Autoedición

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(10/10/2010) Dicen que cada vez son más los escritores que acuden a la autoedición para ver publicadas sus obras y que aumenta el número de empresas que, ayudándose de las posibilidades que ofrece internet, se ofrecen al escritor para publicar sus primeros trabajos. Círculo Rojo, Cultiva Libros, Grupo Búho, AM Editorial, Ulzama Digital, Nuevos Escritores, Edición Personal, Editorial Aldevara, son algunas de las empresas que les ayudan a ver realizado el sueño de su vida: ver publicada su primera novela.
Son autores que no encuentran editor ni tiene la suerte de ganar un premio literario. O sea la mayoría.
Rastreando en Internet uno encuentra que hay tantos detractores del invento como defensores de la causa. Pero esto ocurre en cualquier aspecto o empresa que se expone en la red. Hagan la prueba.
Sobre los defensores, a quienes se suele colgar el sambenito de pertenecer al gremio de la autoedición no voy a hablarles. Que cada cual piense lo que buena o malamente quiera. De los detractores ¡que les voy a decir!
Argumentan éstos que siempre quedará, en el historial del escritor, la mancha imborrable y vergonzante de que haya tenido que autoeditarse sin acudir al sello de una editorial que prestigie su novela y la eleve al mundo de los oropeles narrativos. Que lo que hace al autoeditarse y pagar por ello es algo deleznable que le marcará para toda su vida de escritor. Arguyen, en fin, que le tocará vender los libros por su cuenta, arreglárselas para promocionar su obra y un largo etcétera de indignidades y humillaciones.
Olvidan que, salvo que seas un escritor de prestigio, también las editoriales, grandes o pequeñas, tiene que rentabilizar la inversión que exige cualquier publicación y que el autor tiene que ponerse al servicio de aquéllas para promocionar su trabajo. Son las leyes del mercado. Y entre estas leyes cada vez es más necesaria la de “saber venderse”.
Ignoran que hay editoriales, de sello, que piden la colaboración económica del autor para poder hacer frente a los primeros gastos de la edición, que le exigen la venta de determinado número de ejemplares entre familiares y amigos y le obligan a hacer presentaciones sin fin en la localidad en la que vive y donde, se supone, cuenta con un buen número de amigos y parientes, o sea de compradores.
Y es que si hay que hablar de servilismos ¿quién puede tirar la primera piedra?
Personalmente no veo mal la autoedición ni a los que se dedican a ella. Ayudan a muchas personas a realizar un sueño y aunque sólo fuera por ello deberían merecer todos los respetos. Si ello lleva a los autores a unos gastos materiales y a unos compromisos, pues de su bolsillo sale, de lo suyo gastan y “con su pan se lo coman”. Al fin y al cabo Borges pagó de su propio bolsillo la edición de “Fervor en Buenos Aires” y la madre de Rimbaud costeó la salida al mercado de “Una temporada en el infierno”.
Y son sólo unos ejemplos.



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