De Valladolid a Roma

Zequiel

(10/10/2012) La infancia es la patria del hombre y su lugar de nacimiento la medida de todas las cosas. Y esta medida se apoya , como no podía ser de otra manera, en la mera comparación. ¿No comparamos con el metro cualquier medida que hacemos en el interior de nuestras casas, o con el kilómetro cuando nos referimos a distancias más largas? Pues con nuestro lugar de nacimiento, que siempre será para nosotros nuestro particular centro del mundo, nos ocurre lo mismo. Veamos.
Que te dicen la población de un lugar que, pongamos por caso, tiene cinco mil habitantes, pues si has nacido en uno que tiene mil, te dices: “cinco veces mi pueblo”. Y basta.
Y si te dispones a recorrer una distancia, pongamos de cien kilómetros, y tu pueblo se halla a treinta y tres de la ciudad más cercana, esa urbe que fue la primera que conociste, digamos Salamanca, pues te dices : “ese lugar al que me dispongo a ir se halla a tres veces la distancia que hay entre mi pueblo y Salamanca”.
Esto ocurre hoy y ocurrió en el pasado. El Padre Bartolomé de las Casas, por ejemplo, cuando quiso expresar la longitud de la isla de Cuba le escribe al todavía príncipe Felipe II, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, estas palabras: “la isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma”.
Bartolomé de las Casas era de Sevilla pero sabedor de lo dicho más arriba expresa la medida no en la unidad propia: Sevilla, sino en la unidad que usaría el príncipe: su Valladolid natal. Nobleza obliga.
Hombres como José de Acosta, fundador de la Biogeografía y autor de una Historia Natural y Moral de las Indias conocería muy bien esa distancia puesto que pasó los últimos años de su vida a caballo entre Valladolid y Roma.
También la conocería el soriano Eugenio Torralba, médico de corte , notorio adivino, fino cabalista y reputado nigromante en la ciudad del Pisuerga en aquel año de 1527. Año que vio el nacimiento del príncipe Felipe, por una parte, y el Saco de Roma por las tropas de Borbón, por otra.
Sabedor de la dificultad de estar en misa y repicando, y queriendo presenciar el Saco de la Ciudad Eterna optó por el mejor vehículo -o el más rápido- con el que se podía contar en el siglo XVI -bilocación a parte-: un ángel bueno y espíritu familiar llamado Zequiel.
Y es que Zequiel, en aparición nocturna, le había anunciado que al día siguiente las tropas del emperador capitaneadas por Carlos de Borbón asaltarían la ciudad de Roma. ¡Menudo morbo!
Torralba, ni corto ni perezoso, pidió a Zequiel que lo sacara de la villa de Valladolid y le condujera a la ciudad de los Papas. Quería contemplar en vivo tan magno acontecimiento. O como diría hoy un periodista estar donde se cuece la noticia.
Adentrándose en un bosquecillo próximo, Zequiel le ofreció entonces un palo mientras le decía “cierra los ojos, no tengas miedo, ten eso en la mano y no te resultará mal alguno”. E iniciaron el despegue. Tras una hora de vuelo aterrizaron en Roma en Torre Nona y presenciaron el famoso Saco el 6 de Mayo de 1527.
El suceso que tardaría algo más de una semana en conocerse en Valladolid, para quien no disponía de vehículo tan rápido y eficaz en aquellos años, fue relatado anticipadamente por Torralba entre los boquiabiertos vecinos de la villa del Esgueva, por lo que creció sobremanera su fama de adivino y nigromante. Tanto creció, que la Inquisición le llamó a sus casas para que explicara el truco de los vuelos internacionales en época tan temprana.
Viajar en ultraligero y no en burro o acémila como era usual le costó a Torralba tres años de cárcel y las consabidas torturas hasta que prometió no volver a comunicarse con el espíritu Zequiel.
Perdonado por el inquisidor Manrique de Lara, Eugenio Torralba gozó de gran fama en el siglo hasta el punto que el mismo Cervantes se refiere a su famoso viaje en el capítulo II de la segunda parte del Quijote:
Y acuérdate del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos…”.
Tres años después el humanista Alfonso Valdés situó en la Plaza Mayor de Valladolid su Diálogo de las cosas acaecidas en Roma…
Y es que Valladolid era el centro del mundo y la medida de todas las cosas para Felipe II. Y de paso para toda su corte.
Como lo es mi pueblo para mí o Santa Clara de Avedillo para quien haya nacido en pueblo tan singular y de tan hermoso nombre.



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