Templos con historia

CANTERO

(20/10/2008) Hay templos cristianos que, a parte de la riqueza artística que encierran, guardan entre sus piedras todo un manual de historia a la espera de ser abierto por el ocasional visitante que los contempla.
A modo de ejemplo, ciñéndome a la ciudad de Valladolid y sin pretender ser exhaustivo, voy a referirme a tres  de estos lugares que merecen una especial mirada.
La Iglesia de Santiago sería el primero de ellos. Situada en pleno centro urbano y en la calle más transitada por la ciudadanía es imposible no relacionarla cuando se traspasa su atrio con las predicaciones del doctor Cazalla, aquel hijo de doña Leonor de Vivero que exaltaba con sus predicaciones la conciencia de los vallisoletanos del siglo XVI, ajenos seguramente a las diatribas teológicas que incendiaban el siglo pero absortos y embobados por los sermones del doctor.
Por eso los púlpitos situados a ambos lados del presbiterio captan mi atención siempre que entro en el templo. Allí, inmóviles al paso de los años y de las modas, están las atalayas sacras que acogieron al más famoso de los “herejes” vallisoletanos; aquél que terminaría con sus huesos en la hoguera.
Siempre que entro en el templo me imagino a Cazalla dejando boquiabiertos a los parroquianos. No puedo remediarlo.
Algo parecido me sucede al cruzar el atrio de San Benito. Bajo las inmensas cúpulas de unos espacios agigantados por la falta de mobiliario, y dejado atrás el único escudo napoleónico que se conserva en la ciudad, uno puede imaginarse a la soldadesca francesa trajinando la paja y la cebada que habían de comer sus caballos guardados en alguna de las capillas del lugar. Incluso el trote de los caballos por el interior del templo es fácil de adivinar, dadas sus dimensiones.
Ya sé que donde yo veo soldados otros verán a los frailes benedictinos llegados a capítulo desde los más apartados lugares de España  e incluso se imaginarán sus oraciones en el artístico coro que, arrancado de su lugar, se guarda en el Museo Nacional de Escultura. Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en los soldados gabachos haciendo de sus espacios, comedor, cuadra y letrinas cuando la necesidad los obligaba.  Formando filas a golpe de corneta para iniciar la marcha hacia cualquier punto de nuestra geografía.
El tercer espacio que me liga sin remedio con la historia es la Iglesia de San Miguel       -antes de San Ignacio- lugar de culto y vida de los jesuitas hasta su expulsión el año 1767.  Sus piedras guardan el secreto de las últimas miradas de los “soldados de Cristo” antes de ponerse en camino hacia su exilio en Roma.
Si quieren que la imagen de aquel momento adquiera la fuerza y el dramatismo que merece lean a Ventura Pérez y su curiosa relación sobre lo que vio aquel 3 de abril. Les sucederá lo mismo que a quien escribe este artículo. Que cree tropezarse con las justicias de la villa y los soldados a caballo cumpliendo la orden real cuando deambula por la calle de San Ignacio. Aquel día los religiosos estuvieron prisioneros en el convento y el 4 por la mañana salieron en calesas y mulas en dirección al Vaticano. Sólo los frailes enfermos pudieron eludir la orden dada por Carlos III.
Aquella jesuítica iglesia de San Ignacio sería después Real Parroquia de San Miguel y San Julián y Santa Basilisa al asumir la Corona el Patronazgo.
Mientras contemplo sus espacios no puedo dejar también de pensar -diría que incluso los veo- en los picapedreros que por orden real se dedicaron a sustituir los símbolos de la Compañía por las armas reales en paredes y mobiliario.
Si visitan el lugar y tienen la suerte de penetrar en su sacristía podrán admirarla en el mismo estado en el que la dejaron los jesuitas aquel lejano año de 1767.
Como ven tres espacios de culto  para el arte y para la historia.



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