A dos metros

manos

(20/06/2020) Después de más de tres meses de ausencia, largos como una mala noche, allí, frente a mí, a dos metros, estaba mi madre.

 Llegó la fase 2 y pedí cita para verla. El director, abrumado y temeroso por lo vivido durante estos meses, me concedía la entrevista ordenándome llevar mascarilla nueva y cumplir los obligados protocolos. “Yo tendré que estar presente” me dijo por teléfono como quien lanza una amenaza.

 El martes nueve de junio pude por fin acercarme a la residencia. Me puse la mascarilla nueva. Llamé al timbre.

-Permanezca en el umbral, hemos de tomarle la temperatura -me asesoró desde lejos el gerente entre amable y solícito, aunque asustado.

 La enfermera colocó en mi frente un termómetro (ahora lo llaman lector de temperatura). Miró complacida el resultado y me ordenó colocarme sobre una pileta con desinfectante para limpiar mis zapatos. Compruebo que las medidas van en serio, que se respira miedo al contagio.

-Debe desinfectarse las manos -me ordenó el director señalándome un frasco que se hallaba sobre la mesa mientras observaba mi comportamiento y escudriñaba mis movimientos desde su mascarilla como aquellos médicos de la peste del medievo.

 Asustado ante tanta liturgia tomé asiento. Frente a mí, al otro lado de la frontera, la silla vacía en la que se sentaría mi madre.

 Era una mesa estrecha y larga (de dos metros de largo como exigen los cánones higiénicos).

 Llegó por fin mi madre (la trajeron en su silla de ruedas) con la mirada insondable, el juicio dormido y la mente entre brumas, devorada por el vacío, pero con la sonrisa ancha y acogedora de siempre (o eso me pareció leyendo su gesto tras la máscara).

-¿Cómo está, madre? –la pregunto a gritos desde el tapabocas para vencer los dos metros.

-Bien –responde como una autómata.

Mi madre siempre responde “bien” a lo que se le pregunta: ¿cómo ha dormido?, bien; ¿cómo se encuentra?, bien; ¿qué tal la cuidan?, bien…

 Yo sigo preguntando, aun sabiendo su respuesta, ¿de qué vamos a hablar si no?

Mi madre, con su juicio huidizo y vacilante, con su mirada hacia ninguna parte. Niña otra vez a sus muchos años, hablándome de su madre y de su abuela, vivas en la niebla de sus recuerdos.

 Allí, a dos metros, mi madre. Se me hace duro no poder tocarla, abrazarla, besarla como antes, poner en su oído canciones antiguas que, en ese viaje al pasado que es toda vejez, la entusiasman: “el Ebro guarda silencio”, “yo tengo una casita pequeñita en Canadá”…

-¿Sabe madre por qué llevamos esta mascarilla?

-¿Qué sé yo? –me dice sonriendo (esa es la impresión que me da al achicar sus ojos, pero igual es una falsa impresión y ni siquiera sonríe).

-Es la gripe, madre…Hay una epidemia y así no nos contagiamos…

-¡Claro! –me responde sin pensárselo dos veces.

 Le digo “la gripe” porque ella es una superviviente de esa vieja pandemia. Nació cinco años después de la terrible “gripe española” y siempre temió el contagio. Ella, que, en mis ojos de niño, nunca tuvo miedo a nada, siempre temió a la gripe.

 El director cumpliendo la normativa vigente zascandilea de un lado a otro, sin perdernos de vista. Parece una de aquellas “carabinas” antiguas que acompañaban a las parejas para evitar tentaciones.

 Me fijo en las manos de mi madre que descansan sobre la mesa. Manos nervudas y callosas, fatigadas por tanto oficio. Las manos de mi madre.  Manos que han pasado por todos los trabajos, por todas las caricias. Manos que han segado y amasado, que han lavado en el río, que han cocinado para alimentar a tantos, que han tejido y remendado (cuántos jerséis, cuántas bufandas nos hizo cuando niños). Manos expertas en arrullar, sanar, peinar, frotar…

 Allí, a dos metros, mi madre. El cuerpo de mi madre. El mismo que me nutrió de afectos y caricias. Tomad y comed, porque esto es mi cuerpo…parece decir en su mudez. Cuerpo que nació para la entrega, para el sacrificio, para ser alimento, eucaristía…, para ser de todos menos de ella.

 Duele verla así espectral y distante. Vulnerable. Ella que fue tan cercana, tan presente…Tan fuerte.

Alzo los brazos para que sepa que sigo ahí, a dos metros de distancia. Ella, ríe mientras mira hacia otro lado. Ajena a casi todo. ¿Qué estará viendo mi madre cuando calla y sonríe?



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