¿Culpable o inocente?

pascual

(10/10/2017) “Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo…”, clama Pascual Duarte al inicio del manuscrito que envía a don Joaquín Barrera López desde la cárcel.

 A los setenta y cinco años de la publicación de la obra que se embellece con este inicio tan demoledor (hay bellezas demoledoras), somos muchos los que seguimos preguntándonos si Pascual Duarte era culpable o inocente.

El dilema moral que provoca en el lector es quizá lo más sobresaliente e impactante de la obra que Camilo José Cela entregó a la imprenta en 1942.

-¿Cuál es su libro de cabecera?, me preguntaron hace poco en la feria del libro.

-Uno de mis libros de cabecera -pues son ya tantos que se amontonan en mi mesilla amenazando derrumbe- es La familia de Pascual Duarte, respondí.

Y sí, es uno de los libros que más me ha impactado (también, entre otros, Crónica de una muerte anunciada de García Márquez) hasta el punto que en mi novela Punto de mira intenté desde otra perspectiva y desde otra época recrear la asfixia moral que producen las sociedades cerradas y entre ellas las del mundo rural de hace no tantos años.

¿Es inocente o es culpable el protagonista de La familia de Pascual Duarte?, ¿es inocente o culpable ese mundo rural antiguo lleno de intrigas, delaciones, calumnias, que refleja Punto de mira?

 Preguntas que lejos de agotarse en su planteamiento llevan a más preguntas, a buscar causas de ese proceder atávico, al por qué de esos comportamientos cainitas en los grupos cerrados, que desembocan en tanta bajeza moral.

 Y tanta pregunta termina quedándose en el aire y uno no llega a comprender qué tipo de resortes de su razonamiento, qué oscuros presentimientos de su juicio le llevan a la duda, a creer que los inocentes son culpables y los culpables, inocentes.

 Quizás por eso, por esas diatribas morales que plantean, por los sentimientos encontrados que generan, las obras grandes de la literatura, lo son. Como La familia de Pascual Duarte.

 Veinticinco  años tenía Camilo José Cela cuando escribió el texto que sigue preguntándonos tras su lectura si estamos ante un criminal o ante un inocente, ante un verdugo o ante una víctima. Como Gregorio Marañón que llegó a decir que Pascual Duarte era “un manso cordero acorralado por la vida”. Lobo o cordero, esa es la cuestión.

El escritor de “rostro de caballo desabrido, ávido de conocimientos, desinhibido, socarrón muy dado a escandalizar con boutades…” según describió Ignacio Echevarría a don Camilo, maneja en la novela, en su tremendismo,  una prosa llana y convencional, pero densa y profunda, a un tiempo.

Prosa cervantina, que desde la aparente náusea de alcantarilla lleva al lirismo, a la compasión y a la ternura y de la que destilé, en mi primera lectura, metáforas y comparaciones como las que siguen:

“Almendralejo comenzaba a encender sus luces eléctricas como una tortuga baja y gorda, como una culebra enroscada que temiese despegarse del suelo”.

“El ayuntamiento era grande y cuadrado, como un cajón de tabaco”.

“Las chicharras con sus huesos parecían querer limarle los huesos a la tierra”.

“La sangre corría como desbocada y me golpeó la cara. Estaba caliente como un vientre y sabía lo mismo que la sangre de los corderos”.

 Cela abre en canal a Pascual Duarte y al hacerlo le desnuda hasta la sangre para mostrarnos las raíces mismas del crimen.

 Y luego está el destino, como un personaje más de la novela, del que parece imposible desasirse para evitar lo inevitable. Un fatalismo de quien ha nacido para “rosa en un estercolero”, pero a quien un clima hostil que lo impregna todo le conduce a la sangre.

 Novela lineal escrita en primera persona que abarca toda una vida llena de odio, venganza y desesperación.

Ópera prima de un escritor de tan solo veinticinco años, como se dijo y novela española más traducida después del Quijote que llegó a publicarse gracias a los buenos oficios del vallisoletano y miembro de la RAE José María de Cossío quien, en palabras de un irónico Cela, fue “el culpable máximo de que esto haya llegado a publicarse”.

 Un clásico que cumple setenta y cinco años. Una joya.



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