De la guardería a la galería

(30/3/2011) Entre los correos que me envían los amigos y entre los que se encuentran los vídeos de paisajes y ciudades perfectamente maquillados -pero que resultan más falsos que la “farsa monea”- mostrando sin rubor una belleza imposible en tiempo real (estarán conmigo que una ciudad no puede ser tan horriblemente perfecta como nos las presentan los pps de turno que buscan el mejor momento y la mejor cara para hacernos creer tan “increíble” perfección); pues entre esos correos, les decía, me ha llegado uno ante el que merece la pena detenerse. Aunque solo sea para pensar un poquito, ejercicio cada vez más en desuso, y sin la menor intención de sentar cátedra.
Estos son los hechos: un grupo de párvulos de 2 y 3 años pinta un lienzo en blanco ante la petición de una periodista que se ha acercado hasta su Guardería; y la intrépida reportera lo cuelgan, clandestinamente, nada menos que en ARCO, que es, como todo el mundo sabe, la Feria de Arte Contemporáneo más famosa de nuestro país.
Una vez colgado, sin que los organizadores se percaten del asunto, la misma reportera entrevista a quienes lo contemplan y que, como no podía ser de otra manera (¿o sí?), creen hallarse ante una obra de enorme calado artístico.
Unos ven que refleja angustia, tristeza…Otros creen entrever unas flores y algo de paisaje…Alguien afirma que es, sin duda, una obra compleja en la que hay mucha meditación detrás, mucha sutileza…Hay quien se atreve a elogiar la experiencia que demuestra el artista en la obra expuesta por lo que se trata de alguien que ha buscado mucho…incluso hay quien atisba una carga erótica muy grande junto con una represión también muy grande…
Pero no quiero aquí enjuiciar al público en cuestión, es posible que si me hubiera encontrado en su situación, yo también hubiera dicho cosas excelsas sobre la pintura… Además, alguien podría decir, y no sin razón, que por qué no habría de ser el trabajo de unos párvulos una obra maestra -pensemos que Pablo Picasso afirmó en su día que “desde niño pintaba fatal como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”- Y puestos a rizar el rizo, ¿quién nos dice que el mismo reportaje no es un fraude con actores elegidos para representar la farsa en un ARCO de cartón piedra?… Estamos tan expuestos al engaño que ¿quién se atreve a tirar la primera piedra?
Pero, suposiciones aparte, el vídeo pone la mano en la llaga sobre algo que preocupa a muchos: la desconfianza y la indiferencia -pero sobre todo la desorientación- que provoca el arte contemporáneo en usuarios y críticos. Desorientación que tendrá que atender a dos frentes de batalla si quiere recobrar créditos perdidos: el de los consumidores de la obra de arte (como compradores o como meros visitantes de museos) y el de los propios artistas. Tal vez nos encontramos ante un problema de formación, de escuela. De una formación que desde la más tierna infancia se enfoque a cuestionar la misma credibilidad del arte, que sea crítica con los productos que se le ofrece, que aprenda a distinguir el trigo de la paja y que enseñe a analizar rigurosamente cualquier producción, con independencia del autor o del contexto en el que se exponga. Una formación para saber observar un cuadro. Pero también una educación de los mismos artistas que han de trabajar en un permanente estado de auto-cuestionamiento de su obra y de las de los demás. Para que sean ellos mismos quienes aíslen de las galerías a tanto memo y a tanto narcisista que ahonda con sus “genialidades” el pozo de la desorientación y el descrédito que aflige al Arte Contemporáneo.
Adrian Searle (crítico de arte en The Guardian) confirma que “nunca como hoy ha habido tanta mediocridad y tanto arte malo, ni tanto diálogo absurdo en torno a él” y admite que incluso hay una opinión bastante aceptada que ve “una conspiración entre artistas faltos de talento pero listos y astutos, por un lado, y una camarilla de corruptos y arrogantes directores de museos, comisarios y coleccionistas particulares, para quienes el gran público no sería más que un hatajo de cerdos iletrados”.
Pero a quienes argumentan que el arte contemporáneo es un timo y un fraude, Searle les responde con un sencillo y eficaz argumento: lo mismo se dijo, en su momento, de Pablo Picasso.
Es posible que entre el público que visitamos los museos nos hallemos muchos iletrados, personas carentes de la base formativa necesaria para entender las urdimbres de la obra artística e incluso críticos que erigen barreras entre el arte y el público a los que el malogrado José Luis Brea -teórico y crítico de arte, también- calificaba de “horterillas con tribuna” que desprecian con sus improperios descalificadores el contenido de algunas galerías; pero también es cierto (y vuelvo a citar a Brea) que “mejor ese desprecio que la santurronería almuecina de los predicadores del mundo del arte, mercenarios de vocear su fe, y que al hacerlo son ellos los que de verdad desacreditan el arte que pregonan”.
Es por lo tanto un problema de formación artística y crítica por parte de todos.
Dudo mucho que los “cerdos iletrados” visiten los museos, pero si lo hacen y son engañados será responsabilidad de todos. De ellos mismos por carecer de la preparación necesaria para visitar las galerías de arte pero también de los galeristas, comisarios, críticos y directores de museos por permitir que determinados “bodrios” se cuelguen en las paredes de los mismos. Y también de los mal llamados “artistas” que se aprovechan de la ingenuidad y patanismo de nuestro mundo actual.



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