Clubes de lectoras

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(10/1/2014) “Hay que leer aunque sean periódicos” decía Ernesto Sabato, el autor argentino que tanto sabía sobre la condición humana.

-¡Hay que leer!- claman desde el ayuntamiento de la ciudad la concejalía de cultura o de participación ciudadana o de lo que sea.

Y dicho y hecho. Las directoras de biblioteca y sus equipos se lanzan, cual soldados ante batalla que saben perdida, a buscar bajo las alcantarillas a alguien que lea y que, además, no le importe compartir sus experiencias lectoras con otros “rara avis”. Difícil misión.

Las directoras de biblioteca -así, en femenino plural- cual Diógenes modernos buscan lectores en el páramo cultural tras la sequía más pertinaz que imaginarse pueda. “Busco un lector” gritan iluminando con su farol la noche de los tiempos que corren.

Y entonces como un milagro, brotan en la calzada, en el asfalto endurecido por el trajinar de tanto iletrado que presumen de ello -“no he leído un libro en mi vida” dice la señora Beckam- los primeros brotes, las primeras flores: las lectoras. Así, en femenino plural.

Entre los espacios que ha compartido la complicidad femenina a lo largo de la historia, y desde donde se han ganado batallas y perdido imperios, los clubs de lectura figuran ya como uno de los más señeros.

Desde ellos, desde esos modernos estrados, las mujeres harán lo que siempre han hecho, comprender mejor la vida, alcanzar la libertad, dominar el mundo. Y el hombre en su secular soberbia seguirá sin enterarse.

Las labores mujeriles, tan denostadas en la historia que ha escrito la arrogancia del hombre, son las que de verdad importan. Las que hacen que la especie homínida no caiga en el abismo al que conduce la irresponsabilidad de los machos. Tarde lo sabemos.

Nada de machos-alfa. Las mujeres son las hembras-alfa que dirigen la tribu desde la prehistoria. Y el macho, ese director del documental sobre primates, sigue sin enterarse.

-Luis, tienes que apadrinar un club de lectura- me piden desde el ayuntamiento, desde la concejalía de cultura o de participación ciudadana o de lo que sea.

Y una vez que acepto, pienso que la osadía y temeridad del hombre -así, en masculino singular- mi osadía y arrogancia, no tienen límites. ¿Cómo apadrinar a quien no necesita padrino?, ¿cómo dirigir a quien lidera el mundo?, ¿cómo intentar siquiera dar lecciones a un sabio?

Basta asomarse al autobús de cualquier ciudad, la mañana o tarde de cualquier día para comprobarlo. Ellas leen y ellos miran.

O ellos leen…prensa deportiva. Que algo es algo y no se trata, en época de hambruna, de hacer ascos a viandas más o menos apetecibles.

“En mi vida solo he leído un libro: la biografía de Diego Armando Maradona” confiesa Leo Messi, ese macho-alfa del deporte que impone las piernas al cerebro en el mundo del revés que habitamos. Leo no lee. O sólo lee un libro. ¡Ay!

“Creo que las mujeres son hoy más libres porque leen más, de modo que son dueñas de su propia manera de estar en el mundo y de, en su lugar y momento, manejarlo” escribe y con razón Juan José Armas Marcelo. Otro que se ha dado cuenta de los derroteros por los que camina nuestro mundo.

Los hombres son mayoría en otros clubes. Los clubes deportivos, como dije. Esos espacios en los que la liturgia imperante consiste en rendir culto a las piernas de afamados millonarios que juegan a ganar.

Las mujeres, mientras tanto llenan asociaciones, clubes, sociedades, tertulias. Entrenan el cerebro, ese universo en mil trescientos gramos que tenemos entre las orejas.

Y el cerebro siempre terminó venciendo a las piernas.

Que se preparen los machos. El siglo XXI es ya el siglo de la mujer y el del cerebro. Pero ¿qué siglo no lo fue?

Respondan ustedes mismos.



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