De cobardes y de jefes

 

cobarde

(20/2/2012) Es lógico. No hay que darle muchas vueltas a la cabeza, ni ir a Salamanca para saberlo. Usted y yo querido lector, descendemos de los más cobardes de la tribu o de los jefes de la misma. Así de sencillo.
El gen de la cobardía y el de la jefatura son los más extendidos entre los mortales; genes dominantes desde la prehistoria hasta hoy. ¿Que no?
Lo dicen, con claridad meridiana, los que estudian el paleolítico: “quienes valientemente se enfrentaron a los tigres dientes de sable, con toscas hachas de piedra, murieron en la refriega, mientras que quienes se escondieron detrás del follaje o de los árboles, volvieron a la aldea para consolar a las viudas; y ya puestos…”.
Aquellos valientes, que luego alguien, para tranquilizar la propia conciencia cobarde, llamó temerarios, no lograron descendencia.
Sólo los pusilánimes que huían como ratas y los jefes que daban órdenes desde los altozanos, inmunes a los peligros, contribuyeron a la propagación de la especie de la que formamos parte usted y yo. Los muy sapiens.
En la prehistoria y en la historia los más valerosos no nos legaron su carga genética.
¿Qué me dicen de quienes subían en primer lugar por las escalas para acceder a las murallas del castillo? ¿qué de la fiel infantería? Las primeras cabezas, las de los más arrojados, fueron barridas por el aceite hirviendo de los castellanos, en el medievo, o por los nidos de ametralladoras de los de enfrente, ayer mismo, para que sus cuerpos sirvieran de escondite a los de atrás, a los cobardes.
Vea los documentales de la 2 y se dará cuenta de la veracidad de lo que les digo. Ahora que están echando historias sobre la Segunda Guerra Mundial o cualquier otra guerra, compruebe como los jefes enviaban a los más osados para luchar en primera línea o infiltrarse en campo enemigo mientras ellos, agotados por tanta orden, se tomaban un café en el despacho.
También los servicios de espionaje.
Vera Atkins, por ejemplo, envió desde una Inglaterra en llamas a decenas de valerosas muchachas para que se unieran a los miembros de la resistencia en la Francia ocupada.
Pero por la mala gestión del alto mando o por la inadecuada interpretación de los mensajes -algunos no tenían el código de seguridad acordado y aún así fueron dados por buenos-, siguieron mandando jovencitas que cayeron como moscas en manos del enemigo. Las muy valientes.
Pero los jefes, las jefas, sobrevivieron a la matanza para ser, más tarde, condecorados, casarse y tener hijos. Descendencia.
El mundo , por eso, está lleno de cobardicas y de mandatarios.
Mandatarios ya realizados porque han conseguido el poder, o frustrados al no haber despacho para tantos.
Cuando busque en su árbol genealógico el nombre de algún antepasado célebre procure llegar a algún mandatario, mandamás o mandarín, de lo contrario tendrá que hacerse la idea de que procede, como casi todos, del cobarde de turno que se cortó los dedos del pie para no ir a las guerras del Peloponeso y así quedarse en el gineceo que era más divertido.
Lo cual no da para presumir mucho. Pero…
Por eso, querido amigo, cuando se encuentre en medio de una gran multitud con ganas de salir corriendo, no se culpabilice ni se diagnostique como claustrofóbico, simplemente está atendiendo a la llamada atávica del gen de su cobardía. Sólo él sabe, en su inteligencia de siglos, que lo más lógico es salir corriendo.
Piense que, de ocurrirle algo, quienes le rodean son o bien cobardes -y no harán nada por usted- o bien jefes que se pondrán a buen recaudo para dar órdenes desde la seguridad del poder.
Es lógico.



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