¿A dónde van los versos que guardamos, que no damos?

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(30/5/2015) Cada vez que asisto a la lectura de un poemario dada por uno de tantos poetas premiados en uno de tantos concursos, no puedo dejar de pensar en aquellos que presentaron su obra y no alcanzaron galardón alguno. Poetas frustrados que guardarán sus versos en el cajón de su escritorio esperando tiempos mejores.
Hace unos días asistí a la lectura del ganador del premio Treciembre, el poeta donostiarra Manuel González, y mientras nos leía unos poemas que me parecieron cargados de lirismo y emotividad, de poesía con mayúscula, volvió a abordarme el mismo pensamiento.
De los ochenta y tres poetas que se habían presentado al premio, según dijo el presentador, solamente Manuel se llevó el gato al agua.
Por eso como en aquella canción que se preguntaba “a dónde van los besos que guardamos” me pregunto a dónde van los versos que guardamos al no ganar concurso alguno y que nadie ¡ay! leerá en pública asamblea. Versos que no leeremos por no haberse publicado y que no se publicaron por no haber sido premiados.
Y es que siempre que asisto a la entrega de un premio, pienso en los no premiados, repito. Y más que en los no premiados que suelen ser multitud -a los premios de narrativa se presentan cientos de aspirantes de los cinco continentes- pienso en el segundo y tercer clasificado, esos que se quedaron a las puertas del premio gordo, que tocaron el cielo con la mano antes de que, cruel e indiferente, se les esfumara.
Ya sé que con el listado de finalistas, y la posible publicación del libro que ofertan algunas editoriales, se mitiga de alguna manera la frustración de los no premiados, pero no es lo mismo.
Si siempre resultaron atractivos los perdedores ¿qué decir de los fronterizos?, ¿qué decir de quienes se quedan en los límites de la gloria que otorga el premio?
Si la mejor obra literaria es aquella que nunca se escribió, la segunda mejor obra es, posiblemente, la que no se publicó por no haber sido premiada. Esa que cubre sus vergüenzas y desesperanza con el polvo de las cajoneras.
Cuando Nicanor Parra recibió el premio Cervantes, su nieto, Cristóbal Ugarte Parra, leyó un discurso en el que, entre otras cosas, dijo:
“En estos momentos y en la distancia mi abuelo se formula la siguiente pregunta ¿se considera usted acreedor al premio Cervantes? ¡Claro que sí! ¿Por qué? Por un libro que estoy por escribir”.
Lo dicho. La mejor obra literaria es la no escrita, la que está por escribirse.
Otra cosa es la justicia, la equidad y la transparencia que rodea a los premios.
Si quieres presentar tu obra a un jurado es mejor no pensar en cosas tan abstractas ni tener en cuenta lo que, una vez más, Nicanor Parra nos dice: “los premios son para los espíritus libres y para los amigos del jurado”.
Para hacerse una idea de cómo está o ha estado el “patio del galardoneo” sólo tienen que pensar en que el político Winston Churchill fue premio nobel de literatura y que Jorge Luis Borges, no.
Aun admitiendo la solvencia de los jurados, lo que es mucho admitir pues de todos es sabido que hay miembros como para echarles alfalfa, son tantos los cabos que hay que atar que el acudir a un premio y ganarlo se ha convertido en toda una estrategia napoleónica para los escribas.
A parte de considerar su cuantía y el prestigio que conlleva el galardón de marras, quienes optan a la gloria literaria han de dominar en profundidad unas técnicas detectivescas que les lleve al conocimiento de aspectos como el carácter, los gustos, la filiación política, la religión, los estudios, el oficio, los amigos, las frustraciones, los enemigos, el ideario, los estudios , el número de hijos, la vida sexual, etc. etc., de cada uno de los miembros del jurado que tendrán en su mano omnipotente la capacidad de emitir un veredicto que condicionará su futuro literario.
Todos estos y muchos más son los cabos que deberá aprender a atar quien aspire a ganar un premio literario, que es tanto como decir que le publiquen y le lean.
Y esto sin olvidar el consejo que daba el gran Groucho Marx cuando nos recordaba que “los grandes éxitos lo obtienen los libros de cocina, los volúmenes de teología, los manuales de cómo hacer y los refritos de la guerra civil”.
Luego, sólo resta el mandar nuestra obra a uno de tantos concursos que ofertan los ayuntamientos de cualquier municipio. Y si no te lo dan en Madrid pues lo mandas al premio que convoca Malastejas del Páramo donde habrá más oportunidades.
Lo importante es moverse por las muchas convocatorias que oferta nuestra piel de toro. Tantas que al escritor peruano Fernando Iwsaki le hicieron exclamar “España: ¡aparta de mí estos premios!”.
Y luego está la tercera vía: la de quienes optan por no asistir a convocatoria alguna por no creer en ellas, como Octavio Paz, por ejemplo:
“No creo en los muchos premios literarios. Me parece de mal gusto rehusarlos pero me parece ingenuo darles mucha importancia”.
Pero esto lo dijo quien tuvo todos los premios del mundo literario. También el Nobel. Así no vale.

 

 



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