Agujeros negros en el universo literario

negro

(10/8/2013) La pluma -o sea, las teclas de mi ordenador- me pide que hoy les hable sobre los negros.

Pero no sobre los negros que alguien, eufemísticamente, llama “gente de color” -como si el blanco no fuera color-, sino sobre los negros como escritores a sueldo de algún afamado escribidor que no tenía tiempo para la demanda de tantos lectores como se le venían encima. Pobre.

Desconozco quien fue el primer negro de la historia de la literatura pero es seguro que dicho oficio es tan antiguo como “el oficio más antiguo del mundo” y que es muy probable que iniciara su trabajo de negro en las tablillas mesopotámicas, en los jeroglíficos egipcios o en los pictogramas de la antigua China. A saber.

¿Se imaginan a Nerón pariendo versos al son de su lira sin la ayuda de un escritor romano?, ¿de un negro? Yo tampoco.

Estos negros no pasaron a la historia porque seguramente trabajaron para un “donnadie” o un “don-alguien”, como Nerón, que se enriqueció a costa de ellos e hizo carrera política. Que ya lo decía mi abuela: “unos tienen la fama y otros cardan la lana”.

Escritores más modernos sí contaron con negros reconocidos y a sueldo y es muy posible que tras alguna de las mejores obras de la literatura universal se halle la mano y el talento de un negro. O del negro del negro. Me explico.

Cuentan que Alejandro Dumas padre, no paraba de llorar en el entierro de su negro al ser consciente de todo el trabajo que, a partir de entonces, se le vendría encima. Y que, mientras más moqueaba e hipaba de dolor, vio que entre los asistentes al funeral había uno más lloroso que él que clamaba al cielo cual plañidera bien pagada. Era el negro de su negro. Dumas, nada rencoroso, terminó suplicando sus servicios. L´autre Dumas.

Fueron los franceses los que crearon dicho término, nègre, como deja bien claro un exasperado Eugène de Mirecourt, editor que, al no soportar el éxito literario de Dumas,escribió allá por 1845:

“Fábrica de novelas, Casa Alejandro Dumas y Compañía: ” Rasque un poco en la piel de Dumas y encontrará al salvaje. Come patatas que saca ardiendo de la ceniza del fogón y las devora sin quitarles la piel: ¡un negro! Como necesita 200.000 francos al año, alquila desertores intelectuales y traductores a salario que los degradan a la condición de negros que trabajan bajo el látigo de un mulato!

Anécdotas aparte los escritores fantasma -que ese es el significado del término inglés Ghostwritter-, bien se merecen un homenaje dada su generosidad sin límites. Que es muy duro poner las palabras e ideas que ha de firmar otro, sin derechos sobre las mismas. Muy duro.

Sobre todo cuando esos otros son deportistas, presentadores de televisión, políticos, actores y demás fauna de la tele que no tienen ni puñetera idea del oficio literario y que luego van a presumir -vanitas, vanitatis- de lo bien escrito que está su libro. Impostores.

Dicen las “malas lenguas”, esas que suelen estar muy bien informadas, que el 60% de lo que se publica está escrito o revisado por un negro y que el porcentaje aumenta en los libros autoeditados.

El mundo de los negros literarios ha dado y da para muchas anécdotas e incluso se cree que tras las denuncias de plagio que sufren algunos escritores se halla la labor de un negro que se venga del escritor para el que trabaja. Que se lo pregunten a Bryce Echenique, Jorge Bucay, Ana Rosa Quintana o al premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, allá donde esté.

Lo que está claro es que deberíamos conocer a los negros de nuestros escritores o de nuestros famosos. Cómo se llama quien redacta el discurso de nuestros políticos.

No sé a ustedes pero a mí me encantaría saber el nombre del negro americano que escribió la novela que más tarde firmaría, como propia, nada más y nada menos que Sadam Husein.

Que cuando el trabajo es compartido, el mérito por la obra bien hecha también debería serlo.

Y no solo en los negros sino en aquellas obras que fueron escritas “a cuatro manos” y de las que les hablaré en mi próximo artículo. Obras de autoría compartida que pueblan las baldas de nuestras librerías. Historias de dúos de escritores. O de tríos. Quién sabe.

Que hay que dar al César lo que es del César y a los dioses de la literatura lo que en justicia les corresponde. Sin añadidos ni menguas. Digo.



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