Bajo el garrote

garrote

(30/07/2016) Quizás el único acuerdo al que ha llegado el ser humano, tras milenios de existencia, es a constatar que no hay acuerdo posible. Lo sabemos por experiencia aunque esto tampoco nos sirva de mucho.

Bernard Shaw decía que lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia.

No hay acuerdo posible por más que alguien se empeñe. Las posturas son las que son desde la noche de los tiempos: o eres blanco o eres negro, progresista o conservador, taurino o antitaurino, creyente o ateo, macho o hembra, rojo o azul…

Es la dualidad existencial, el yin o el yang, la cara o la cruz, el ser o no ser shakesperiano.

Las medias tintas no existen y de existir habría que acabar con ellas, dicen los inflexibles. Tampoco la tibieza. O frío o caliente, “¡ay  de los tibios!”, que dice el evangelio.

Si lo dicho hasta aquí es válido para cualquier estado, nación o tribu, para España lo es aún más. Aquí hizo escuela aquella antigua expresión que decía “el honrado y principal / ha de esforzarse en no erralla / pero si la face mal / sostenella y no enmendalla”, o sea persistir empecinadamente en errores garrafales por más que nos hayan convencido de lo contrario.

La tozudez como valor. El “mantenerse en sus trece” caiga quien caiga.

Vean ese cuadro de Goya en el que dos individuos se matan a garrotazos y tendrán un gráfico y perfecto resumen de lo que quiero decirles.

Pongan en el personaje de la izquierda a quien gusten: taurino, ateo, futbolero, … e imagínense en el de la derecha a su contrario y tendrán el más claro ejemplo de lo que significa ser español.

Ilusos hay que dicen que hay que conciliar posturas, que hay que ver los matices, que existen los grises, que la realidad es compleja…¡Pobres!

Siempre me los imaginé entre los dos energúmenos del cuadro goyesco abatidos a garrotazos tras su frustrado intento de separar a los contrarios, invisibles bajo el barro en el que yacen.

Cada vez que algún amigo me invita a firmar alguna tesis o manifiesto de esos que tanto abundan en las redes, a tomar postura, a comprometerme con su causa que es, por supuesto, la única posible, la mejor para él, me imagino cogiendo el garrote de marras para darle lo suyo al oponente. Oponente que es otro bienintencionado amigo que me propuso hace días lo contrario.

Y cuando desisto por aquello de llegar a acuerdos, veo que me he acercado peligrosamente al centro de la acción y que voy a recibir por los dos lados lo que me merezco por no saber en qué barrizal me muevo. “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios…”

Y todo por meterme “en camisas de once varas”, todo por no hacer caso del abuelo que me aleccionaba con aquello de que no había que meterse “ni en porfías ni en cofradías”.

 Hasta a los lectores, tan comedidos ellos, tan callados, tan embebidos en sus lecturas, se les exige tomar postura, acabo de verlo en una revista que dedica un amplio espacio al tema: o eres lector de un tirón o eres lector reposado. Lo uno o lo otro. Nada de medianías que luego traen litigios y ganan los de siempre.

Lectura fluida o lectura profunda, lectura trepidante o lectura reflexiva. Lo uno o lo otro.

De nada sirve que cada lector tenga sus ritmos y sus momentos y que unos días le lleven a una lectura y otros a otra. Que unas novelas te absorban y otras te exijan más esfuerzo. De nada.

O eres lector rápido de best seller (lo que te señala, para algunos, como un mal lector) o lector lento de obras complejas y sesudas (lo que, para otros, te convertiría en un lector excelente).

El filósofo Francis Bacon, hace cuatro siglos, nos dejó una reflexión que bien podría servirnos cuando aparecen estas diatribas, estas controversias que llevan “a ningún acuerdo”. Dijo:

“Algunos libros son para probarlos, otros para tragarlos, y unos pocos para masticarlos y digerirlos”.

Leer con facilidad o leer con esfuerzo. Leer doscientos libros al año como hacía Agatha Christie o emplear años en leer el “Finnegaus Wake” de James Joyce  que tardó diecisiete años en escribirlo y que Marcelo Zabaloy ha conseguido traducir tras siete años de dedicación exclusiva.

Posturas irreconciliables.  Ningún acuerdo. Cada cual en sus trece.

Abatidos a garrotazos yacen en el barro la escucha, el respeto, la ponderación, el acuerdo, la empatía, el ceder algo para que todos ganemos.



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