Custodiunt non carpunt

custodiunt

(10/11/2014) Nada es nuevo bajo el sol, dice un viejo adagio. Tampoco son nuevas la avaricia y la corrupción que han encontrado acomodo en tanto poderoso que copa los noticiarios y que sonríe encorbatado mientras va a visitar la cárcel.
Las manos, las afanosas manos, las encallecidas manos, símbolo del esfuerzo y del trabajo para nuestros abuelos también fueron para los antiguos símbolo de avaricia cuando estaban cerradas y de corrupción cuando estaban abiertas para recibir prebendas a cambio de favores.
Un emblema barroco que representaba un jardín repleto de exquisitos frutos con dos tebanos sin manos, como guardas, se convirtió en el símbolo de la integridad de los políticos y de los jueces.
Ojos para guardar flores y frutos, sí, pero sin manos para no verse en la tentación de tomarlos, de apropiárselos. Custodiunt non carpunt -custodian y no toman-, que la tentación es muy fuerte y meter mano en la bolsa se hace irresistible por aquello que decían los más viejos, tan sabios, “administrador que administra y enfermo que se enjuaga, algo traga”.
Pero como cortar las manos a quienes se dediquen a trabajar en el jardín del dinero o a realizar ciertos manejos –que viene de manos- es poco práctico, el filósofo Javier Gomá lleva años predicando en el desierto recordándonos con magníficos ensayos la necesidad de una ejemplaridad pública, de una ética del ciudadano donde todos seamos ejemplo para todos.
Educar a los ciudadanos en la virtud del ejemplo o de la ejemplaridad ahora que quien más quien menos se halla escandalizado por la corrupción de tanto prócer que viste ropajes llenos de bolsillos.
Ya en 1640, Diego de Saavedra y Fajardo nos recordaba en el capítulo 53 de sus “Empresas políticas” que “no puede ser bien gobernado un estado cuyos ministros son avarientos y codiciosos porque ¿cómo será justiciero el que despoja a otros?”.
Mucho ha llovido desde entonces y no hemos ido a mejor, querido, Diego. Va a ser cierto aquello de que todos llevamos dentro un sinvergüenza, un asocial y un corrupto. Y que cuanto más se usurpa más se desea.
El mexicano Jorge Zepeda, premio Planeta por su novela “Milena y el fémur más bello del mundo”, dice que “la corrupción nos molesta mucho salvo cuando tiene que ver con una ventaja personal”. Y va a tener razón porque tras el acusatorio “y tú más” de los corruptos se esconde peligrosamente el “y tú porque no puedes”.
Sabemos que para la proverbial avaricia del Cardenal Mazarino, hombre todopoderoso en la corte de Luis XIV de Francia, el “rey sol”, tuvieron que trabajar ¡300.000! súbditos franceses de sol a sol, lo que no sabemos es el número de preferentes que se desgraciaron por las tarjetas opacas de Caja Madrid ni por qué las 20 fortunas más ricas de España tienen tanto dinero como el 30% de la población más pobre, ni cómo demonios el 1% de los más ricos tiene tanto como el 70% de los ciudadanos según dice la ONG Oxfam Intermón. Misterios que da la vida.
Séneca, tan sabio y tan antiguo, escribió que la corrupción es un vicio de los hombres y no de los tiempos o por decirlo en “roman paladino” algo que forma parte de la condición humana como la delación, la avaricia o la xenofobia. Algo incrustado en el ADN de la especie.
Aquellos que fueron apodados de incorruptibles como Pericles o Robespierre, no lo eran tanto o no lo eran en absoluto. El primero fue acusado de especular en los trabajos del Partenón y el segundo se dedicó a segar cabezas en París.
Basta leer la “Breve historia de la corrupción” de Carlo Alberto Brioschi para perder toda esperanza en el remedio, si es que alguna vez la tuvimos.
Por no salvarse no se salva ni Dante que en su Divina Comedia situó a los corruptos en el infierno pero que fue condenado al exilio por recibir dinero a cambio de favores. Su compatriota Cristóbal Colón, más pragmático, y con menos escrúpulos que el florentino reconocía, sin embargo, que con el oro hasta las ánimas podrían subir al cielo.
Por eso nada de meterse con las afanosas y encallecidas manos, señores tebanos. Al poder hay que ir y volver desnudos porque como dice Sancho Panza en el Quijote: “yéndome desnudo, como me estoy yendo, está claro que he gobernado como un ángel”.
Aunque pensándolo bien y dada la triste y débil condición humana, mejor que vayan al jardín del dinero sin manos y desnudos, como el magnífico Diadumenos de Policleto que abre este artículo.



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