Arpa

 

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(20/11/2008) Un año más la feria sobre Arte y Restauración -ARPA- ha abierto sus puertas en el Recinto de la Feria de Muestras de Valladolid.
Visitar los pabellones donde las distintas administraciones y algún que otro particular exhiben sus logros es una de las tareas obligadas para quienes se aventuran a la visita del recinto.
La primera impresión para quienes no somos expertos en el tema es que el número de pabellones resulta excesivo y que, llegado el caso, uno no sabe donde acudir debido al bombardeo de reclamos visuales que le acosan desde que accede al recinto ferial. Si a ello se une la particular estructura que han impuesto los organizadores: en lugar del tradicional rectángulo, los expositores simulan un espacio público con sus calles y plazas, pues resulta que uno al final no sabe si ya transitó determinada rúa o no. Ocurre lo mismo que cuando se visitan las Ferias para disfrute de los más pequeños -ya saben coches de choque, norias, carruseles, casetas de todo tipo… – que el exceso de estímulos luminosos y auditivos es tan grande que uno se queda como atolondrado y sin saber que calle tomar para que se divierta su criatura. Pues en Arpa pasa algo parecido. Pabellones por doquier ofreciendo o demostrando lo bien que se restaura nuestro patrimonio, últimas tecnologías aplicadas al mundo de la restauración, expositores que al socaire de la feria nos venden un lugar turístico en la costa, Institutos de Restauración y Patrimonio de los más diversos lugares y países, etc. etc.
Pero esto es algo que al parecer buscan sus responsables que siempre presumen del crecimiento “cuantitativo y cualitativo” de la Feria, como si los 5.532 metros cuadrados y los 250 expositores fueran fácilmente digeribles para paladares corrientes y molientes. Pero así son nuestros políticos.
Como digo, uno se queda siempre atontado ante tanta llamada, ante tanta ostentación de medios. Y en este alarde se llevan la palma, como no podía ser de otra manera, las distintas administraciones. Se nota de lejos que juegan con pólvora ajena -nuestro dinero- y que no reparan en medios a la hora de hacer gala de todo tipo de proyectos.
Menos mal, que uno siempre encuentra su pequeño rincón de reposo y meditación, su “huerto en la ladera” que diría fray Luis de León, ante tamaña discoteca restauradora.
Perdidos entre los programas de restauración del patrimonio histórico-artístico, en un apartado sobrio y recogido encontré los expositores de facsimil. Libros únicos que atesoran las Bibliotecas Nacionales de distintos países y que, gracias a la labor de muchos profesionales, hacen asequibles a tanto “libromaníaco” que anda suelto por ahí y entre los que me encuentro. Pocos placeres tan intensos como tener ante sí “casi-originales” como el “Brevario de Isabel la Católica” y el “Libro de Horas de Juana I de Castilla”, ejemplares que atesora la Library British; o la “Biblia Moralizada de Nápoles” de la Bibliothéque Nationale de France que ofrece un siglo de historia dinástica entre Francia e Italia con uno de los más raros ejemplos de pintura napolitana;  o los más cercanos a nosotros como el “Beato de Liébana”, el “Beato de Cardeña” y el “Beato de Gerona”. Joyas que reflejan la pericia y el esmero de quienes trabajaron en sus ilustraciones.
Estos “casi-originales” -como son llamadas estas ediciones- tienen entre sus promotores un nombre que brilla con luz propia en España: Manuel Moleiro. Rodeado de un eficaz ejército de profesionales que utilizan los mismos materiales que los “scriptoria” de la edad Media, Moleiro nos permite disfrutar de los tesoros más preciados de las distintas Bibliotecas repartidas por el Mundo y a los que, seguramente, sus responsables nunca nos permitirían ni siquiera acercarnos para ver su polvo milenario.



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