para el grado. Presenteme a su tiempo y después del consabido encierro, practiqué los dos ejercicios, terminados los cuales fui declarado Licenciado en Letras, con la nota de Sobresaliente. Inmediatamente presenté solicitud para el premio extraordinario. Hice los ejercicios el día 30. El punto que me tocó fue éste: «Conceptismo, culteranismo y gongorismo – Sus precedentes históricos – Sus causas y efectos en la poesía española». Nuevo encierro por espacio de seis horas, al cabo de las cuales leí mi discurso y el Tribunal me adjudicó el premio extraordinario, al cual, como sabes, va unida la dispensa de los derechos del grado. Al día siguiente (1º de Octubre) tomé el camino de Madrid, en donde seguiré este año, estudiando las asignaturas del Doctorado.

En Valladolid conocerá a Gumersindo Laverde, periodista, escritor y filósofo neocatólico, enemigo del Krausismo, que se convertirá en su gran amigo y consejero; y en Valladolid fijará los objetivos de su trabajo intelectual.
Quien, según algunos admiradores apologetas, había leído El Quijote a los seis años y era capaz de repetir de memoria sus seis primeros capítulos, sumó a su biblioteca personal, cuando contaba ¡doce años de edad!, veinte obras en latín, francés y español que incluía autores como Quinto Curcio, Catulo, Cicerón, Chateaubriand, Bossuet, Fenelon etc…lo que prueba el gran eruditismo que desarrolló desde una edad muy temprana.
Ese amor al libro , esa entrega al placer de la lectura es quizá la nota que más caracteriza a don Marcelino; “Vivir entre libros es y ha sido siempre mi mayor alegría”, le confesaría a la Duquesa de Alba..
Rubén Darío que se alojó en Madrid en la fonda “Cuatro Naciones”, la misma en la que vivía el santanderino le recuerda en “ un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de cosas sabias, de cosas sabias de don Marcelino”.
Y Enrique Menéndez Pelayo lo expresó con rotundidad cuando afirmó que su hermano “amó a Dios sobre todas las cosas y al libro como a sí mismo”.
Académico de numerosas disciplinas, sólo le quedó para engordar su nutrido curriculum, el ser director de la Real Academia Española de la lengua. No lo consiguió. Ni falta que le hacía.
El hombre que tanto amó al libro y que es considerado por muchos como “el último sabio” murió en Santander hace cien años. ¿Se acuerdan?
- ¿El mismo año que se hundió el Titanic?
- Pues claro, hombre…
- ¡Ah!



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