Desde el otoño

otoños

(20/9/2015) Que todos estamos condenados a muerte, lo sabemos desde la infancia.
Aun así, cantamos, reímos y jugamos a ser felices, como si no pasara nada. Y el mundo, a pesar de la sentencia, no es una caldera de depresivos y suicidas.
Desde que nos dijeron aquello de que la abuelita se había ido al cielo obedeciendo a una señora llamada muerte y desde que el maestro nos lanzó, cual dardos envenenados, los cuatro verbos que contenían nuestra vida: nacer, crecer, reproducirse y morir, comenzamos a tomarnos la vida en serio sabiendo que lo irremediable llegaría como llega el otoño tras el estío.
Lo demás era y es cuestión de plazos.
No es lo mismo decirle a un joven de quince años “te vas a morir algún día”, que decirle a un enfermo de cáncer te queda un año de vida.
Al no saber el día ni la hora todo es cuestión de la longitud de los plazos aunque como dijo alguien: “pasando los siglos, horas fueron”.
Luego viene aquello de la actitud que cada cual tiene ante la inapelable tragedia. Si para gustos los colores, para las actitudes ante la tragedia, ante la “vasta y vaga y necesaria muerte” (Borges dixit), también.
Los hay que aprovechan la sentencia para montarse el viaje de su vida y deciden conocer la Antártida, mientras otros, bajan las persianas, echan el cerrojo a puertas y ventanas y se acuestan en el camastro de su depresión.
Unos pregonan su desgracia desde las redes sociales y alardean de que lucharán hasta la muerte (y nunca mejor dicho), mientras otros pasan de toda comunicación, apagan el teléfono y no quieren recibir ni a su sombra.
Josefina de Beauharnais, luego Josefina Bonaparte, que pasó varios meses en los carmelitas de París esperando la sentencia que la llevaría a la guillotina, desarrolló un extraño comportamiento el resto de su vida. Lo mismo les ocurrió a otros condenados, encerrados y esperando de sentencia, que luego sobrevivieron.
Todos, cuando cayó el terror y volvieron a ver la luz del día, se entregaron con premura y hambre insaciable a la vida y al amor.
Era como si la muerte sólo pudiera castigarse con una borrachera de vida. O con una borrachera sin más.
Ángela Hernández Benito, en su magnífico libro de relatos “Equipaje de amor para el silencio” nos narra el comportamiento de un desahuciado que al comprobar que “tirando por lo bajo se ha perdido un noventa por ciento de todos los placeres disponibles”, encuentra la verdad que le niegan los médicos en el vino, “In vino veritas”:
“El vino era eso: la verdad. Ahí residía la fuerza de sentirse poderoso, porque aquel líquido…constituía ahora una esencia infinitamente superior a la ciencia médica, capaz de doblegar la razón y todos los elementos donde residían las operaciones mentales…[…]Dio un trago largo y generoso….Un fulgor desconocido le transportó al delirio, éste al sueño, y el sueño a la paz.”
Henning Mankell, novelista sueco, nos narra en “Arenas movedizas” la lucha que mantuvo contra sus emociones cuando a los sesenta y seis años le diagnosticaron un cáncer. Y nos demuestra que, en la eterna lucha entre la razón y los sentimientos, la victoria se decanta hacia estos en situaciones extremas y que, de no controlarlos, pueden llevarte a la locura.
El escritor nos narra cómo hubo de moverse entre las arenas movedizas de sus emociones y soportar el caos de unos sentimientos que le empujaban a la desesperanza. Tras cinco meses de quimioterapia la esperanza comenzó a ganarle la batalla al pesimismo.
“El miedo es mucho más que ese temor primitivo y básico a morir. El depredador te ve, pero tú no ves al depredador”.
¿Cómo actuaremos cuando llegue lo irremediable? Es una pregunta que nos hacemos todos.
Difícil responder desde la salud.
Lo que está claro es que nadie responderá de la misma forma por más que nos lleguen estereotipos de posibles respuestas.
Está a punto de entrar el otoño…¿no es suficiente razón para que me perdonen este artículo?



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