Amores libros

niñez

(30/5/2016) Uno de los personajes históricos que pasarán desapercibidos en un año tan entregado al binomio Shakespeare-Cervantes, será, sin duda, el mallorquín Ramon Llull (el Raimundo Lulio de nuestros libros de bachillerato) que, como comenté en un artículo anterior, tuvo la “desgracia” de morir en 1316 y ya se sabe cómo se las gasta la fama con quienes osaron hacerlo en tal fecha.

María Moliner, Camilo José Cela, Rubén Darío…y tantos otros, que nacieron o murieron en fecha acabada en “16” tendrán que conformarse con las migajas de fama que caen de la mesa de las grandes efemérides. In saecula saeculorum.

Quien fuera paje de Jaime II de Mallorca, eremita en el monte Randa, defensor del amor caballeresco y máximo exponente del pensamiento hispánico en la Baja Edad Media, murió en Palma de Mallorca hace setecientos años a la muy avanzada edad de ochenta y cuatro años.

El hombre que creía en el poder de la palabra para convencer a judíos, musulmanes y herejes, que escribió su obra en catalán, latín y árabe, que trató con su pluma todos los asuntos del siglo, que escribió “Blanquerna”, “El libro del gentil y los tres sabios” y “Ars Magna”…entre otros, no llegó a saber que doscientos años más tarde la totalidad de su obra se hallaría en el Índice de Libros Prohibidos, decreto pontificio publicado por Paulo IV en 1558 y que no serían rehabilitados hasta el Concilio de Trento.

Pero si traigo a Ramon Llull a los negocios de mi cuaderno de bitácora no es por su importancia en el pensamiento medieval español sino por cuestiones más personales. Hasta hace pocos años se ubicaba en la calle Ramon Llull de Palma de Mallorca la Biblioteca pública homónima en la que pasé agradables veranos entregado a la lectura y a la investigación.

Eran los tiempos anteriores a los ordenadores y a Internet, eso que ya nos parece la prehistoria, y allí, barriendo en todos los libros que atesoraba la biblioteca luliana sobre historia de la educación, sobre maltrato a la infancia, nació mi libro “Niñez y castigo. Historia del castigo escolar”, que editó en un lejano 1998 el Secretariado de Publicaciones e Intercambio Científico de la Universidad de Valladolid.

Recuerdo con emoción aquellos veranos investigando en la biblioteca mallorquina, la cordialidad del personal de préstamo, la búsqueda por autores o por materias en sencillas tarjetas, …

También recuerdo la condición que me puso el encargado de publicaciones universitarias cuando le llevé el trabajo para su publicación: el prólogo lo tendría que escribir don Pedro Gómez Bosque, profesor emérito de la facultad de medicina vallisoletana y premio Castilla y León de Investigación Científica y Técnica en 1988.

Siempre consideré aquella imposición como el mejor premio a mi trabajo y aún conservo, como un tesoro, el manuscrito que don Pedro me entregó para prologar mi libro.

Estos son los milagros que hacen los libros, unir a personajes que sin compartir tiempo ni espacio pueden aparecer en un humilde artículo como el que les estoy refiriendo.

Pero estamos en el año Ramon Llull, o deberíamos estarlo, conocido por el apodo de arabicus christianus (árabe cristiano) -¿precursor de la alianza de civilizaciones?- y a quien se le atribuye la invención de la rosa de los vientos y del nocturlabio (instrumento para medir el tiempo a partir de la posición de las estrellas).

Considerado poeta, escritor, teólogo y misionero entre otros títulos, fue declarado beato por “culto inmemorial” y su fiesta se celebra el 27 de noviembre que es curiosamente el mismo día en el que los maestros celebran la fiesta de su patrono, San José de Calasanz.

Y esto nos vuelve a traer al mundo de las coincidencias, al libro “Niñez y castigo” y al prólogo de Pedro Gómez Bosque:

“…el amor pedagógico se caracteriza porque se dirige a la totalidad del Alma del educando (y no sólo a una de sus potencias concretas). Alma que es capaz de sentir todos los valores, esto es, el valor en sí mismo. Y su objetivo es desarrollar en el discípulo todas las tendencias positivas hacia valores espirituales. Ello significa que el verdadero amor pedagógico y la especialización se excluyen. Pues quien da al alumno sólo Ciencia sin estar guiado por la intención de elevar todo su ser es un mero erudito, pero no un auténtico pedagogo.”

Ramon Llull y Gómez Bosque unidos en el imaginario de este artículo, porque también los libros, no lo duden, hacen extraños compañeros de cama. Amores libros.



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