Tutor

maestro

(10/9/2008) Llevaba toda una vida entregado a la profesión docente. ENTREGADO con mayúsculas. Ya saben, uno de esos maestros vocacionales que sólo tienen horas para dedicárselas a sus alumnos y que han hecho de la clase una prolongación de la vida en la que caben todas las posibilidades y todas las fantasías. Clase de muros caídos, llena de macetas y de vida como si el bosque y la vida encontraran allí fácil acomodo sin tener que recurrir a la frialdad del vídeo o a la lejanía del bosque.
Clase-hogar que se transformaba cada festividad en un lugar divertido y único para que los niños aprendieran también de la fiesta y de la alegría. Que hay aprendizajes que no se encuentran en los libros de texto. Fiestas en las que él era el principal protagonista viviéndolas desde dentro y saboreándolas con sus alumnos. ¡Cuántos personajes le he visto representar con sus disparatados disfraces de carnaval! Recuerdo su Belén de cada de navidad. Belén realizado con todo lujo de detalles y tras el que se escondían muchas tardes de duro trabajo que nadie valoró y de las que ya nadie se acuerda. ¡Qué Belén! Y recuerdo también su horario generoso abierto a cualquier llamada, su  disponibilidad ante cualquier visita por inoportuna que fuera. Sin frenar la locuacidad excesiva de padres incómodos que no saben que hay unos horarios que cumplir y unas normas con las que regirse por el bien de todos. Recuerdo su clase-museo con fotos de sus alumnos -los fotografiaba en multitud de ocasiones y repartía generosamente las fotos entre quienes las solicitaban-, con toda clase de carteles y cuadros que él traía desde cualquier lugar a su clase-hogar-museo.
Pero sobre todo recuerdo cómo era y es querido por sus alumnos. Muchachos hoy  adultos que le siguen recordando como lo mejor que les pasó en el colegio. Porque como muchos sabemos al final el alumno se olvida fácilmente de la raíz cuadrada o de la ecuación de segundo grado pero nunca del profesor que le hizo feliz o le valoró desde la exigencia y  supo atenderlo, comprenderlo, aceptarlo y valorarlo cuando fue preciso. Que educar será siempre el efecto secundario del trato que el maestro tiene con sus alumnos, no vayan a creerse.
La llegada de Septiembre ha traído maestros jóvenes y nuevas tutorías. Maestros que saben idiomas y entienden los entresijos de la informática más profunda pero que, a veces, ignoran otras sabidurías más cercanas a la vida que pasa. Maestros doctorados en mundos virtuales y domados a golpe de clic tecnológico pero que desconocen  el baile de la abeja o el olor del tomillo. Y él ha tenido que dejar paso a los nuevos saberes, a las nuevas prácticas. De poco sirvieron los numerosos cursos que superó en didácticas varias. De poco su doctorado en humanidades. La llegada de la era informática le pilló de soslayo y como a traición sin tiempo para el reciclaje. Y aunque lo intentó y lo intentó siempre se sintió emigrante en un mundo que ya no era  del todo el suyo.
Por eso se retira -o le retiran que vaya usted a saber-, de la tutoría que supo llevar con tanta dignidad, entrega y cariño durante tantos años.
Lo siento por los alumnos que ya no estarán bajo su brazo sabio y festivo y que ya no sentirán latir en su clase el corazón del jilguero o el aroma de la rosa entre espinas. Lo siento por ellos. Es una de esas personas que, amantes de su trabajo, deberían morir con las botas puestas. Son pocas pero se las distingue de lejos. Se sienten felices con lo que hacen y hacen felices a quienes va dirigida su obra. Y a quienes les rodean.



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