Cuando los inéditos van al psicólogo

(10/12/2012) De vez en cuando surgen en el mundo literario noticias sobre obras de algún reconocido escritor que, por distintos motivos, no llegaron a publicarse mientras vivió. Los inéditos.

Son obras marcadas por la orfandad y alimentadas desde su nacimiento por padres adoptivos que suelen llevar el nombre de fundaciones, editores, amigos del autor, viudas, hijos, etc.

Como ocurre con cualquier hijo que viene al mundo, también entre los inéditos podemos establecer una primera y rotunda clasificación: los deseados y los no deseados.

Entre los primeros estarían aquellos trabajos que el autor siempre quiso, a lo largo de su laborioso periodo de gestación, que llegaran a los lectores pero que vieron truncado su sueño por la muerte que siempre llega y sorprende. Y entre los segundos se hallarían aquellos que el autor no quiso publicar por vete a saber qué razones o motivos. Que los tendría.

Este cementerio de libros inéditos, marcados por el desamor o la impotencia del autor que no quiere ver vivo al hijo que ha engendrado, es el que siempre ha llamado más mi atención. Son, al fin y al cabo, obras que nacen -porque terminan naciendo cuando el padre ha muerto como los nonatos- con el estigma de no haber sido reconocidas oficialmente, obras bastardas, a las que luego todos los que viven del “difunto-célebre” se empeñan en atildar y criar como a los legítimos (a veces exagerando sus virtudes, en un necesario mecanismo de compensación que asegure su supervivencia). Trabajos que, en el mejor de los casos, como veremos a continuación, se regalan a amigos o conocidos como ocurría con aquellos hijos que, en épocas de miseria y hambruna, se entregaban a amigos o familiares para que los hicieran suyos. Aunque otros, ¡ay! los preferían muertos.

Quizás quien mejor representa a este último tipo de padres sea Franz Kafka que, poco antes de morir, solicitó a su amigo Max Brod, destruir todos sus manuscritos. Matarlos.

Pero el universo literario está lleno de obras no deseadas o que se deseó matar, que alcanzaron con el tiempo el grado de la excelencia literaria, como le ocurrió a Las Metamorfosis.

Hace ya diez años que murió el poeta José Hierro autor, según se ha sabido más tarde, de cuatro novelas que no quiso publicar. Las dos primeras, y en palabras del autor, por “malas…(al contener) ese cargamento autobiográfico que hay que abandonar en alguna parte”, la tercera porque, según dejó escrito “reflejaba con excesiva claridad personas y hechos que han estado cerca de mí” y la cuarta por habérsela regalado a un amigo. Como ven motivos dispares y diversos. Pero siempre respetables sobre todo si nacen del lógico escrúpulo de publicar algo no debido.

Otro que no quiso ver a su criatura, al menos mientras él viviera, -lo que por otra parte daba ciertas esperanzas de nacimiento a la criatura- fue José Saramago que se negó a publicar el manuscrito “Claraboya” desestimado por una editorial cuando el portugués contaba 31 años de edad y aceptada hasta el aplauso ¡40 años más tarde! por la misma editorial, cuando el autor era ya una celebridad ¡Menudo mérito, señor editor!

Ocurre con estas obras como con los hijos concebidos extramaritalmente y ocultados de forma vergonzante al resto del vecindario, pero que cuando se sabe que portan el ADN de alguna celebridad son expuestos impúdicamente por los padrastros como “el hijo de…”, sin que el padre haya querido reconocerlo en vida.

También doña Emilia Pardo Bazán, con apenas trece años de edad, concibió una criatura literaria, que a regañadientes y “por santa obediencia” entregó a su amigo Lázaro Galdeano.

El motivo que dio la escritora gallega, la “santa obediencia”, recuerda demasiado al de aquellas muchachas que por motivos económicos, o por ser algo rechazable en la sociedad de entonces, entregaban a sus retoños, en brazos de la inclusa.

Curioso, muy curioso este mundo de los inéditos.

De los motivos que tuvo cada cual para no querer saber nada del hijo que había engendrado, quizás sea el económico el que nos cause una sensación más patética. Aunque cuando el hambre aprieta…

Que se lo digan si no a Graham Green que vendió una de sus obras a un editor británico por 8.000 libras. Cuando el autor de El tercer hombre, que en un principio quiso evitar su edición, vio que se trataba de una obra interesante y rentable, autorizó su publicación años más tarde.

No sé a ustedes, pero a mi, “El décimo hombre” de Graham Greene -que ese es el título de la obra en cuestión- siempre me recordará a los padres que tras desentenderse del fruto de sus entrañas por motivos más o menos sombríos, gritan años después, al saberse padres de algún famoso, ser quienes lo engendraron, para colgarse la medalla póstuma de los carnívoros.

Quizás, de todos los inéditos, estos sean para mí los más cobardes.

En cualquier caso los inéditos y sus padres deberían ir al psicólogo. O eso creo.



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